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Inicio / Cuenteros Locales / EstatuaconEpilepsia / «RODEADO DE GENTE LINDA»

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«RODEADO DE GENTE LINDA»

POR GUILLERMO SOUBELET
(El que no se junta)


«Gracias a que todas las ventanas del chalet están herméticamente cerradas puedes disfrutar, a pesar del creciente calor, de la temperatura ideal que reina en tu confortable casa como consecuencia del carísimo equipo de aire acondicionado que te preocupaste en hacer instalar.
Con el impecable saco del traje colgando de tu brazo __ y portando tu attaché en la otra mano __ abres la puerta que comunica la cocina de tu casa con el garaje y rápidamente subes a tu BMW __ que se halla con las ventanillas cerradas __ y que la mucama ha puesto en funcionamiento minutos antes y ha encendido el aire acondicionado. Te introduces en el auto, cierras rápidamente la puerta, y pasas de un aire acondicionado a otro. Como todos los días, saludas con un cabeceo desganado a los jardineros y al policía que sube la barrera del country privado en que vives. Siempre con las ventanillas cerradas (como las ventanas de tu casa) para que no se escape el aire acondicionado, tomas por la Panamericana, Gral. Paz y Lugones hasta Las Catalinas, ese conglomerado de torres supermodernas, acero y cristal, que se clava en el cielo justo detrás del hotel Sheraton. Al llegar, ingresas directamente al garaje del subsuelo de la torre en que trabajas. De ahí subes en el ascensor privado que comunica directamente al hall de la empresa en el piso 35 (tu edad). Una vez en tu confortable y refrigerada oficina con ventanales al río, te comunicas mediante Internet, tu pager o tu teléfono satelital con el resto del mundo. Pulsas el intercomunicador y le pides café (descafeinado y con edulcorante) a tu secretaria (rubia). Envías unos cuantos e-mail y recibes otros. A media mañana chateas un rato con tu amante alemana. Esa mujer te pone en llamas. Claro que todavía no la conoces personalmente, pero por lo que charlan (y por lo que has visto por la web cam) la cosa pinta bien. Muy bien (y muy rubia, como te gustan. A ti que no te vengan con morochitas). Al mediodía, almuerzas en el elegante comedor para ejecutivos de la empresa, a través de cuyos ventanales fijos puedes ver el puerto. Antes de regresar a tu despacho haces una parada en la cama solar del segundo piso para mantener tu bronceado perfecto. La cruda realidad, claro, es que el poseedor de un bronceado tan profundo y lustroso, si fuera autentico, hubiera muerto de cáncer hace años. Pero te desenvuelves dentro de un círculo social en el que se que lucir un bronceado termonuclear en pleno invierno es una señal de status. A las diecisiete apagas la note-book de cinco mil dólares, y, como si rebobinaras una película, desandas todo el camino en sentido contrario: tomas el saco y el attaché, abandonas tu despacho, te sumerges en el ascensor, sales al garaje de la empresa, subes a tu auto y haces el mismo camino pero en sentido inverso. Colocas un DVD de un grupo de rock inglés en el equipo del auto y manejas hacia el country mientras disfrutas de la música con los auriculares. Vuelta a saludar al tipo de Seguridad que te abre la barrera (al del turno de la tarde esta vez). Ya en tu casa, enciendes la tele con el control remoto y te paseas por la inmensa cantidad de canales que te suministra la pantalla satelital. Al anochecer, antes de ducharte, te colocas el discman y sales a trotar por las serpenteantes calles internas del country. Como con estos tipos nunca se sabe, eres amable y saludas con un cabeceo a los de seguridad que hacen su ronda y que permiten que trotes tranquilo de noche en aquellas callejuelas arboladas y solitarias. Y así hasta llegar al fin de semana, en que no sales del country (¿Para qué? Si ahí dentro tienes todo lo que necesitas: canchas de tenis, golf, paddle, fútbol (no juegas), lago artificial con playa, canchas de básquet, piletas, restaurantes, confiterías, una discoteca, salones de lectura y de póquer, gimnasio, un mini cine, etc).
De vez en cuando, los fines de semana sales de compras con tu esposa (rubia) y tu pequeño hijo (rubio, gracias a Dios). Suben al auto dentro del country, viajan por la Panamericana (muy probablemente hablando cada uno con su teléfono móvil) y estacionan en el parking privado (con Seguridad, como debe ser) «dentro» del shopping. Ahí dentro, rodeado de tus iguales __ gente linda, educada en colegios privados, bien vestida, con buenos relojes, teléfonos celulares ultra carísimos, buenos autos estacionados ahí afuera y además toda gente perfumada con perfumes costosísimos __ compras cositas ahí y allá (más porque están bien expuestas que porque las necesites). Seguramente también cenarás ahí dentro y hasta es probable que vayas al cine del shopping, siempre sin el menor contacto con el mundo exterior. Y luego de nuevo al estacionamiento privado, a la Panamericana con las ventanillas cerradas (por el aire acondicionado o la calefacción) y a tu casa resguardada del mundo exterior por la muralla del country y los hombres de seguridad, que mientras alzan la barrera aprovecharán para mirarle las bronceadas piernas a tu mujer.

Y por las noches, de vuelta a no poder pegar un ojo, obsesionado por la imagen de tu hijo: un calco del profesor de tenis de tu señora… que, al parecer, también satisface sus necesidades sin salir del country.

Texto agregado el 13-02-2008, y leído por 52 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
2008-02-24 02:33:22 Que manera de pasarle cosas a este hombre!!!! Beso y mis 5* mystica_1503< /a>
2008-02-20 01:03:19 excelente gui....muymuy bueno MarMaga
2008-02-14 21:20:23 jajajaja! como siempre me hago una pasadita por tus cuentos para divertirme y terminar bien el día. Extrordinario. aicila
2008-02-14 16:56:45 Buen relato con toques de humor e ironía. Tu cuento muestra que lo que tiene precio… nada vale. El tamaño del cheque de esas personas, jamás llenará su vida: vacía. El final era de esperarse. Buena narrativa que tiene las aclaraciones necesarias, en el momento justo. ***** raul_lsz
2008-02-14 00:13:05 Que buena descripcion.! foruslegolas< /a>
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