Chovinismo en las aulas de clases
(Chovinismo o chauvinismo: “Exaltación desmesurada de lo nacional frente a lo extranjero”. En éste ensayo he querido trasladarlo al ámbito educacional, lo nacional como la asignatura que le corresponde a cada respectivo profesor, y lo extranjero como aquella que no le corresponde")
A lo largo de mi vida escolar fui testigo de un fenómeno poco comentado en los pasillos. Una especie de chovinismo disciplinario que no era más que una gran falacia ad hominem. Recurrentemente el profesorado de mi colegio, quizás en respuesta a nuestro comportamiento salvaje, trataba de persuadirnos de la suma importancia de su asignatura que calificaban como “imprescindible”. En otras palabras, que la materia que enseñaban era tan fundamental para nuestra vida, que sin ella no podríamos sobrevivir a las cruentas adversidades que se nos presentarían a futuro.
Dudo que alguno de dichos académicos se haya cuestionado en algún momento de sus agitadas vidas las consecuencias que estos seudo argumentos pueden ocasionar al resto. En primer lugar asignarle un valor vital a una disciplina desconcentra al individuo del resto de las materias, y, si en el hipotético caso de que cada profesor dijera lo mismo, incluido un desdeñado entrenador físico, sólo queda lugar para la risa burlesca
Confieso que no creo que exista una voluntad deliberada para extraviar al alumnado, pero sí una intención soterrada de desvalorar el resto de las asignaturas y sus respectivos profesores. ¿Cómo se explica esto más que de una envidia arcaica? Imaginemos que hemos comprado un auto nuevo con atribuciones estándares. En un principio nos convence por su apariencia, pero luego nos damos cuenta que el resto de nuestros compañeros de trabajo y amistades poseen mejores coches. Es posible identificar en este ejemplo tres elementos: inseguridad, una desagradable envidia y finalmente un presunción injustificada. Ahora traslademos el ejemplo hasta el ámbito disciplinario, pensemos en un menospreciado y marginado profesor de Filosofía. Él posee un libro de respaldo, el material que el ministerio le dispone para realizar sus clases, su auto, pero aún así está inseguro, y está en todo su derecho de dudar de la importancia de su ramo, ¿acaso es bienvenida la filosofía en estos días como método para solucionar problemas? En ningún caso, que Nietzsche haya afirmado “Dios ha muerto” es totalmente indiferente hoy para nuestros conciudadanos, pues no soluciona ningún problema, es más, lo hace todo más abstruso. Consciente de la inutilidad de su ramo, el profesor, sumido en una disyuntiva un tanto dolorosa, de resignarse a aceptarlo o no, decide optar por la ficción y caer en la presunción de que su materia es fundamental para la vida del hombre.
Pero tanta vanidad lo ha llevado a emitir juicios apresurados, pues le asigna un valor tan radical, que lo excluye de aquello “prescindible”. Es un error evidente. En ningún caso la filosofía aporta un conocimiento fundamental para sobrevivir en la vida, evidentemente se acude a ella si se desea sobrevivir en el aspecto cognoscitivo y hasta espiritual, pero tal decisión le corresponde a cada voluntad humana. Esta imposición descabellada origina segregación, un prejuicio que divide a los hombres y que a la larga conlleva un profundo resentimiento, ya que el tal profesor de filosofía tiene mucho que envidiarle al profesor de matemáticas, pues este enseña la disciplina que abarca todo lo que se pide en nuestros días: verificación.
Aún así dicha envidia es errónea. El hecho de que su disciplina no posea un valor fundamental a nivel social no constituye una característica imperecedera o esencial. Los tiempos de hoy son los de la precisión, la efectividad y la claridad. Estoy casi seguro que nadie acudiría a la pluma inextricable de Heidegger para apaciguar un dilema existencial. Hoy lo única que resta es la resignación tan apresurada como el juicio de los profesores.
En fin, este chovinismo de amor a la disciplina correspondiente, se explica desde la envidia errónea que suscita una presunción aún más equívoca y, que finalmente da lugar a una segregación social.
El gran problema de todo esto es la inseguridad del profesor sobre su asignatura. El hipotético profesor de filosofía debería admitir que en estos días su disciplina no constituye una facultad necesaria para solucionar problemas, pero que esto no significa que sea inútil. Claro, no es útil desde el plano profesional, pero ¿acaso podría un sujeto atravesar una angustia metafísica sin siquiera preguntarse por una vez sobre la existencia y Dios? Para dicha reflexión no recurriría a los números ni a cálculo integral, sino que a una filosofía, a un pensar que se desprende de la razón tradicional. Independiente de que, al momento de reflexionar, sea lo suficientemente lúcido como para concebir la idea de una filosofía en su mente, por muy primitiva que sea.
