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Inicio / Cuenteros Locales / jardinerodelasnubes / Elena de los cerros de Poniente: Prefacio

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COMO QUIERA QUE EN NO POCAS OCASIONES SE TIENDE A ASOCIAR LAS PRODUCCIONES LITERARIAS CON EL IDEARIO POLÍTICO DEL CORRESPONDIENTE AUTOR, ESTIMO CONVENIENTE HACER LAS SIGUIENTES DECLARACIONES:

1ª YO NO SOY DE IDEOLOGÍA FASCISTA, EN NINGUNA DE SUS FORMAS.

2ª CREO QUE NO HUBO DERECHO A QUE EL GOBIERNO DEL GENERAL FRANCO USURPARA EL GOBIERNO REPUBLICANO LEGALMENTE CONSTITUIDO. EN CONSECUENCIA, LOS CASI 40 AÑOS DE DICTADURA FRANQUISTA FUERON A MI JUICIO UNA MANCHA TERRIBLE EN LA HISTORIA DE ESPAÑA.

3ª DURANTE LA GUERRA CIVIL SE COMETIERON NO POCOS DESMANES POR PARTE DE ALGUNOS ADEPTOS AL RÉGIMEN REPUBLICANO. EL RELATO QUE VOY A OFRECERLES A CONTINUACIÓN SE DESENVUELVE EN ESTE AMBIENTE, UTILIZANDO MI PUEBLO COMO TELÓN DE FONDO Y BASÁNDOME EN HECHOS REALES.

4ª ADVIERTO QUE VAN A APARECER ALGUNAS ESCENAS DE SEXO EXPLÍCITO Y DE GRAN CRUDEZA. SI USTED ES EXCESIVAMENTE IMPRESIONABLE, NO LE RECOMIENDO QUE LEA ESTE RELATO.

5ª AÑADIR QUE ESTE RELATO GUSTÓ MUCHO Y FUE CALIFICADO DE BELLÍSIMO Y BIEN DOCUMENTADO POR MUCHOS DE MIS PAISANOS DE ALDEA DEL REY.


Estoy atravesando un incómodo período de infertilidad literaria. Esta situación no debiera inquietarme demasiado, por cuanto no soy un autor influyente ni tan siquiera conocido; pero no puedo por menos de sentirme preocupado y hasta cierto punto irritable. Mi autoestima se apoya principalmente en mi capacidad como escritor, y sin ella no soy nada; no sé hacer otras cosas de mayor carácter lucrativo.

Despechado salgo a la calle, y empiezo a pasear por todos los cuadrantes de este mi amado pueblecito manchego. La gente me ve pasar con ojos de asombro, y colijo por esto que mi rostro ha de ofrecer variado repertorio de expresiones alteradas.

Al pasar por una acogedora placita, en cuyo centro se alza una palmera que milagrosamente se ha adaptado a la versátil climatología manchega, distingo al señor Resino, el cronista oficial del pueblo. Me une a él una estrecha amistad. Él glorifica al pueblo con sus ensayos históricos, mientras que yo lo intento con mis pobres aportaciones literarias.

–¡Hola, joven amigo y escritor! –me saluda afablemente el señor Resino. Él tiene todo el don de gentes y el aplomo que a mí me falta–. ¿Adónde vas con esa cara tan fantasmal, como si dijésemos?

–Estoy muy angustiado, señor Resino –respondo con voz de abatimiento–. Yo no tengo un empleo remunerado y estable. Creo que sólo sirvo para escribir, y ahora no lo tengo fácil: ninguna idea ronda mi cerebro... Usted, que es un semillero de ideas, nacidas de su mucha experiencia y de su venerable ancianidad, ¿qué me aconseja?

El señor Resino me mira con mirada complaciente. Es más bajo que yo, pero viste considerablemente mejor que yo. Estamos en primavera, y aún lleva un traje de invierno; cuando se está en el atardecer de la vida, el frío, por leve que sea, penetra hasta la médula de los huesos. El señor Resino cubre su calvicie con un desfasado sombrero hongo. Sus ojos, negros como pepitas de sandía, relucen al decirme:

–Todos los que tenemos el ilustre e igualmente ingrato oficio de la escritura, pasamos por intervalos de desesperante esterilidad... No te preocupes: aún eres joven y estás a tiempo de dar el do de pecho.

–Señor Resino, no trate de consolarme con fácil palabrería. Estoy muy atribulado. No tengo nada en mi interior; la fuente de mi intelecto se ha secado... ¿Qué puedo hacer?

