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Inicio / Cuenteros Locales / jardinerodelasnubes / La \"picina\" de Aldea

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15-7-07

Veo en el anochecer de la víspera de la partida galeones de nubes con las quillas incendiadas de arrebol. Se desplazan al Norte, y hacia allá apunta mi particular rosa de los vientos. Esta tarde se han visto nubes lenticulares en Madrid , dificilísimas de ver, que tienen la forma de un trompo girando y que en más de una ocasión han sido confundidas con platillos volantes.

Mis nubes prefiguran las ondas del mar frío y vigorizante que va a ser mi teatro de operaciones las próximas semanas; deseando están que les leve el ancla. Y viene la oración por que todo vaya bien; una leve tregua en las desdichas de la vida. El cielo se ha apagado, y las nubes se han teñido de un gris ceniza. Mañana partiré con el sol y las nubes que viajan al Norte.

Antes sólo pensaba en los mensajes que las brisas transmitían desde los árboles de la "picina" de Aldea. Nadie hablaba del abono de temporada, sino simplemente del "bono", cuando lo expedía Gregorio Mazoteras en el ayuntamiento, permitiéndose ciertas notas humorísticas en el desempeño de su funcionarial tarea, siempre bien acogidas por quien suscribe.

Aquellos tres trampolines como el podio olímpico, con la armazón pintada de blanco sanitario, que nos pemitían exhibir nuestras destrezas voladoras a las chicas de ojos dulces y cabellos empapados de sol. ¡A ver quién hace el salto del ángel desde el trampolín grande! Chicas que miraban desde el antiguo solárium de por encima de los vestuarios; eran como princesas en lo alto de una torre medieval. Donoso con su gorra blanca, su orondo torso y sus bermudas azul pijama, siempre pegando la hebra con un abuelillo de piel enrojecida y cabellos blancos que trabajaba allí (con su inseparable gorra de tractorista), cuyo nombre he olvidado pero sé que vivía en el esquinazo de la calle Almagro y la calle Real.

En fin, cuando te subías al trampolín grande el vértigo te hacía creer que nunca ibas a llegar al agua. Volaban a tu lado las palomas, y las golondrinas rasaban la chispeante superficie desde la marca de 1'50 hasta poco antes de los caños y hacían parábola cóncava por encima de las mesas del chiringuito. Tendías tu toalla en la hierba doncella del campo de fútbol, tras el biombo de aligustre, y quizás, si la suerte se aliaba contigo, en la sombra destellara tu corazón, saboreando unos labios del color de la frambuesa temprana.

Hubo tiempos en los que no cerraban la picina cuando cambiaban el agua. Un jolgorio único en la vida de un jovencito. Cordilleras azules, abismos poco profundos y burbujeantes torrentes. Las mangueras que desaguaban en el césped te permitían recrear el milagro de caminar sobre las aguas (en este caso correr).

Si tenías suerte, el baño noctuno era incomparable. Agua cálida y sedosa, embriagada por los rayos de luna. Y la discreta oscuridad de los graderíos, donde el eco de un beso aventajaba en duración al fragor del trueno pirenaico.

Mañana estaré lejos de todo esto, aunque siempre lo hubiera preferido si no me hubiesen cortado los árboles que crecían en la tierra de mi corazón.

El jardinero de las nubes.


Texto agregado el 11-02-2008, y leído por 68 visitantes. (0 votos)


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