Pero más importante aún es que no existen las disciplinas vitales para la vida, todas las disciplinas son importantes para lograr la integridad del ser humano, esto es, que un hombre capaz de resolver cálculo avanzado y leer “Así habló Zaratustra” de Nietzsche simultáneamente, es más completo que un sujeto que sólo se desenvuelve en un estricto plano. Por esto hay que hacer una diferenciación entre los valores, en primer lugar un valor social y, en segundo, un valor personal. En el primer valor nuestra voluntad no se hace presente como transformadora, en este caso somos una nimia cuota de opinión. Por ejemplo, no porqué yo piense que la filosofía sea más importante que las matemáticas así lo van a compartir el resto. Es una simple suma de opiniones que se forman a partir de los problemas de las respectivas épocas. En segundo lugar, el valor personal corresponde a dicha característica que es variable, aquella que nosotros podemos elegir. Por ejemplo, que la asignatura de castellano, es por nuestra apreciación, más importante que la de educación física. Pero esto no significa que en verdad así lo sea, si la sociedad dice lo contrario tampoco tiene que cambiar mi juicio, es por eso que hay gente que le asigna más valor al ramo de cocina que al de química. Y están en su justo derecho.
Como última nota, si se quisiese hablar de un valor esencial, sería un profundo error. Las cosas no tienen valor en si mismos, todo tipo de valores son asignados por los individuos, en este sentido, aunque suene cruel, un ser humano no puede asegurarse su excelencia por sobre un perro o un gato, puesto que no hay valores que sean causa sui o naturales.
Hasta este punto cualquier profesor me podría recriminar, en su justo derecho, de que yo no podría estar seguro de no hacer lo mismo en su caso. Es verdad, como dijera Freud, los problemas de los hombres son los mismos, esto significa que las adversidades del vecino son las mismas que las nuestras sólo que en distinto contexto (tiempo y lugar). Pero eso tampoco significa que yo lo haga. Esto es como la vida, los ancianos se quejan de la fervorosa juventud, pero olvidando que en algún momento de sus vidas también fueron jóvenes y actuaron de la misma manera. Así a la inversa, no podemos estar seguros de que nosotros no nos quejáremos de la juventud futura, aunque lo repitamos obstinadamente. Toda la historia es un círculo vicioso. Pero dicha sentencia pragmática no significa que no existan cambios, yo generalicé en el comienzo, pues si tuve profesores que, en una actitud que nos causó más sorpresa que agrado por la honestidad, sentenciaban su asignatura al olvido; incluso, tuve la oportunidad de conocer a un profesor que abogaba porqué su materia fuera desechada del programa. ¡Que modestia más admirable! Pero a su vez, ¿no les causa tristeza? ¿La sensación de que algo se pierde?
Si el hombre es más que una única visión, ¿no es nociva la decisión de prescindir de una cosmovisión de una realidad jamás unificada? Claro que sí, si comúnmente al sujeto se le divide entre pasión y razón, ¿sería sana la castidad? Por muy punzante que sea la pregunta la respuesta siempre esta presente de manera inmediata, no hay siquiera que reflexionar al respecto. En ningún caso la castidad es incólume para el individuo. Sucede lo mismo con las asignaturas, cuando se prescinde de una de ellas siempre se pierde algo, un algo, que al fin y al cabo, aporta en la integridad de las personas, aún si no es fundamental para calcular el vuelto que una señora anciana nos debe en la esquina.
El chovinismo que han elegido los profesores no sólo daña la cohesión social, como todo tipo de fanatismo ideológico, sino que también su misma asignatura, es un suicidio implícito. Cuando Hitler inauguro la segunda guerra mundial entre bombas y acusaciones racistas y xenófobas, también sentenció su ideología al posible desprecio y olvido, pues si su país era derrotado, sus creencias jamás volverían a ser aceptadas. Y así sucede hoy, fascismo es un adjetivo casi tan ofensivo como evocar a la progenitora. Un caso excepcional es el comunismo, que por el puño sutil y soterrado, aún languidece. Evidentemente los fanatismo siempre han existido, y fascismos también, pero el punto es que como tal, es decir, con ese nombre, nunca más podrá volver a gobernar a menos que toda la humanidad sufra un repentino ataque de amnesia y una posterior locura.
Si uno hace una pequeña encuesta a nivel escolar y le pregunta a sus compañeros cuales son las asignaturas que más detestan siempre habrán opuestos vertiginosamente contrarios, o música y educación física. Y es que aquellas disciplinas que penden de un hilo, por su inutilidad social, siempre recurren al chovinismo generando, en muchísimos casos, un sentimiento de repulsión. No me refiero a que sea la única explicación, obviamente existen los gustos, pero muchas veces éstos se condicionan por la obstinación del maestro a no aceptar que un alumno suyo no tenga un interés monumental por su asignatura, entonces lo hacen, a través de sus sermones cargados de fanatismo, ahuyentarlo más. A la postre lo único que logren es que dicho sujeto se aleje más de la integridad, que es la función que un maestro debiera anhelar.
