La clepsidra dejaba caer un tenue hilo de agua.
Sus ojos de espuma de mar registraban la línea del horizonte. Y veía sus deseos estrellarse contra el corroído malecón. El viento transportaba un lamento lejano, un olor del pasado mezclado entre los miasmas del salitre.
Él dijo:
–Soporto la carga de mis años, cada vez más pesada, y ahora me llama la tierra como antes el cielo me llamaba.
Las olas del mar trazaban los contornos de sus recuerdos. El sol combatía con las nubes, y una faja de lluvia barnizaba las piedras del malecón.
Y siguió diciendo:
–¡Quién hallara la patria del descanso! Trepar a la cima de aquella colina y tenderme entre los cipreses. Esa casa cuyas ventanas se pierden en el mar. Callejas empedradas de mi viejo hogar. Flores de los huertos por los que yo paseé...
El mar se levantó y lo abrazó con una ola verde. Las profundidades lo atrajeron a sus moradas eternas.
Y allí fue cuando la clepsidra interrumpió su inagotable hilo de agua.
El jardinero de las nubes.
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