–Lo que no halles dentro de ti mismo, búscalo fuera –responde el anciano cronista.

–¿Cómo?

–Mira a los montes de Poniente –me dice enigmáticamente–. Los montes que enseñorean nuestro pueblo. Detrás de sus cumbres hay una llanura interrumpida por otra fila de montes, estribaciones de una sierra lejana. En mitad de la llanura se asienta el aprisco donde vive la vieja Elena. Si no sabes sobre qué escribir, pídele que te cuente su historia... Sentirás tu mente fecunda otra vez.

He oído mencionar a Elena, la vieja pastora; pero jamás la he visto. Es casi una leyenda aquí en el pueblo. La gente refiere, siempre en son de cuchicheos, cierto crimen que ella cometió allá por los años de la Guerra Civil. Ella vive aislada en los montes, y muy ocasionalmente baja al pueblo por no sé qué asuntos... Ciertamente, el señor Resino ha sembrado en mi cerebro una idea que estimula mi imaginación. Aun así, pongo reparos a la misma:

–¿He de escribir la historia de una asesina?

–Averigua por qué cometió ese asesinato. Tú, como escritor, podrás dejar constancia de ello... La mañana todavía es joven, y no necesitas más de hora y media para llegar al aprisco de Elena. Apúrate y obrarás con justicia, al tiempo que te curas de tu infertilidad transitoria. –Y el anciano, al ver que yo vacilo, me dice casi gritando–: ¡¿A qué esperas, hombre?!... Eres escritor, y no tienes otros perejiles que mondar... Préstate un servicio a ti mismo a la vez que se lo prestas a la posteridad... No es necesario que te lleves merienda; si le caes bien a Elena, te obsequiará con una porción de su delicioso queso y con un jarro de fría agua de manantial.

Yo, como obnubilado, obedezco las intimaciones del señor Resino. Apenas si me deja despedirme de él; me empuja con su nervuda mano en dirección a los montes que dominan el pueblo.

Ahora estoy en pleno campo. El embriagador sol de mayo hace nacer regueros de sudor de mi fruncida frente. Los pájaros cantan en todo su furor, ofreciendo un concierto pintoresco. Ahora el camino, llano y regular en un principio, se ha vuelto empinado y tortuoso. Los insectos voladores zumban alrededor de las flores de retama y de té silvestre. El aire huele como a incienso. Dirijo brevemente la vista atrás, hacia el fondo del valle, y veo el pueblo envuelto en la neblina azul de por la mañana; más a lo lejos se divisa el bruñido espejo del pantano de la Vega del Jabalón... Aldea del Rey querida: mi patria, mi hogar.

Mi mente se abstrae contemplando el paisaje, mas mis piernas sienten con gran intensidad la opresión de la ascensión. La trocha por la que se desenvuelven mis pasos serpentea en cien giros alocados. Las piedras empiezan a hacerse más abundantes; y lo que antes ha sido camino llano y liso, ahora es una senda de lobos. El sudor baña mi frente, mi pecho, mis axilas, mis espaldas, mis partes pudendas... y mis meditaciones. Respiro con auténtica urgencia y dificultad el aire virgen de las alturas. Trato de replegarme en mis pensamientos para olvidar las fatigas de la ascensión; lo intento, pero no lo consigo.

Por fin, cuando mis piernas parecen a punto de estallar en multitud de tendones de sangre comprimida, doy coronación a la muralla de montes. Vuelvo a mirar hacia atrás, y me siento dichoso de haber llegado arriba, aunque sea hecho un mar de sudor y casi asfixiado. ¡Qué paisaje más sublime!... Pero no hay tiempo para detenerse en contemplaciones. A mi frente se extiende la llanura a que hacía referencia el señor Resino; se la ve toda poblada de chaparros, brezos y demás plantas rastreras. Y el aprisco de Elena se columbra a unos quinientos metros de donde me hallo. Camino hacia allá resueltamente. Me cruzo con algunas ovejas que pacen en los escasos recortes de hierba.

De repente, un perro mastín me sale al encuentro, atronándome los oídos con sus ladridos y mostrándome amenazante su temible dentadura. Viene a por mí... Pero, en el último momento, un agudo silbido corta el aire, el perro refrena sus instintos agresivos y se encamina hacia el aprisco con el rabo entre las piernas. Yo también me encamino allá.

