«JAMÁS HE MORDIDO A UN PERRO SIN SER PREVIAMENTE PROVOCADO POR ÉL»
GUILLERMO SOUBELET
Una vez pasé un tiempo en Torija (Guadalajara, a una hora y media de Madrid), un pequeño pueblito perdido en la llanura española, y voy a relatarles lo que allí me sucedió.
Pero antes les voy a describir cómo es Torija. Hay un imponente castillo del mil cuatrocientos que es el centro de todo. Diseminadas aquí allá, algunas casitas alrededor del castillo. En los alrededores, llanura y sierras.
El castillo lo domina todo (busquen «Torija, Guadalajara, España, en el Google y lo encontrarán)
y si bien su aspecto no llega a ser verdaderamente tenebroso... su entorno (aquellas callejas de piedra estrechas y sórdidas que se enroscaban, amenazantes, como serpientes, alrededor de mi indefensa casa) sí lo es. Sobre todo de noche o en los días nublados o lluviosos, es decir: siempre. La cuestión es que, y no me acuerdo porqué, hace tiempo decidí pasar unas vacaciones en ese lugar inhóspito sin imaginar que terminaría quedándome para siempre en ese territorio olvidado de la mano de Dios.
Pues bien, en ese castillo vive un anciano casi paralítico. Un viejo rico y medio loco que es, a la vez (y aunque jamás sale del castillo, lo cual lo convierte en una especie de mito) algo así como el dueño del pueblito (mas bien un caserío). El fósil tiene un criado. Es un niño. Bueno, parece un niño. Tiene, creo, diecisiete. Pero aparenta diez u once. Se llama Luis. Aunque, ni bien lo conocí sospeché que lo más seguro era que no se llamara Luis. Lo deduje, entre otras cosas, al captar la poca convicción con que acudía al ser llamado por ese nombre. Pero no nos adelantemos.
En realidad no les conté que fue gracias a Adolf que conocí al viejo patriarca cuyo nombre no quiero acordarme. Nosotros lo vamos a llamar «el doctor». En realidad, fue así que se autodenominó él cuando se presentó a mí por primera vez. «Soy el doctor tal», dijo.
Hay otra cosa que tampoco les conté... y que tampoco tengo intenciones de contársela a ustedes todavía. Sigamos.
Pues bien, el pastor alemán hijo de puta se peleó con mi perrito (casi lo mata). Firuláis es un perrito chiquito y cachorro (de esos peluditos e inofensivos que parecen de peluche). Y el otro hijo de puta hizo lo que suelen hacer los pastores alemanes: atacar al más débil y aprovecharse de su fuerza bruta. Mi perrito no tenía otra alternativa que gritar desesperado y esperar la muerte. Esperar que lo despedacen. Yo comparto con él su aversión por los pastores alemanes. Perros que denotan en todo momento el alma de policías de sus dueños (pero de lo peor de los peores policías. Los torturadores a chicos atados a una silla). Así que cuando vi que Adolf había afianzado sus enormes colmillos en busca de la yugular de Firuláis, me abalancé contra él en un desesperado y desigual cuerpo a cuerpo. La furia de esa bestia era algo aterrador y pronto comprendí que si no ocurría algún milagro íbamos a ser dos los muertos. Así que, en un desesperado intento, mordí a mi contrincante en una oreja y se la arranqué de cuajo. Entonces la bestia soltó a Firuláis y corrió aullando hacia el castillo mientras yo le arrojaba piedras y Firuláis le ladraba.
Dos días después el aniñado criado del «doctor» vino hasta el pub «Ala de Moska» (el único del lugar y donde yo solía ir a escuchar música, jugar a los dardos y escribir) y me hizo saber que su señor quería verme de inmediato. Así dijo: «De inmediato». Acudí. Ni bien ingresé al castillo me asombró lo que veía. Como la mayoría de nosotros nunca había estado en el interior de un castillo. Y no de un museo, de un castillo habitado. Le pregunté risueñamente a Luis si había muchos espíritus deambulando por las noches.
__ Pues sí __ dijo la voz del «doctor», que estaba sentado a pocos metros, pero al que yo no había visto __ En este castillo hay espíritus. ¿Cree en los espíritus? __ se trataba de un anciano de aspecto y modales aristocráticos. Hablaba con soberbia y era obvio que estaba acostumbrado a ordenar y a ser obedecido.
