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Inicio / Cuenteros Locales / chinaski81 / A Mariela (o Deprimente y Crudo Cuento de Navidad)

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La época navideña me deprimía especialmente, con el frío y la gente apretándose groseramente en sus autos, en el metro, en las calles, con las mismas insípidas preocupaciones año tras año. En aquéllos días cumplía un año de haber dejado amargamente la escuela, y de pronto allí estaba, en la posada del trabajo, en el techo de una casa sujetando una piñata para los niños de los empleados. El canturreo de mi jefa azuzando a los chiquillos me exasperaba brutalmente, la odiaba pero reconocía su buen corazón y su trato con los niños. Por desgracia la mayoría eran demasiado pequeños, y tendían a caerse y llorar más que pegarle a la piñata. Las esposas de mis compañeros eran feas como una blasfemia, la verdad, no les envidiaba para nada. Sin embargo no podía (ni quería) apartar mi mirada de la joven hija de uno de los peleles que me mandaban. Mariela, catorce años, era lo más hermoso que mis ojerosos ojos habían visto en mucho tiempo. Su delicada figura sobresalía entre la gentuza como un sol, como un hálito nuevo, vigoroso, que lo llenaba todo con una esperanzadora magia especial. Ella era mágica, lo supe cuando la vi. Cuando nos sentamos a la mesa, hubo un momento en que ella se levantó para servirse refresco, y sucedió un milagro, en su bello rostro, en su cabello hacia un lado, sus labios, sus ojos, las inquietantes formas de su cuerpo desbordándose de su ajustada ropa como una explosión gloriosa, una dulce calamidad que lo destruía todo, un vértigo de electricidad que incendiaba mi mente y la del resto de los hombres sentados a la mesa. Las mujeres, feas como una maldición he dicho, la odiaron en silencio, pues sabían que ella poseía en plenitud lo que ellas jamás tuvieron ni tendrían. Pero acabó. Vino una aburrida plática de sobremesa sobre asuntos estúpidos del trabajo en la que no participé. Los niños jugaron en el suelo y Mariela se fue, un auto elegante pasó por ella, y me pareció que ese auto se llevaba la magia, el fuego, el sentido de la vida. Esperé otro año en ese mediocre empleo sólo por ella, inútilmente, pues según me dijeron, ya no asistiría a más posadas. Una semana después me harté del menopáusico carácter de mi jefa y renuncié.

Mariela tendrá ahora unos 32 años. Probablemente pese 90 kilos y ahora sean sus hijas las que hagan soñar a otros empleados solitarios. La época navideña me sigue deprimiendo como siempre, al ver las horribles y estúpidas caras de los niños pegándole a las piñatas, las abominables señoras gordas gritonas en las largas e insufribles filas de los supermercados, los macilentos indigentes carcomidos por el hambre y el abandono en cada sucia esquina de esta demente ciudad, pero al recordar a Mariela, una chispa de animosidad se apodera de mí y hace que me vuelva más tolerante con esos infelices, y les sonrío, quizás masoquistamente, y entonces sé que puedo volver a confiar y esperar.

Texto agregado el 11-02-2008, y leído por 22 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2008-04-22 04:28:55 Que buena vaina este texto. Hace rato no leia algo que me hiciera reir tanto. Cáustico, como el maestro Bukowski. Akeronte
2008-04-16 00:45:20 Claroooo!! esa luz sòlo algunos momentos nos da la calma para seguir. Sintoma
 
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