Si me preguntan si estoy solo, siento que el pecho se me hincha de suspiros. Hay regiones de mi alma que nadie ha podido abordar; hay una gran tristeza que me hace desear que mi paso por esta vida sea lo más breve posible; hay mucha gente que me ha dado su afecto, y cuyas manos sólo puedo estrechar a través del ratón del ordenador, para gran tristeza mía; y en la realidad hay gente que me quiere y hay gente que me despreció y todavía me desprecia.
Yo no estoy hecho para vivir en este mundo, y por eso me he refugiado en las nubes, en los brazos de Dios y en las sacristias del conocimiento, esperando la hora de partir, con mi conciencia limpia y la luz de Jesús ante mis ojos, al lugar donde mi corazón volverá a funcionar a plena potencia.
Antes hubiera preferido la no existencia que sentir que mi corazón funciona parcialmente, que hay zonas que están verdaderamente muertas y que ningún afecto de este mundo podrá suplir jamás. Es un dolor continuo, y sólo en la bondad que nace de Dios y en tratar de ayudar a mis semejantes experimento cierto alivio. Bien sé que antes era incisivo en mis críticas, pero el ser incisivo no me producía ningún consuelo.
Cuando alguien me dice buenos días, es una medicina tan grande que me doy cuenta de lo hermoso que sería tener el corazón lleno de felicidad.
¿Sigo estando solo? Lo único que sé es que cada día me resulta más difícil responder a esta pregunta. Y ustedes alguna responsabilidad tendrán en este dilema.
El jardinero de las nubes.
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