__ Supongo que sí __ respondí __ Aunque la verdad es que los encuentro tremendamente aburridos. Nunca nadie los ve, y, cuando al fin se deciden a aparecer, nunca nos comunican mas que estupideces. Como si el paso al otro mundo los hubiera vuelto tarados.
__ Eso es cierto. Nunca lo había visto de esa manera. Bueno, al grano: ¡¡Usted ha mordido a mi perro!! __ me acusó, encolerizado.
__ Su perro ha mordido al mío __ repliqué adoptando la consabida y altanera actitud de un dromedario cuando se encuentra con otro dromedario más buen mozo que él en un baile de dromedarios.
__ ¡Adolf nunca muerde si no ha sido previamente provocado!
__ Yo tampoco muerdo si no me provocan.
__ ¡Qué vergüenza! ¡Nunca lo hubiese supuesto de usted!
__ ¿Por? Usted no me conoce. ¿Qué sabe cuando muerdo y cuando no?
__ Se equivoca, amigo, le conozco. Le conozco muy bien... __ dijo enigmáticamente y me preguntó si quería beber algo.
__ Me extraña mucho que diga que me conoce. Acabo de llegar a este pueblito al que vengo por vez primera y en el que no conozco a nadie. Y no solo acá: a mí no me conoce nadie en ningún lado. No tengo parientes. No hago amigos. Mi esposa me dejó. A mí no me conoce ni mi padre. Y no es una broma: precisamente se da la circunstancia de que soy lo que se llama «de padre desconocido».
Y entonces, insólitamente, el viejo me reveló que... ¡¡¡Él era mi padre!!!
Por supuesto que le dije que aquello era imposible. Una locura.
__ Pues lo soy __ insistió.
__ Demuéstremelo __ propuse.
__ Demuéstreme usted lo contrario. Verá que no puede.
__ Yo no tengo porqué demostrar nada __ manifesté, poniéndome de pie para largarme de aquél lugar. El viejo permaneció unos segundos con la mirada clavada en la punta de sus lustrosos zapatos. Deduje que no estaba rumiando sino cavilando. No sé si sabrán que existe una diferencia entre ambas acciones: se puede rumiar si pedir un huevo pasado por agua durante dos o tres minutos. Pero se cavila sobre el significado existencial de los huevos pasados por agua.
__ ¡Espere, no se vaya! __ dijo al fin __ ¿No quiere beber algo? Es importante.
__ No bebo.
__ ¡¿Lo ve?! ¡Ahí tiene! __ exclamó, feliz como un niño __ ¡Esa es la prueba inequívoca de que usted es mi hijo! ¡Yo tampoco bebo! Es la debilidad humana que más odio. ¡Ja! ¡Se lo dije! ¡Sabía que usted era mi hijo! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!
El razonamiento del viejo me dio risa. Así que, para derribar sus argumentos, pedí un whisky. El niño se apresuró a servirme un Black & White en un vaso de los carísimos, de esos que pesan como el cajón de los cubiertos. Lo bebí todo de un trago, paladeándolo, mientras lo miraba observarme con detenimiento.
__ ¡Extraordinario! __ exclamó, lleno de entusiasmo __ ¡Eso que acaba de hacer demuestra que es mi hijo! ¡Lo sabía! ¿Sabe? El alcoholismo ha sido mi cruz. Aunque, desde ya le aclaro que lo he superado totalmente. Una cruz heredada, desde luego. Odio el alcohol, pero mi padre... el padre de mi padre... el padre del padre... En fin. ¡Y veo que usted no ha sido capaz de escapar de la marca de nuestra familia! ¡Demostrado! ¡Bienvenido, hijo! (intentar encontrar sensatez en el razonamiento de aquél tipo era como intentar pinchar una mariposa con un poste de teléfono):
__ Oiga, es tan estúpido creer que soy su hijo porque bebo como creer que soy su hijo porque no bebo. No soy su hijo. Soy un desconocido. Eso es evidente. Como es evidente que usted está mal de la cabeza. Muchas gracias por el whisky, me voy. Buenas tardes.
__ ¡Espere! __ me suplicó __ ¿Qué le hace descreer que es mi hijo? Piense un poco: tanto si bebe como si no bebe, usted podría ser mi hijo. Ese es un hecho que no puede negar, ¿no es así?