Pero el chovinismo cuando más se hace presente es en tiempos bélicos. Dice Bertrand Russell (refiriéndose a los resultados de las políticas de enseñanzas en tiempos de guerra):
“El resultado es que los jóvenes de la Alemania nazi se volvieron, y los de Rusia se vuelven, fanáticos, ignorantes del mundo que está fuera de su propio país, totalmente desacostumbrados a la libre discusión e inconsciente de que sus opiniones pueden ser puestas en dudas sin mala intención”
Bertrand Russell. “Ensayos Impopulares”. Edición Edhasa página 208 (las funciones de un maestro)
Quiero volver a insistir que el caso al cual yo me refiero se diferencia del aquí citado, pues éste último se envuelve en un contexto de guerra donde la educación estatal era un método de persuasión para adquirir suscriptores. Hoy en día, el fanatismo que los profesores transmiten deliberada o indeliberadamente, es más leve, pero no por eso menos peligroso. Al meno la última sentencia del texto citado se aplica a los tiempos modernos: “Totalmente desacostumbrados a la libre discusión”. Es decir, que el más mínimo roce enciende el fervor generado por el profesorado, y acaban insultando sin refutaciones. En suma, se vuelven estúpidos.
Actualmente los hombres profesionales se resguardan cada vez más en su título para erigirse en un punto más alto que sus compañeros literatos o músicos. El valor social es mucho mayor para el ingeniero que para el músico, es cierto, ¿pero eso justifica un desdén sostenido? En ningún caso, la inquina impartida por los profesores irresponsables no se sustenta lo suficiente como para menospreciar al resto, más si la disciplina que representan es gélida como los hielos.
Entonces existe un problema poco tratado, que se mira a menos comúnmente, pero que se advierte de lleno en tiempos de conflictos. ¿No será este el camino a la guerra? Si trasladamos el ámbito académico general sólo a la política en particular ¿no sería esta la gran causa? Si un hombre defiende el comunismo casi como una manera vital de sobreponerse ante las dificultades y otro dice lo mismo del fascismo, ¿no se encontrarán algún día?
Lo principal es hallar un equilibrio, no hablo de hacer una suma de ideologías, pues eso sería una amalgama de payasadas, pero si de conciliar el aspecto teórico de las disciplinas con la vida propiamente tal de dichas personas, esto son sus derechos y deberes, el respeto por el individuo por sobre su color en la frente.
Todo esto breve bosquejo no es más que la justificación para gritar desesperadamente, quizás hasta vehementemente, que la función de un maestro es más que la de un simple propagandista, como dijera Russell en el mismo ensayo.
“Ningún hombre puede ser un buen maestro a menos que tenga sentimientos de cálido afecto hacia sus alumnos y un legítimo deseo de inculcarles lo que cree de valor. Ésta no es la actitud del propagandista. Para él, sus alumnos son soldados del ejército en potencia”
La profesión de maestro va más allá de una simple facultad cognoscitiva, incluye, como bien dijo Russell, un sentimiento natural de afecto, una vocación innata por querer transmitir ideas sin ansías comprometedoras, esto es: sin fines contra un antagonista hipotético.
Pero nada de eso sucede. En los últimos resultados de la Prueba de Selección Universitaria (PSU) alumnos de puntajes menores a 400 puntos ingresaron a las carreras de pedagogía en lenguas. Es escandaloso si se piensa que los educadores son un sustento importante de la sociedad. Un ejemplo contemporáneo en Chile serían los vergonzosos resultados de la Ministra de Educación Yasna Provoste.
La tarea de los maestros debería quedar al margen de las disputas ideológicas y más bien afirmar los conocimientos sin prescindir de ninguno, la decisión final, el juicio individual, debiera proceder siempre del alumno facultado con conocimientos previos. Esto explica en parte el populismo imperante en muchos países hoy en día, la ignorancia, y los métodos que utilizan los grandes villanos para moldear la sociedad a su manera.
A veces no puedo dejar de pensar, quizás correctamente, que la educación es dejada de lado a propósito, que es el motor de los seudo demócratas para manejar a las masas. Y tiene algún sustento, ¿Cómo sería posible entonces entender el ascenso de Hitler a Alemania?
Como dijo en una ocasión Rabindranat Tagore: "No es tarea fácil educar jóvenes, adiestrarlos, en cambio, es muy sencillo." En efecto, inculcarles a través del odio y el resentimiento una ideología es sencillo, más aún cuando son pequeños e inofensivos infantes, pero educarlos verdaderamente, es decir, facultarlos con una tolerancia cognoscitiva, eso es lo difícil. La profesión de maestro es un arte cuando se ejerce cabalmente.
