La última mañana de este año 2007 me ha sorprendido caminando por la acera de la calle de Goya, en el madrileño barrio de Salamanca. En la puerta del Corte Inglés me he topado con algo que me ha hecho reflexionar durante todo el día, incluso ahora, que escucho el estampido lejano de los petardos y cohetes de Nochevieja (una temeridad medioambiental que no deberíamos permitirnos) y las constelaciones marcan el rumbo de la medianoche.
Normalmente tenemos una imagen estereotipada del indigente. Nos lo imaginamos mugriento y desdentado, dando cabida en su cuerpo a incontables poblaciones de ladillas y otros parásitos; utilizando cartones como todo colchón y teniendo al lado el brick de vino tinto. Malviviendo con las limosnas o con la venta de "La Farola", el periódico de los transeúntes. Un cuadro cuya vista muchos prefieren ahorrarse por no ver ultrajada su sensibilidad.
¿Se figuran a quién he visto con ejemplares de "La Farola" en ristre? Una joven bellísima, que podría pasar por una princesa de los cuentos de hadas. Sus ojos eran azules de porcelana; sus cabellos amarillos como un campo de cebada lavado por la lluvia, y los llevaba pulcramente peinados, formando a la espalda un moño anudado con una bella cinta azul marino, en consonancia con el color de sus ropas. Sus mejillas exhibían las rosas de la juventud; yo no le echaría más de veinte años. Era alta y esbelta. Iba muy bien vestida; no parecía sino que iba de cotillón. Su bolso se veía en muy buen estado. Vamos, que impactaba verla con "La Farola" entre manos. Yo me la he figurado oriunda de un país del Báltico.
Me ha impresionado tanto que he estado un rato observándola de lejos, desde el otro lado de la calle. Ella buscaba distintas posiciones en la acera, para ver si de este modo su suerte mejoraba. El sol de mediodía reavivaba el oro de sus cabellos.
No he sido capaz de comprarle un ejemplar de "La Farola", porque siempre me ha dado vergüenza dirigirme a las chicas jóvenes, incluso cuando yo lo era. Me hubiera gustado que ella me explicara los motivos de su situación. ¡Pobre muchacha! Sin duda tendrá un padre y una madre que lucharían por sacarla adelante, y ¡cuánto sufrirían al verla en el desamparo de las calles!
Ojalá le vaya todo bien a esa pobre chica, y se tope con gentes que se acerquen a ella para ayudarla, sin la vergüenza que es privativa del que suscribe. Ojalá nadie se aproveche de su triste situación actual para arrebatarle su honor a cambio de la manutención. Ojalá Dios la ayude a mantenerla apartada de la degeneración de la droga.
¡Si hubiera tenido valor para acercarme a ella y haberla ayudado de algún modo! Una carga más que añadir a las muchas que soporta mi alma. Vuelen mis oraciones hacia ella, la hija amada de sus padres, la flor que se ha atrevido a desplegar sus pétalos en medio del muladar.
Todo lo que jardinero parece ganar en la distancia, lo pierde en la cercanía. Esto último no merece más que un calificativo, que no me duelen prendas aplicarme en la presente ocasión: ¡cobarde!
El jardinero de las nubes.
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