«ESAS COSAS RARAS QUE HACEN LAS CHINAS»
Guillermo Soubelet
Te despierta el teléfono casi a la madrugada y poco falta para que lo destruyas a escopetazos ya que hace sólo dos horas que te has acostado; entretenido como estuviste derrochando energías con impudicia con la perra de la esposa de tu jefe. Sabes que el teléfono sonando a la madrugada sólo puede indicar malas noticias. Eso o que el imbécil que llama se maneja según los horarios de Hong Kong. Pero, paranoico como eres, te inclinas por la primera alternativa: la muerte de alguien querido, por ejemplo. O tu propia muerte, ya que, para tu mal, es tu mismísimo jefe quien llama. Antes de que el pánico te obligue a ponerte de rodillas e implorarle perdón, asegurándole que la culpa fue toda de ella, que tu no querías, que lo hiciste de comedido nomás, para no despreciar; te ordena _ con su característica voz de bucanero - que te encuentres con él a las veintidós en punto en un restaurante chino de Puerto Madero. Tras lo cual corta la comunicación. ¡Dios mío! ¡Se enteró! ¡Me matará! - piensas - ¡Peor! ¡Me va a despedir y después me va a matar! ¡Peor! ¡Me va a matar antes de despedirme para ahorrarse la indemnización! Eres cobarde hasta la médula y la idea de encontrarte a solas con aquél energúmeno cornudo frente al río se te hace impensable. ¿Qué tienes que perder? Si vas: la vida. ¿Irías acaso si te citaran de un pelotón de fusilamiento siendo tu el homenajeado? Te preguntas qué tienes que perder si desapareces. El increíble sueldo que te paga aquél cretino, te responde esa voz rastrera que guía la totalidad de tus actos. Sin embargo no irás, te dices. Piensas que debes conservar tu dignidad y de ningún modo permitirás que aquél hombre te ordene asistir a una cita para insultarte y humillarte (y eso, con suerte). Es tu orgullo que está en juego.
Llegas temprano, como corresponde a una ejecución entre caballeros, así que decides pedir un café para hacer tiempo mientras esperas la llegada del verdugo. Como te ocurre con la mayoría de los restaurantes chinos, ni bien ingresas tus oídos son perforados salvajemente por esa penetrante cacofonía similar a la que utilizan las bandadas de cuervos para manifestar su cólera. De manera que decides ubicarte en las mesas de afuera, mirando el río (que esta noche ha perdido por completo todos sus encantos románticos). Te has presentado bien acorde con tan paquete lugar: trajeadito con lo mejor y zapatitos y corbatita bien pipí cucú. Todo con las marcas groseramente expuestas, como se usa en shoppings, restaurantes caros y countries (la verdad es que pareces un muestrario de logotipos). Ah, y el telefonito celular al tono sobre la mesa. Miras tu imagen reflejada en un espejo del local, pero tu estado de ánimo (similar a la de un corresponsal de «La Gaceta del Sepulturero») te juega una mala pasada y lo que ves es a Crazy Joe Gallo sentado a una mesa en «La Cantina de Umberto». ¡¿Y todo para qué?! ¿Para acostarte con aquella loca insaciable? ¡Si esa misma noche, para arrastrarte nuevamente a la cama de la gerencia, debió ir por ti hasta el sótano, en donde te halló arrinconado y mostrando los dientes! Y tienes el oscuro presentimiento de que un hombre capaz de casarse con una mujer como aquella es también capaz de plantearte serias dificultades. Entonces aparece del lado del río una figura kingkonesca y estremecedora que se dirige a ti mientras agita los brazos con energía. ¿Será un matón contratado por tu jefe? A contraluz no puedes distinguir sus rasgos. Sólo una figura superlativa que se te acerca mientras agita aquellos brazotes paquidérmicos. Ignoras qué propósito persigue aquél sujeto con sus brazadas incongruentes: si amenazarte, saludarte, o bien disipar el hollín y brindar a sus conciuda¬danos del Plata una atmósfera más respirable. Sin embargo, cuando aquella mole se te ha
acercado a tiro de cornada y se halla ubicada bajo el cono de luz amarilla de las lámparas que iluminan la entrada del local, te sorprendes al descubrir que se trata de una gorda del tipo Toro Charolais envuelta en un delantal blanco que conjeturas que no debe ser tan grande como la carpa del Circo de Moscú. Y no solo eso te sorprende: te sorprende también que el mamut se te echa encima, te besa y ahí se queda parada, esperando que la reconozcas. Y te pone en dificultades para decifrar que se trata de una ex-compañera del secundario, aquella gordita idiota de trencitas del primer banco, ahora devenida en toro campeón. Tan simpática te cae que te sorprendes deseando que llegue tu jefe de una buena vez. O los de la DGI. O una jauría de lobos hambrientos. O, peor: que aparezca Luis Miguel y se ponga a cantar a los gritos. La gorda te cuenta que es maestra (de ahí su guardapolvos y el característico portafolios de cuero negro), que se casó, que