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Inicio / Cuenteros Locales / chinaski81 / El laberinto del Juan

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Juan se encontró el laberinto una gélida mañana decembrina, mientras trastabillaba somnoliento rumbo al trabajo, abriéndose paso entre la tosca multitud que exhalaba fétidas bocanadas y se apretujaba egoístamente en la calzada.

Simplemente entró. Caminó dentro por espacio de un par de minutos, contemplando fascinado los extraños arabescos de las paredes, enigmáticos diseños que lo hicieron sentirse tempranamente perdido en el primer cruce que apareció ante él. Dobló a la derecha, y siguió y encontró otro, y fue entonces cuando Juan descubrió que ya tenía suficiente de laberintos, así que dio media vuelta hacia la entrada, pensando en lo emocionante que había sido, y que tal vez otro día se aventuraría más.

A su regreso, los dibujos de las paredes le parecieron menos reconocibles, y las paredes más altas y estrechas de las que vio al principio, pero Juan sólo pensaba en llegar a tiempo para marcar la tarjeta. Sólo habían pasado unos cuantos minutos, y apenas si había andado lo suficiente para perderse, pero sólo halló más laberinto.

Después de doblar esquinas indistintamente en varias ocasiones, abrir infinidad de puertas y subir y bajar mil escaleras, Juan comprobó que se había extraviado, y comenzó a atemorizarse en serio. Le parecía más inverosímil haberse perdido tan pronto que haber descubierto ese misterioso laberinto. Repentinamente detuvo su desorientado andar, seguro de haber escuchado algo. Era un ruido lejano, demasiado discreto, que lograba filtrarse perfectamente a través de las frías paredes. Era un ruido como el de alguien que no quería hacer ruido, estaba seguro.

Juan pensó en gritarle, pero se contuvo en el último momento. No sabía quién era ese extraño perdido, ni si podía confiar en él, así que sólo siguió escuchando. Podía percibir su respiración más cerca, agitada como la de él; oyó sus pasos imprecisos, despistados, que evidenciaban el andar vago y exasperado de una persona perdida. Juan era bastante suspicaz, pero sabía que en ese momento necesitaba ayuda también. Notó de pronto hendiduras en la pared, y de inmediato trepó hacia arriba, hasta ponerse de pie en el delgado canto del muro. Comprobó que el laberinto era muy extenso, no podía ubicarse dentro de él, ni siquiera podía ver los límites, si los tenía. Observó la sombra alargada del extraño perdido proyectándose en la pared de enfrente, y sólo se le ocurrió bajar para no ser visto. Luego de unos minutos, pudo reunir el suficiente valor para subir y echar una mirada, y lo que vio a continuación no lo creyó.

Era un individuo bastante parecido a él, tenía su misma ropa, su mismo peinado, su misma cara, sus mismos lentes, hasta caminaba igual que él. Su mirada estaba perdida, sus pasos eran apresurados, como si estuviera huyendo de alguien, o de algo; su expresión manifestaba que ya había recorrido igual o más trecho que él, errante y fatigado. El gemelo idéntico contemplaba horrorizado los dibujos que lo rodeaban, unos especialmente grotescos, que destacaban del resto, como si reconocerlos produjera en él un terror incomprensible. Juan no supo exactamente que hacer ni decir, de haber sido capaz de realizar una cosa u otra, puesto que se paralizó por completo. Tan sólo lo vio pasar debajo de él, hasta que dobló a la derecha en un cruce y desapareció.

Juan bajó de la pared, meditando en lo que había visto, sin lograr entender nada. Tenía que llamarlo, definitivamente, antes de que se alejara más, quizás entre los dos podrían ayudarse a salir, pensó. Un grito desolador desgarró el aire, retumbando escandalosamente en todas direcciones, produciendo estrepitosos ecos que dejaron sordo a Juan unos instantes. Luego ese grito se cuadriplicó, convirtiéndose en una verdadera letanía de descorazonados lamentos, provenientes del otro lado de la pared. Eran verdaderos alaridos de dolor, de desesperación, justo como los que daría alguien que está siendo atacado por un animal enorme, salvaje, incluso Juan logró escuchar con claridad el espeluznante sonido de unas fauces cerrándose repetidamente, colmillos despedazando carne en sangrantes jirones, rompiendo los huesos de aquél individuo idéntico a él; percibió el hediondo estertor, el jadeo violento de la bestia, y por último, el lamento desfallecido de quien muere despedazado, si es que alguna vez escuchó algo parecido.

Sí, se habían tragado completamente al otro Juan, no había duda alguna. Los resoplidos de la bestia fueron apagándose lentamente, hasta volverse murmullos, y después nada. El corazón de Juan martilleaba tan fuerte y tan descontrolado que comenzó a dolerle espantosamente, como si fuera a vomitarlo en cualquier instante; su mente estaba demasiado nublada como para decidir otra cosa que no fuera correr lo más lejos de ahí, hasta que las piernas se le quebraran, literalmente.

Luego de un rato, Juan cayó seco al piso, con los tobillos destrozados, extenuado por la frenética carrera que había dado, pero a la vez aliviado de no escuchar más los sonidos de la bestia. Pensó en el otro Juan, (pobre imbécil, se dijo para sí), razonó que de haberlo llamado justo cuando pasaba debajo de él quizás le hubiera salvado la vida, pero ya era demasiado tarde, ahora sólo podía pensar en salvarse él mismo. Se incorporó y comenzó a mirar, casi de manera automática, las paredes alrededor. De repente, notó algo peculiarmente extraño, y después siguió caminando hasta que dobló a la derecha en un cruce y desapareció…

Tal vez, si Juan hubiera volteado hacia arriba en aquél momento, seguramente habría notado que un individuo extraordinariamente parecido a él, lo observaba furtivamente por encima de un muro, paralizado del profundo miedo que le producía ver a ese extraño desconocido, de andar errante y fatigado…

Texto agregado el 11-02-2008, y leído por 24 visitantes. (1 voto)


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