Lamentablemente nunca nadie se ha dispuesto a crear una ética del profesorado, en cambio sí centros pedagógicos que más se asemejan en nuestro país a cuarteles de guerra. No existe una intención por parte del gobierno de transformar este problema, que es la intolerancia y el fanatismo, suscitado entre otras cosas por las irresponsabilidades de los profesores que ejercen por pura mediocridad. Más existe una tendencia a largar discursos panfletarios acusando al lucro como problema fundamental, cuando éste significa “obtener una recompensa a cambio de un servicio prestado”. ¡Si el lucro fuese tan malo, en ese caso la misma presidenta debiera trabajar gratis! Dicho sentimiento de recelo contra el lucro es también producto de un fanatismo que imperó y que sigue imperando, lamentablemente nuestra presidenta es capaz de hablar simultáneamente de respeto y educación estatal.
Como se aprecia, el chovinismo de los educadores ha traspasado todo límite alcanzando inclusive a nuestra presidenta. Esto sólo refleja que no es un problema insignificante, es una gran contradicción en su caso, y un bacilo que hay que combatir, pues antes de hablar de democracia e igualdad, es necesario alcanzar una integridad y pasividad cognoscitiva que nos faculte para saber que elegir - Y a quien, por supuesto –
Volviendo a la ética que debiera asumir el profesorado, es decir, su método. ¿Acaso alguien pondría en duda la metodología de un médico para curar a un paciente? Así como el médico es libre de usar la metodología apropiada para los casos pertinentes, el profesor también debería estar libre de una instrucción tan severa como la del Ministerio, atado a programas tan anticuados como los que se impartían hace cincuenta años. No hablo de una revolución anarquista, pero sí de una libertad que goce de decidir el “cómo” analizar los contenidos, sin caer en mensajes casi subliminales.
Aunque en muchos casos la desvergüenza es colosal. Conocí una vez a un joven peruano que me contó que en su país la guerra del pacífico era analizada desde un plano estrictamente persuasivo, cada frase, cada suceso era trasladado a nuestro tiempo, enseñándoles que los odiamos y que pretendemos invadirlos. Eso, y una serie de otros crímenes suceden aquí en Chile.
Todo esto se entiende como “la herencia del odio”. La Guerra del Pacífico acabo hace más de 100 años. Francia y Alemania estuvieron en enfrentados en dos guerras mundiales y hoy en día constituyen una gran alianza .Países que han derribado fronteras. Eso se llama progreso. Aquí en Chile, en cambio, se opta por seguir enseñando desprecio y sentimientos que vienen desde hace años. Si Perú es incapaz aún de olvidar la guerra perdida hace 100 años, no quiero ni imaginar cuanto estarán de la misma manera los miles de chilenos que aún viven evocando la dictadura militar de Chile.
A Chile le restan muchos años antes de erradicar estos cuarteles políticos de enseñanza del odio – más conocidos como colegios – donde los miles de maestros, en parte cansados por su mísero sueldo, en parte cansados de ser lo mediocre que son, se desempeñan traicionando una ética sana, estando consciente de las funestas consecuencias que le traen a sus alumnos.
Es que puede ser difícil concebir la facilidad con la que un niño adquiere un conocimiento casi por osmosis. Esto se explica fácilmente con la herencia de la creencia del Dios cristiano, y en particular de todas las religiones. Ya que cité a Russell, volveré a hacerlo nuevamente.
“Si yo sugiriera que entre la Tierra y Marte hay una tetera de porcelana que gira alrededor del Sol en una órbita elíptica, nadie podría refutar mi aseveración, siempre que me cuidara de añadir que la tetera es demasiado pequeña como para ser vista aún por los telescopios más potentes. Pero si yo dijera que, puesto que mi aseveración no puede ser refutada, dudar de ella es de una presuntuosidad intolerable por parte de la razón humana, se pensaría con toda razón que estoy diciendo tonterías. Sin embargo, si la existencia de tal tetera se afirmara en libros antiguos, si se la enseñara cada domingo como verdad sagrada, si se la instalara en la mente de los niños en la escuela, la vacilación para creer en su existencia sería un signo de excentricidad, y quien dudara ameritaría la atención de un psiquiatra en un tiempo iluminado, o la del inquisidor en tiempos anteriores.”
Bertrand Russell. “¿Existe un Dios?” publicado en la revista “Illustrated” en 1952
Así sucede con las ideologías, si los hombres desde niños son inculcados por sus profesores de una ideología, cuando grande ni vacilarán en su veracidad. Eso los convierte en sujetos intolerantes.
En conclusión, antes de la pobreza material, de las carencias físicas, siempre se antepone la educación. Es inconcebible una democracia que se sustente en la ignorancia, y ya conocemos el destino de los países que han optado por la tiranía sometiendo a los individuos. No creo que sea necesario repetirla.
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