tiene un marido que es un gordo que es un amor, cuatro gorditos que son otros amores y tú transpiras y cogoteas esperando por un socorro que no llega. Entonces te dice; «Teneme el guardapolvos y el portafolios que voy al ñoba a echarme un cloro y después charlamos de todos estos años sin vernos. ¡Tenemos tanto que contarnos!» Cuando la gorda se marcha deseas huir, enrolarte en la Legión Extranjera, asistir a algún recital de Luis Miguel o las tres cosas a la vez. Pero sabes que tu suerte está echada, que el patrón llegará de un momento a otro para asesinarte y que no puedes abandonar aquél lugar si no quieres que se enoje. Desesperado, debes morder una servilleta para no vociferar expletivos soeces a los cuatro vientos, así que te concentras con toda tu alma para que la gorda se equivoque de puerta, caiga al río y sea devorada por las oscuras aguas. Y de pronto, como esas apariciones de la virgen que se dan de vez en cuando en iglesitas perdidas, ves, enmarcada en un halo luminoso, a la mesera que se dirige a tu mesa, como una especie de mascarón de proa tallado por el mas lascivo de los artistas. Aquella hembra es dueña de una belleza tal que por poco te da un ataque de diarrea de pecho. Y si bien es sólo una muchachita (¡Genial, ya que a ti te gusta la fruta verde!) es también una potra china con unas formas que se la pondrían dura a un muñeco de nieve. Una especie de escolar alta, pronta a abandonar definitivamente la adolescencia (al menos según la versión proyectada en las películas de las últimas dos o tres décadas - de esas que tanto ensalza Tomás el Vichón -; un espécimen anacrónico de estos tiempos de pubertad neumática, cuando mamas opulentas y ancas equinas suelen agobiar con frecuencia a nuestras increíbles niñas de diecisiete añitos). Ensayas una voz grave y seductora para que «Un café, por favor» suene como «Soy un príncipe encantado y he venido desde detrás del arco iris a buscarte». Pero tus esfuerzos son vanos. La pequeña diosa oriental trastabilla como un cervatillo torpe e inexperto y emite una risita estúpida (esa que siempre utiliza para explicar que no entendió nada). Adviertes con furia criminal que aquella hembra no capta tus intenciones y estimas que sin duda el sutil ingenio de tus palabras es demasiado agudo para su tosca sensibilidad de inmigrante. Nada de eso, la muñequita te explica con monosílabos, risitas y ruiditos indecifrables (pero encantadores, claro) que prácticamente desconoce la lengua castellana, y tú debes contenerte para no estrangularía ahí mismo como a una gallina vieja Desesperado por no perder la presa, intentas hacerle comprender por señas, sin que quede feo, que lo que deseas es bajarle la caña como Buda manda. Entonces recuerdas a la belleza oriental que se levantó Robin Williams en «Buenos días, Vietnam>) y decides imitarlo (después de todo, tú tienes mas pelo y eres mas alto); así que adoptas la estrategia de parecer simpático y alocado, como él. Para tu sorpresa, aquella diosa parece divertirse con tus ocurrencias y ríe, divertida. Pero sabes que, si no quieres perderla, es imprescin¬dible retenerla a tu lado. Y transpiras pensando que se te está acabando la viveza y sabiendo que ni bien se termine la catarata de chistes y locuras que disparas en histérico marasmo desencadenado, aquella belleza girará sobre sus orientales taloncitos y desapa¬recerá en la cocina, para entregarse a la meditación, a practicar patadas mortíferas, o a hacer cálculos extraños en un ábaco (o cualquiera de esas cosas raras que los chinos hacen cuando se meten en la cocina). Para colmo transpiras sabiendo que en cualquier momento regresará la chancha del chiquero. Eso no es nada: también se hará presente el tarántulo de tu jefe y dudas que se encuentre de humor como para decirle: Sea piola y tomeselás, que ahora estoy intentando trincarme a la chinita. En tu paranoia por perderla intentas maniobras desesperadas, como cantar «En un bosque de la China», mientras sonríes como un imbécil, mueves la cabeza de un lado hacia otro y te estiras los ojos con los dedos, pero aún esas estupideces son festejadas por aquella belleza (lo cual te hace sospechar que la perfección de sus inquietantes formas deben ser inversamente propor¬cionales a su coeficiente intelectual. Detalle que poco te importa, ya que a esa altura había despertado en ti un insano deseo y te temblaban las rodillas como síntoma inequívoco de una insidiosa debilidad medular ante la posible perspectiva de acariciar los sonrosados recovecos de aquella piel de melocotón). Además de que, ¿qué es perfecto en la vida, eh? ¿Acaso el Edelweiss no pasa su efímera vida en los helados picos de los Alpes? ¿Acaso no nos despertamos una mañana y descubrimos con horror que ya somos mas viejos que aquellas a quienes despreciábamos y de quienes nos reíamos de jóvenes? ¿Acaso cuando agarramos el control remoto de la tele no damos toda la vuelta y volvemos al punto de partida sin encontrar nada que valga la pena? Además, percibes que desde que comenzaste con tu desenfrenado discurso la muchacha intenta decirte algo pero, temiendo que te diga que debe irse, no le permites interrumpirte y continúas hablando, riendo y gesticulando como un enloquecido, sin dejar ningún hueco que ella pueda aprovechar para darse a la fuga. Pero comienzas a marearte y la verdad es que te estás poniendo violeta ya que en algún momento necesitas respirar y es el instante que ella aprovecha para preguntarte en su media lengua:
