Luz del otoño, ya has hecho tu temprana aparición. Te he visto flirtear con las hojas caídas que cubren los paseos de la universidad. Y las hojas de las ramas miran hacia abajo, todavía tocadas de presuntuoso verdor, pero deseosas ya de caer en los brazos de la tierra opaca.
Luz de otoño, te introduces hasta en el fondo de los corazones que dicen adiós al risueño verano. Te deslizas por los pájaros del aire, que ya empiezan a barruntar la próxima migración. ¡Oh, cálidas tierras del delta del Nilo! Y ves también como las hormigas trepan a los árboles, buscando la comida que pronto ha de faltarles. Nada es como días atrás; ni siquiera para esos niños que reparten patadas a su pelota en el yermo descampado de enfrente.
Luz del otoño, pones una gota de miel en las pámpanas y en las rosas recién regadas. Y la brisa suspira contigo entre los senderos tapizados de arena del río. La fuente de la universidad ya no mana solitaria; ya jóvenes posaderas se asientan en sus bordes. Y entre hojas caídas, en los bancos de granito hay desparramadas hojas escritas y marcadas con rotuladores flourescentes. La edad de la fe, de las esperanzas del futuro; pero la juventud es la auténtica esperanza.
Luz de otoño, también te disipas en medio de los atardeceres de mi pueblo.
El jardinero de las nubes.
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