Mientras paseaba, a mi paso las raíces de los árboles se despertaban de su letargo y crecían rápidas y fuertes, rompiendo el pavimento.
La hiedra trepaba, al mismo tiempo por las fachadas y el agua empezó a correr por las calzadas, arrastrando los coches.
No habían pasado ni tres horas y el bosque había engullido la ciudad entera. El viento entre la vegetación parecía susurrar, malicioso: "Vuestro dominio expira. El nuestro comienza". |