__ No se ofenda, pero no tengo tiempo que perder. Estoy escribiendo un cuento y debo regresar a trabajar.
__ Creí que estaba de vacaciones...
__ Estoy de vacaciones. Precisamente por eso no tengo tiempo que perder.
__ Usted no comprende la situación. Mi pobre Adolf ha quedado afectado moralmente. Se siente disminuido sin su oreja. Ya no es el mismo. Perdió aplomo, prestancia...
__ Que se joda. Le hice lo que los ovejeros les hacen a los perros más chicos que ellos todos los días. Ningún ovejero alemán me despertará lástima jamás.
__ Sin embargo, le ha creado un trauma que no superará con facilidad.
__ Que se joda. Me voy.
__ Dudo que pueda hacerlo, hijo. La puerta está cerrada con llave. Las ventanas, ya lo ve, enrejadas y, además, Luis le está apuntando al pecho con una escopeta. Así que tómelo con paciencia y siéntese __ dijo, con expresión arrogante (ya se sabe que los ricos están firmemente convencidos de ser mucho más inteligentes que las personas con poco dinero)__.
__ ¿Quiere decir que soy su prisionero? ¿Estoy secuestrado?
__ ¡Quiero decir que usted es mi hijo y que, por lo tanto, obedecerá a su padre y se quedará ahí sentadito hasta que escuche lo que tengo que ordenarle! __ comprendí entonces que estaba a merced de un loco peligroso y decidí seguirle la corriente, como vi en las películas de la tele __
__ Bien, soy su hijo __ dije __ Digamos que lo soy. ¿Usted cree que podría estar orgulloso de un padre como usted? Un padre que abandonó a mi madre cuando estaba embarazada, que la dejó luego morir en un miserable asilo entre monjas y moscas y que también se desentendió de mi educación en un orfanato. Le aseguro, «doctor», que si alguna vez me encontrara cara a cara con mi padre, sólo me produciría asco, desprecio, indiferencia...
__ ¡Siga! ¡Siga! ¡Me encanta cuando habla así!
__ No tengo nada que decir. Usted no es mi padre; pero logró provocarme sentimientos de aborrecimiento arrinconados desde hacía años. Consiguió que experimente la misma sensación nauseabunda que hubiera suscitado la real aparición de mi padre.
__ ¡Magnífico!
__ Ahora le sugiero: abra esa puerta y déjeme salir. De lo contrario esta tontería acabará por acarrearle problemas. Y de los serios.
__ ¿Problemas? ¿Qué tipo de problemas? ¿Legales? ¡Ja! __ indagó, socarrón __ ¿Quién sabe que usted ha venido a verme? ¿Quién y cuando advertirá su desaparición? No tiene parientes ni amigos ni esposa. Está de vacaciones. ¿Y quién podría vincularme, precisamente a mí, un hombre respetado en la comunidad, con el cuerpo de un turista despeñado accidentalmente (ya vio cómo son los turistas de torpes) por el acantilado que da a la parte posterior del castillo? Tampoco sería el primero (ni el último) que cae por ese precipicio y muere... (afirmó, y la amenaza era evidente). ¡Oh, hijo mío! ¡Qué vehemente y a la vez ingenuo es! Y eso demuestra como ninguna otra cosa que usted es mi hijo. Pues yo también padezco de esas dos características de familia: vehemente y torpe a la vez. ¡Hijo!
__ Bueno, papá. Necesito salir. Que Luis me abra la puerta.
__ ¡No! ¡Eso no! ¡Jamás!
__ Pero... ¿primero me dice que es mi padre y ahora me dice que me matará y arrojará desde un precipicio? No entiendo...
__ ¡Pero claro que lo entiende! Usted acaba de comentarme que su padre (o sea: yo) ha sido capaz de las peores porquerías. Dejó morir a su madre. Y a usted, o sea, su hijo, lo abandonó a los avatares propios de un hospicio para excluidos. Dicho de otra manera, la intención era la misma que ahora: que muriera. ¿Y ahora le extraña que el destino, con mi reaparición en escena, termine de una vez con el asunto? ¡Vamos, hijo: sométase!
Linda situación. Lindas vacaciones. Lindos vecinos. Lindos argumentos homicidas. Y Luis que no dejaba de apuntarme con la escopeta.
__ Quiero otro whisky __ reclamé, con la ingenua esperanza de que Luis tuviera que dejar el arma a un lado para poder servir la bebida. Pero no fue así. El viejo me llenó el vaso __.
