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Inicio / Cuenteros Locales / jardinerodelasnubes / Elena de los cerros de Poniente: Desarrollo(1)

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El padre de Elena, el único ser que le quedaba en el mundo, había muerto de tuberculosis en el Hospital Provincial de Ciudad Real, unos meses antes de que estallara la Guerra Civil. Así que ella se quedó completamente huérfana a una temprana edad. Su madre había muerto siendo Elena muy niña, víctima de una angina de pecho. Era muy penoso tener diecisiete años y no disponer de un amigo o amiga que la pudiera consolar o aconsejar en su dramática situación.

Tan pronto el padre de Elena recibió cristiana sepultura en un humilde nicho del cementerio de la capital, ella regresó a los montes de Aldea del Rey. Allí tenía el rebaño de cabras y ovejas de cuyos productos habían vivido ella y su progenitor. El aprisco estaba en aceptables condiciones de habitabilidad, y Elena supo que con su trabajo tendría el sustento y la morada asegurados.

Había aprendido bien el oficio de pastor, y en el mismo era tan buena como lo había sido su difunto padre. Sabía dónde se hallaban los mejores pastos, y, por ende, contaba con la valiosa ayuda de dos perros mastines, a los cuales había bautizado con los nombres de Sombra y Luz, porque uno era de pelaje oscuro como la noche en tanto que el otro lo tenía claro como la nieve. Elena también sabía hacer quesos y esquilar las ovejas cuando llegaba su tiempo. Y era una muchacha bien parecida: alta y erguida como la vara de San José; con el cabello color de miel; el rostro fresco y sonrosado como el narciso de Sarón; las piernas y los brazos con algo menos de carne de la justa; y los pechos de una nubilidad exquisita. Y tenía unos ojos que le habían robado su verdor a la hierba de los prados... Así era ella. En Aldea del Rey, los mozos en edad de merecer decían que era muy hermosa.

Ella sólo bajaba al pueblo cuando tenía quesos y lana para vender, y, una vez cumplido este menester, compraba de todo cuanto carecía en la soledad de los cerros: carretes de hilo de coser, vestidos nuevos, cajas de fósforos, botes de medicinas, pastillas de jabón, latas de sardinas en aceite, paquetes de harina de maíz y algún que otro caprichillo.

Su vida se desarrollaba dentro de una apacible rutina. Hasta que llegaron los trágicos días del verano de 1936. Ella escuchaba siempre el distante tañido de las campanas del pueblo, y un buen día dejó de oírlo. Esta circunstancia la intranquilizó sobremanera. Entonces se acercó al borde de las cumbres que dominaban el pueblo, y al prestar oído atento lo único que pudo escuchar fueron algunos disparos aislados de fusilería. Y vio además que de la torre de la iglesia se elevaba una humareda que formaba en las alturas un vistoso hongo de color negro. Entonces, a cuenta de todas estas señales, barruntó que la guerra había comenzado. Y tomó la resolución de no dejarse ver por el pueblo hasta tanto no volviera a hacerse audible el cotidiano repicar de las campanas. Aquí, en la virginidad de los montes, no tendría nada que temer (al menos en esto confiaba). Estaría privada de los artículos que hasta el estallido de la contienda viniera adquiriendo en el pueblo; pero debía conformarse con su suerte, que después de todo no era lo que se dice mala: disponía de leche y carne para su sustento y de vellones de lana para confeccionar prendas que la protegieran de cara al frío del invierno.

De esta suerte, el tiempo fue transcurriendo y seguía sin oírse el tan esperado repicar de las campanas. El verano agonizaba en medio de unos celajes pálidos y descoloridos, y las hojas de los álamos empezaron a volar al viento con acusado matiz de vejez. Elena seguía en su aprisco sin noticias del mundo que quedaba más allá de sus dominios... Hasta que cierta tarde de mediados de noviembre sus finos oídos captaron los cascos de una montura. Sí, distinguió a lo lejos la figura de un jinete que había ascendido a las cumbres a lomos de una mula, siguiendo los caminos de herradura que la joven pastora solía seguir asimismo para bajar al pueblo cuando le era menester.

Vio al jinete aproximarse a su aprisco. Cuando estuvo a menos de un tiro de piedra, los dos mastines salieron a su encuentro con intenciones no muy pacíficas. La mula se alborotó ante la perspectiva del ataque que se le avecinaba. Entonces el jinete sacó de debajo de su largo capote una pistola, preparado para hacer buen uso de la misma en caso necesario. Pero no hizo falta llegar a ese extremo: Elena soltó un silbido que repercutió por toda la llanura, y los perros se sosegaron al instante, como por arte de magia.

Entretanto, el jinete había llegado a la altura del aprisco.

El jardinero de las nubes.


Continuará...

Texto agregado el 16-02-2008, y leído por 39 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
2008-03-11 16:47:22 Atrapada entre tus letras estoy....5* aguaderocio
2008-02-17 02:27:34 Es muy interesante "ver" a través de la mirada de un personaje como Elena, la posible percepción sobre una guerra que pudieran tener los habitantes de una zona rural, o semirural. El sencillo lenguaje no quita belleza a las descripciones, a medida que se va caracterizando al personaje y construyendo la historia. 5* sara_eliana
2008-02-16 17:09:49 No decae el interés por la hermosa historia. Sigo, mis cinco estrellas. Ignacia
2008-02-16 14:39:55 Exelente tu relato!!***** gringuis_
 
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