La muerte no deja de susurrarme al oído
Tengo miedo, sí, siempre he sido un cobarde. Todos estos años no he estado más que escondido detrás de palabras, pero todo ha sido en vano. Ni siquiera con la frialdad que trato de proyectarme he podido ignorar mi temor. Gimoteo como un infante al sentir la álgida presencia de la muerte sobre mi entorno, sintiendo que se acerca paulatinamente. Cuanto desearía que la muerte fuese cielo e infierno, pero no soportaría la idea de un universo mudo e imperceptible, no soportaría la eterna inconciencia, a pesar de que no podría ni percatarme de aquello. Temo al día final, al de mis padres y hermanos, quiero ser yo al menos el primero que se marche. No quiero verlos en la mortaja entre el olor de flores y el aroma de la angustia. No quiero ver sus rostros marchitos bajo un vidrio, yo quiero estar ahí, tan ciego que fuese incapaz de contemplar mi propio sufrimiento. No sé a quien acudir, mi estómago se perturba, piedrecillas laceran mi cuerpo al compás de mis pensamientos trémulos. Cuanto me gustaría creer en Dios, en la Biblia, en Adán y en Eva, pero sólo soy capaz de creer en la Inquisición. Si tan sólo fuese capaz de vivir tranquilo, ajeno a la constante presencia del acólito del demonio, que ronda infatigablemente sobre mi cabeza cuando se posa contra la almohada cansada. Si tan sólo pudiera ser indiferente ante mi propia vida, ante mi destino, pero no sería capaz, entonces estaría perdido, como un huérfano…Pero a lo que más temo es a no saber precisamente aquello, temo a un infinito de posibilidades, tiendo ciegamente a reducir lo eterno a lo nimiamente racional. Si tan sólo pudiera atravesar aquel túnel y regresar y volver a vivir, pero la vida se me hace insoportablemente tediosa. Mientras mis conciudadanos disfrutan del ritmo agitado y el fervor en sus venas, yo estoy aquí en un rincón sin esquinas, ahogándome en especulaciones sobre una cosa que desconozco. Pero ahora echar un paso atrás es imposible. He iniciado en mi cabeza un libro absurdo desde la nada, equivalente a especular y temer sobre una cosa insegura y posiblemente inexistente. Pero ni aquel racionamiento lógico apacigua mi temor, sigo siendo el mismo, nací para temer: moriré temiendo. Temo al destino, temo lo que pienso, en suma, temo de mí. Temo que quizás mañana pueda especular sobre mi propia muerte, que los versos concebidos en mi cabeza se proyecten sobre arrabales y acabe muriendo, a pesar de que mi mirada dijese lo contrario. Por el momento me tranquiliza vagamente pensar que quizás ya estoy muerto. |