__ Bueno, ahora que sabe que es mi hijo; que estamos en confianza, voy a hacerle una revelación que lo asombrará __ ¿Asombrarme? ¿Más? ¿Qué otra revelación podría hacer ese hombre que pudiera asombrarme más aún que lo que estaba viviendo? ¿Me iba a confesar que Adolf era, en realidad, mi tío?
__ Prepárese __ dijo, con una actitud de soberbia como si sus próximas palabras me fueran a revelar las Verdades del Universo __ ¡Ese chico no se llama Luis!
__ Lo suponía. Se llama Hugo o Paco __ respondí, sólo para molestarlo y desbaratarle la supuesta sorpresa que me estaba dando. Pero no picó:
__ ¡¡Ajajajá!! ¡¿Con que lo suponía?! ¿Qué es lo que suponía? ¡¡Usted no suponía nada!! ¡No podía suponerlo! Porque ese joven que usted ve ahí, ese chico que le está apuntando con la escopeta, no se llama Luis. Y no solo eso. No es un joven ni un chico. Ese chico es... ¡¡una mujer!! ¡Una maravillosa mujer! Sí, una mujer, con sus resortes emocionales sagrados, su ennoblecedora fecundidad maternal, su exquisita sensibilidad y su profunda fragilidad. Es decir: todas las cualidades que configuran la esencia misma del carácter femenino. ¡Y yo le ordeno a usted, en mi carácter de padre, que mantenga relaciones sexuales con él, es decir, con ella, ahora mismo! Tengo ese capricho. Usted es mi hijo y me obedecerá, como corresponde. Y va a cepillarse aquí mismo, delante de mis ojos, a esa jovencita llamada Luis que no se llama Luis. ¿Qué le parece?
__ ¡Que yo no soy su hijo, que ese chico no es una mujer y que yo no pienso «cepillarme» a nadie! ¡Eso pienso!
__¡Qué felicidad, hijo mío! ¡Me encanta su obstinación! ¡Otra característica familiar! Pero ya verá si se lo cepilla o no... __ exclamó, exaltado, a la vez que reclamó con un ademán, la escopeta. Luis se la entregó y él me apuntó con decisión.
__ Luis, ¡los pantalones! __ ordenó, terminante. Y Luis obedientemente se bajó los pantalones. Debajo llevaba puesta una delicada bombachita cola less que, cosa curiosa por lo diminuta que eran en su parte delantera, no dejaba entrever ningún atributo masculino.
__ ¿Y? ¿Se convence? __ preguntó el «doctor» __ Usted no usa la lógica. No se convence cuando le aseguro que soy su padre. Tampoco cuando afirmo que Luis es una mujer. Sin embargo ¡ahí está la prueba! __ y señaló la entrepierna de su mayordomo.
__ Puede que su muchachito tenga un pene en miniatura... o que sea eunuco. Lo cual no demuestra ni que él sea una mujer ni que usted sea mi padre (entonces se sacó la dentadura postiza y la limpió con mucho esmero con una servilleta de papel. Era su manera de ganar tiempo para pensar antes de responder. Yo hubiera preferido que tamborillara los dedos sobre la mesa):
__ ¿Sabe? __ dijo al fin __ Me está hartando. Su testarudez puede costarle cara. Creí que ese punto, el que soy su padre, ya había quedado debidamente demostrado. En cuanto a lo otro: ¡Luis, la bombachita! ¬¬__ era obvio, por el tono de su voz y por su mirada lasciva, que la escena lo excitaba. Y que Luis lo excitaba. Bueno, bajo la tanguita, efectivamente, no había nada. Es decir, había lo que suele haber cuando no hay lo que debería haber en alguien que dice llamarse Luis. Un sexo femenino.
__ Además tiene dos pechos… ¡y de lo más sensuales, le puedo asegurar! __ aseguró el «doctor» con el rostro transfigurado por el deleite, a la vez que formaba con ambas manos dos medias esferas a la altura de donde se encuentran las tetas.
Y la verdad es que tenía dos pechos exquisitos. Sí, señor. Con forma de medio pomelo. Firmes y erguidos; como pude comprobar cuando se los acaricié y amasé... obedeciendo la intimidación ejercida a punta de escopeta.
__ ¡Vamos! ¡Vamos, hijo mío! ¡Cepíllesela! ¡A ella le gusta! ¡Dése el gusto! ¡Déle el gusto! ¡Déme el gusto! __ exclamaba, con los ojos brillantes de fanatismo.
__ Señor, mío __ le paré el carro, lleno de dignidad __ soy un hombre con dignidad. Y jamás, jamás, transigiré en dejarme manejar de esa manera.
