A ti, que tanto te gustan estos relatos de vacaciones, te contaré que esta tarde había verbena en el paseo marítimo. Jóvenes con trajes de época, algodón de azúcar, atracciones de vieja estampa, helados que se derretían aceleradamente con la humedad ambiental, música de organillo y un amplio boquete en el cielo, costeado por rizos de nubes.
Esta mañana bajé temprano a la playa, igual que ayer, esperando encontrarme con mi amiguita de hace unos días. No vino. ¿Cómo iba a hacerlo si la noche pasada descargó un buen chubasco y la mañana no se presentaba con mejores visos? Había retazos de sol que hacían concebir esperanzas, pero como me dijo uno de los operarios de limpieza: cuando sopla el "gallego" es que va a hacer mala mañana. Bien podría haber cantado la canción "La playa estaba desierta", pues sólo nos bañamos otro desaprensivo y el que suscribe. La amenaza se cumplió: cayó una manta de agua que venía del sector de las islas británicas. Una lluvia de carácter casi torrencial. La arena húmeda se tornó fango y enseguida la playa quedó despejada.
Lo paradójico del caso es que no pasó mucho sin que el sol acabase imponiéndose por sus fueros, y quedó una mañana bastante aceptable.
Me fui a mi alojamiento, comí, me di una ducha y me afeité con un nuevo jabón florentino a base de mentol y aceite de eucalipto. Fantástico; la marca es "Proraso".
Con la tarde llegó la verbena, y me sentí extraño. No van con mi temperamento los baños de multitudes. Pero vi de lejos a la niña, que iba acompañada de un hombre que a todas señas era su padre. Hubiese ido a saludarles, pero el fruto de mis años jóvenes me impulsa a esconderme de mis semejantes. Me alejé del bullicio, y el día estaba cayendo cuando volví a mi domicilio estival, en la hora azul del crepúsculo.
Por cierto, esta mañana intenté dibujar en la arena algo que me aconsejo en un correo una estupenda amiga aldeana: los cerros de Aldea.
Pero me temo que lo que la mano no consigue, no es lícito que el pie pueda hacerlo.
El jardinero de las nubes.
|