Y he aquí que veo a Elena sentada en el quicio de su puerta, flanqueada por sendos macizos de madreselvas y jazmines que trepan por la fachada del edificio. Es una mujer muy anciana, más todavía que el señor Resino. Su rostro, de tan arrugado, no parece sino de pergamino; sus largos cabellos blancos, aunque ya muy ralos, ondean bajo el hálito de la brisa meridional; los ojos, de un verde aguado, los tiene hundidos bajo los arcos superciliares; sus labios tienen el mismo color que la ceniza de leña, y están cercados por un vello de senectud negro y apuntado; la nariz, recta y de anchas aletas, es el único vestigio de juventud que le ha quedado a Elena. Va vestida con prendas de lana, tan decrépitas y polvorientas como ella misma. Fuma un tabaco irreconocible de una pipa de madera de brezo, que tiene todo el reborde de la cazoleta socarrado.

Me siento un poco turbado ante la mirada fulminante con que me acoge la anciana. Yo le digo con mi mayor tono de cortesía:

–Buenos días, señora Elena... Usted no me conoce... Quisiera cambiar unas palabras con usted.

–¿Quién eres tú? –me interroga con su voz estropajosa.

Yo me presento, pero su mirada no se torna por ello más confiada y hospitalaria. Igualmente el perro, alebrado a los pies de su ama, me dirige unos ojos desafiantes y escrutadores.

–... Quiero escribir lo que a usted le sucedió durante la Guerra Civil –concluyo mi explicación

Por un momento, todo rastro de dureza se desvanece del rostro de Elena. Creo sentir cómo se aboca en sus recuerdos. La pipa, con la boquilla goteante de saliva catarrosa, queda suspendida entre los callosos dedos de la anciana. Sus ojos me miran, pero sé que no me están viendo a mí.

–No quisiera molestarla, señora Elena... Acaso no quiera contarme nada de eso –digo yo, con solemnidad manifiesta.

Siempre me he preciado de tener unos ojos de mirada humilde, que no han dado lugar a ningún tipo de dobleces ni equívocos. A tenor de esto, Elena debe de comprender que yo soy persona en la que se puede confiar. De su viejo rostro desaparece definitivamente todo rastro de severidad; e incluso su perro deja de atravesarme con la mirada y de enseñarme los colmillos como a un intruso.

–¿Quieres una porción de queso y un poco de agua? –me dice Elena, ya con más amabilidad en su acento–. Es algo largo lo que tengo que contar.

Siento que el entusiasmo me desborda por dentro. Me acomodo sobre una roca cercana, y abro mi mente a lo que estoy a punto de escuchar.

–El queso y el agua pueden esperar –digo finalmente, animando a mi interlocutora a que dé comienzo a su relato.

El jardinero de las nubes.


Continuará…


Texto agregado el 16-02-2008, y leído por 77 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
2008-04-12 19:48:36 Buen comienzo e interesante tema, pero la crudeza del relato no lo es por si mismo, por lo que trata, sino por como se escribe y tu jardinero no dejas de ser un poeta de la narración siempre atento a descipciones coloridas.Creo que se trata de estilos,el tuyo es muy bueno por el relato, por la forma impecable de escribir, pero esta muy lejos de ser cruento. Y a la prueba me remito, tu introduccion se ataja de todo esto: deja que cada uno piensa como quiera...creo que te aterra a ti que te vean así. Pero no te preocupes jardinero, hasta aohora nohe encontrado nada excesivamente impresionable,excepto tu forma de narrar,mis 5* MCS
2008-02-17 02:20:39 Bueno, este escritor semiparalizado ha logrado interesarme. Me gusta mucho la relación entre la obra literaria y la historia, y la guerra civil es un período que me resulta particularmente atractivo, por el protagonismo que han tenido en ella intelectuales como Lorca y Hernández. Te sigo leyendo. 5* sara_eliana
2008-02-16 17:08:04 Introducción a la historia, un escritor va a su encuentro y la historia cobra vida en la anciana Elena. Excelente en su presentación narrativa, invita al lector seguir con la lectura. Mis cinco estrellas. Ignacia
2008-02-16 14:33:08 continuaré leyendo!!!*****, esas bien brillantes!! gringuis_
2008-02-16 12:36:02 Magnífica narración. Me ha gustado en extremo. El autor usa una expresiones únicas, personales, incriblemente expresivas (valga la redundancia )..."Eres escritor, y no tienes otros perejiles que mondar..."... es estupendo. He de decir que el final tal vez lo esperaba más humano... tal vez lo que podía esperar era el relato y el prota se dispusiera a intimar con Elena... pero el autor manda. Mi felicitación por tan estupenda narrativa. El_Abad
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