En fin: hice lo que pude. Ahí mismo, en el suelo. Al principio me pareció imposible que mi sexo reaccionara en semejante situación. Pero, poco a poco, ¡qué joder! me dejé llevar por los instintos naturales; ya que la jovencita (no olvidemos que era una muchacha) disfrutaba salvajemente de aquello. Y yo no soy de madera tampoco. Ni ningún puritano pusilánime. Tenía debajo mío una excitante adolescente en llamas... No repetiré aquí los detalles lascivos que se sucedieron a continuación porque sé bien que a ustedes no les interesan esas cochinadas...
Gracias a Dios, el «doctor» quedó satisfecho con mi actuación.
__ ¡Bien, bien, hijo mío! ¡Eso demuestra, una vez más, que usted es, sin lugar a dudas, mi hijo! ¡Ha actuado usted exactamente como hubiera actuado yo en mis años mozos!
__ Ajá... ¿puedo marcharme? __ pregunté mientras me subía los jeans.
__ No todavía. Como recordará, aún queda algo por resolver.
__ ¿No esperará que le pida la mano de Luis en matrimonio?
__ No sea tonto, hombre. Podrá marcharse; pero, antes, deberá pedir disculpas a mi perro por su inadecuado comportamiento.
__ ¿Qué haga qué?
__ Simplemente deseo que se le dé una explicación verbal __ insistió, con mucha firmeza __ Es lo mínimo que se merece. Sospecho que la aceptará. Aunque honestamente no lo culpo si se niega a aceptarl...
__ (interrumpiéndolo) Qué le pida disculpas a un perro... Y para colmo a un ovejero alemán. Señor, mío __ le paré el carro, lleno de dignidad __ soy un hombre con dignidad. Y jamás, jamás, transigiré en dejarme manejar de esa manera. __ por toda respuesta llamó al perro. Mientras tanto, Luis había vuelto a vestirse y nada en su aspecto delataba su auténtica condición. El maldito perro ingresó en el lugar alegremente, moviendo la cola chupamediamente. Al verme, se clavó donde estaba, alzó su única oreja y dejó de mover la cola. En donde antes llevaba su otra oreja ahora lucía un prolijo vendaje seguramente colocado por Luis.
__ Vamos, dígale lo que tenga que decirle __ ordenó el «doctor». Ante la perspectiva de poder escaparme de aquella casa de locos me puse a hablar estupideces con toda la convicción que fui capaz e intentando imprimir a mis palabras el grado de delicadeza que las circunstancias exigían:
__ Perdone, señor perro. No acostumbro a morder orejas ni a participar en peleas con animales. Y menos que menos con perros de raza como usted. Lo hice para defender al pobre Firuláis, al que quiero. Y que en realidad pertenece a una amiguita llamada Priscila, quien lo quiere mucho y hubiera sufrido muchísimo si el pobre cachorrito moría. Estoy seguro, señor perro, que comprenderá que no podía presenciar pasivamente esa desigual pelea. Usted, señor perro, es un animal de gran tamaño y adiestrado para matar. Y consideré que estaba abusando de su tremenda fuerza y ferocidad. Desde luego, me arrepiento de haberle hecho perder su bonita oreja. Sin embargo, me gustaría observar que eso le confiere una personalidad distinta. Original. Excepcional. Piense que también Van Gogh perdió su querida oreja y es considerado como uno de los genios artísticos más grandes de la. Humanid...
__ (interrumpiéndome) ¡No intente convencerle! __ me advirtió el «doctor», irritado __ ¡Limítese a disculparse!
__ Pido disculpas __ dije, con exagerada humildad, agachando la cabeza y cerrando los ojos. El perro, aburrido, pegó la vuelta y desapareció tras unas cortinas.
Así terminó aquél día de locos.
Un año después, cuando murió el «doctor», me mudé al castillo (que el viejo, en su terquedad, dejó a mi nombre) y viví el resto de mis días aquí. Y Luis se convirtió en mi sirviente incondicional. Es y fue durante todos estos años una colaboradora inapreciable... y una amante perfecta. Hoy soy viejo ya y mi virilidad ha menguado. Sin embargo he sido feliz todos estos años en su compañía, debo reconocerlo.
Hasta hoy... en que Luis me comunicó que Adolf II fue atacado por un turista. E insiste en traerlo al castillo para que le demos una reprimenda.
Temo perderla. |