El puente
Era aquel un día sin vida, más bien triste, aunque el sol rompiese el cielo con su relumbre. Sin embargo, al menos para mi, seguía siendo gris y triste.
Hacía más de cinco años que había renunciado a creer en las posibilidades que la vida a uno le ofrece. Lo había perdido todo: el afecto, mi hogar, la familia, los amigos, también el trabajo, incluso hasta el orgullo. El tiempo transcurría sin prisas, con un regusto amargo siempre pegado a la lengua que ya era el sabor de mi rutina, para acabar vegetando entre la inmundicia y los pobres cartones que me servían de lecho. Mi única compañía eran los gatos, los perros callejeros y el alcohol, y era éste último un turbio consuelo en mis largos monólogos con las otras sombras, que como yo jamás escuchaban y se limitaban a charlar con su propia imagen reflejada en el espejo de su mente.
Aún así, aquel día había decidido acabar con todo, y ahí estaba yo sobre el puente al borde del abismo. El río brillaba muchos metros más abajo y me invitaba a zambullirme para siempre entre sus aguas. Hasta sentí una sensación casi entrañable al pensar que en breves instantes me fundiría con la nada, una sensación que seguramente a otros les habría helado la sangre y no obstante, un poder desconocido me impedía saltar, me detenía. En mi indecisión alcé la mirada y descubrí algo más alejado a mi derecha a un muchacho que por lo visto había tenido la desastrosa ocurrencia de solucionar sus problemas de idéntica manera , en el mismo día, a la misma hora y sobre el mismo puente. Era apenas un jovenzuelo, no pasaría de los veinte años y a pesar de su desolado aspecto y la tez pálida de su rostro, yo no ignoraba que en el fondo rebosaba de vida. Sin saber porqué me olvidé de mi problema y corrí hacia él.
-- ¡ Espera...No lo hagas..Detente! – seguía gritando mientras me detenía a su lado.
-- ¡ Déjame, lárgate!...Me ha abandonado, se fue con otro....No puedo ya vivir sin ella – me respondió con la mirada fija en el vació.
A mi no se me ocurrió otra cosa que reír a carcajadas
--¿ Pero qué esperabas? Así es a veces el amor, ya cosecharás sus frutos algún día – logré balbucear entre las carcajadas que ahora me salían a quemarropa.
El muchacho se giró y la furia se le asomó entre las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas. Yo continuaba riendo hasta que el joven aterrizó de un salto sobre el asfalto y me obsequió un tremendo puñetazo antes de alejarse para perderse por las primeras calles junto al otro extremo del puente.
El golpe debió de arreglarme los cables de alguna manera, o debió sentenciar mi irresoluto y repentino divorcio con la derrota; porque en vez de regresar con la muerte, volví sobre mis pasos y me dirigí de nuevo a la ciudad. En esta ocasión mi sonrisa, aunque triste y silenciosa, se posaba ahora suave entre mis labios y tenía otro sabor.
Lo que serán las cosas, ahí iba yo de vuelta con un ojo a la viruta, sumergido en profundas reflexiones. Ni siquiera me detuve a contemplar aquellos jardines que con su hermosura siempre habían logrado mitigar mi amargura. Tampoco percibí cómo una mano se apoyaba con delicadeza sobre mi hombro. Era el encargado del recinto sin duda una alma piadosa pues a menudo hacía la vista gorda a la hora de cerrar cuando me encontraba roncando en un rincón con varios litros de alcohol en el cuerpo. Era una de las pocas personas que aún me miraba a los ojos y no a través de ellos como la mayoría. El sabía que a mi me encantaban sus jardines y más de una vez lo había ayudado en sus quehaceres a cambio de un plato caliente, un par de cigarrillos y un banco donde pasar la noche. El caso fue que este buen hombre me confesó que uno de sus subalternos había decido probar suerte y partir al extranjero; así que después de charlar un rato, me ofreció el puesto vacante. Yo, por mi parte, acepté la oferta. Al día siguiente había cambiado mis cartones por un techo de hojalata, la lata repleta de colillas por un jarroncito de Geranios y en vez del miserable alcohol me atiborré de vasos de agua fría.
Los años han pasado y ya no me dejo deslumbrar por un par de borrosas quimeras sobre el horizonte. Mejor me dedico a mis plantas y a desmenuzar el presente que sé que me espera. Hace apenas unos días paseaba por aquel puente donde esta historia acabó, o mejor dicho debió empezar. Creo que era el mismo cielo, radiante, de esos que hacen brillar el recuerdo, aunque el asfalto aún estuviese forrado de escarcha. Pues bien, no sé realmente el motivo, pero me entretuve observando a una familia bastante numerosa que por ahí pasaba. Tal vez fuese su caminar despreocupado o el trato afectuoso entre sus miembros lo que me fascinó. El padre se aproximaba a la barandilla del puente, con tan mala suerte que antes de asomarse al vacío dio un traspiés y casi se cae al río. Fue sólo un susto porque su familia lo sujetó a tiempo. Y yo, después de confirmar que la cosa se había quedado en un par de latidos desbocados, comencé a sonreír algo desamparado de la sensibilidad que la penosa situación requería, aunque siendo sincero debo reconocer que con frecuencia he sido propenso a meter la pata donde no cabía un palillo y a convertir el silencio y su oro en un posible dolor de muelas, pero en fin, qué le vamos hacer, ya lo dice el refrán: “Genio y figura hasta la sepultura”; y yo no voy a cambiar ahora, con tantos años a cuestas.
Bueno, volviendo a nuestra historia, el padre debió percatarse de mi falta de tacto; porque se me vino encima con cara de pocos amigos, con una expresión quebrada por la ira que me resultó particularmente familiar. El hombre alzó el puño dispuesto a cobrarse la ofensa, pero al contemplar mi rostro y sobre todo mi inoportuna sonrisa, su zarpazo desembocó en un abrazo y aunque no me lo agradeciese de palabra, lo hizo sin duda con el húmedo brillo de sus ojos.
Churruka, 12.02.2008
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