- ¿Usted siendo médico? Polque yo sintiendo un dolol muy fuelte aquí (te dice, mientras se señala tímidamente esos pechos como sandías). Confundido, te preguntas si la china no estará en pedo. Pero entonces caes en la cuenta de que al verte de traje, con el portafolios de cuero negro y al guardapolvo blanco de tu amiga el lechonazo, aquella mujercita te ha tomado por un matasanos. Interesante. Las damitas suelen sucumbir al hechizo de un estetoscopio bien apoyado o un espéculo a la temperatura debida. Sin embargo, te dices, no puedes aprovecharte de una niña confundida. No puedes sacar partido de la ingenuidad que emana cada uno de sus poros. De cada centímetro de sus...):
__ Sí, ginecólogo -- te juegas tu carta, mientras te deleitas con la subyugante visión del níveo terciopelo de aquellos muslos y de los dominios que de ellos son vecinos __ A ver: saque la lengua y diga 'A"__ tomas el celular, marcas cualquier número y ordenas __ Habla el doctor Welsby. Cancelen el transplante de corazón para el presidente. Tengo algo más importante que hacer -- entonces te diriges a la niña, que te mira arrobada __ ¿Dónde podemos pasar para que la revise? Fíjese que es necesario que se desvista para que...
Una hora mas tarde abandonas la trastienda de aquél lugar decidido a inscribirte sin pérdida de tiempo en la Facultad de Medicina. Nada te importa que tienes edad como para haber acompañado a Roca en la Campaña del Desierto – Y si no te inscribes, al menos te comprarás un guardapolvos blanco y un estetoscopio. Si bien te sientes algo decepcionado al haber comprobado que no era cierto aquello de que las chinas la tienen inclinada, milagrosamente la experiencia étnica que acabas de coprotagonizar ha hecho aflorar lo mejor de ti desde lo mas sublimes recovecos del alma. Tanto que, a pesar que la china no tiene bonos de consulta, hasta has accedido a brindarle una segunda visita a domicilio sin cobrarle ni nada.. ¡Ah, cest l' amour! En ese clima de cariñosa intimidad que se crea luego de la pasión, la mujercita te ha confesado, bajando los ojos, que ya ha tenido un pretendiente argentino con quien la unió un amor platónico. Un hombre mayor. Un poeta. Mientras te asaltan las ganas de retorcerle el cogote al viejo verde, la muchacha te cuenta que, escondida dentro de un libro, guarda una hermosa poesía que el anciano poeta le ha traído ayer a modo de romántica despedida. Unos encendidos versos que el artista le ha escrito soto para ella y en los que le describe su almibarado amor. Pero que ella no sabe leer castellano. Y, mirándote con esos acuosos ojos de Bambi, casi te implora que se la traduzcas. Sin la menor gana de leer las estupideces que debe haber escrito el viejo degenerado, pero incapaz de decir que no, accedes a traducir aquellos versos seniles. Ella grita de alegría y, tras un inverosímil arrebato de pudor que la obliga a colocarse nuevamente la remerita (no así la tanguita, gracias al Señor) observas, mientras se la coloca pasándosela por la cabeza, el calco momificado de su rostro formarse en nítido relieve a través de la prenda. Entonces la muchachita abandona el techo y corre hasta la biblioteca, dejando tras de sí oleadas de sensualidad parecidas a las reverberaciones de las últimas notas de un órgano en una catedral. Parada en puntas de pie (posición que te permite admirar como ninguna otra la belleza pasmosa de aquél traserito perfecto) extrae un pesado libro de tapa rústica, saca de entre las páginas una hoja de cuaderno doblada en cuatro, te la entrega y se sienta en el piso, en posición de loto, ansiosa por disfrutar de la lírica contenida en aquellos versos. Desganadamente despliegas la hoja y observas, escrito con estilográfica y con letra enérgica, lo que en apariencia tiene el formato característico de un verso. Dice así:
«Discúlpeme por haber faltado a la cita.
¿Así que se matraqueó a la chinita, nomás?
(Sabía que no podría resistirse).
Espero que la haya disfrutado
como disfrutó de mi esposa, hijo de puta!
Pero tengo una sorpresa para usted:
la china tiene blenorragia»
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