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Inicio / Cuenteros Locales / jardinerodelasnubes / Elena de los cerros de Poniente: Desarrollo(2)

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–¡Buenos días! –saludó a Elena, llevándose galantemente la mano siniestra a la visera del deshilachado quepis que cubría su cabeza.

Elena, por su parte, con los ojos llenos de recelo y desconfianza, articuló un débil saludo mediante un movimiento de su cabeza.

El jinete se guardó la pistola en su sitio, y acto seguido se apeó de la mula. Elena pudo observar que renqueaba de la pierna derecha al caminar. Por lo demás, pese a ir tan mal vestido con un uniforme pseudomilitar, no era de apariencia ingrata. Realmente era un hombre guapo, joven, atractivo, alto, fornido y con el rostro atezado, adornado con una perilla que les sentaba especialmente bien a sus facciones angulosas, finamente perfiladas; sus ojos, intensamente negros, brillaban, por así decirlo, como dos carbones encendidos.

–Soy el sargento de la República José Miguel Calafat –se presentó, dejando entrever cierto orgullo al indicar su rango–. Estoy al mando de la unidad de milicianos que mantienen el orden allá abajo, en Aldea de Ascaso... Sé que tú te llamas Elena y que eres pastora. Por cierto, ¿dónde guardas tu rebaño?

–Aquí dentro –respondió ella desganadamente, señalando al interior del aprisco.

–¿Puedo pasar? Tengo que cambiar algunas palabras contigo. Además traigo mucha sed... ¿Me ofrecerías un vaso de agua?

Pasaron entonces dentro del aprisco, en uno de cuyos lados estaba recogido el rebaño de cabras y ovejas; el sargento Calafat dirigió al mismo una mirada de inteligencia, en tanto que Elena le servía un vaso de agua de un rústico cántaro de barro.

–Muchas gracias, Elena; traigo la garganta como un estropajo –y al momento se metió para su coleto el contenido de dicho vaso. Luego, sentándose en una silla de enea, siguió diciendo–: Bien, a lo que iba... Ya te he dicho que estoy al mando de los milicianos de Aldea de Ascaso, que ya no del Rey, y bien que me cuesta mantener el orden allá abajo. Hay un hatajo de civiles, de cincuenta años para arriba, que se dicen fervientes republicanos; lo único que hacen es enredar aún más las cosas. Al principio de la guerra ellos solitos desmantelaron la iglesia, quemaron en la Plaza del Ayuntamiento las imágenes de los santos y casi ahorcan al cura, amén de otros desmanes que ni te quiero mencionar... Si por ellos fuera, nos cargábamos a tiros a todos los que no simpatizan con la República. Menos mal que los milicianos aún podemos meterlos en cintura... Pues bien. –Se aclaró la garganta–. Verás, Elena: se está pasando mucha hambre allá abajo; escasean el pan y otros alimentos imprescindibles. Entonces me han venido ésos que te he comentado, y me han dicho que tú tienes ovejas y cabras que pueden servirnos de comida.

Elena se puso pálida como una muerta al escuchar estas últimas palabras. El sargento Calafat lo advirtió, y le dijo en un tono más suave y mesurado:

–Lo siento, Elena. Así es la guerra. Si tú tienes víveres, tu obligación es compartirlos con los que no tenemos. Ya hasta estábamos pensando en sacrificar a los perros y a los gatos para comérnoslos... Y en cuanto a mi mula..., ¿qué te voy a decir? La necesito porque estoy cojo... Si no, ¿cómo me iba a poder desplazar de un lado para otro?

Un sudor frío bañaba la frente de Elena. Movía desmayadamente los labios, pero no era capaz de pronunciar la menor palabra de réplica. El sargento Calafat era un hombre de gran empatía, y pudo hacerse una idea bastante cabal de los sentimientos que ahora estarían agitando el alma de su interlocutora.

–No te desanimes, Elena –le dijo tratando de consolarla–. Estas cosas suelen ocurrir... Has de resignarte.

–¡Qué resignarme ni qué niño muerto! –exclamó ella finalmente, con acento desgarrado–. ¡Es mi rebaño!

El sargento Calafat, después de ese rato que llevaba en el aprisco, no podía mostrarse refractario a los encantos de la pastora. Hacía tiempo que no se encontraba a solas con una joven tan bella. Sintió un estallido de calor en todo su cuerpo; ella le atraía con un poder implacable. Ahora, entregada a la angustia, tenía para él un atractivo difícil de precisar. Y con la pasión naciente vino aparejada la misericordia.

–Elena, ven a mi lado.

El jardinero de las nubes.


Continuará...

Texto agregado el 16-02-2008, y leído por 22 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
2008-04-12 20:08:21 Seguimos, demasiado amable el sargento me parece, quien roba no pide permiso y por lo que tengo entendido, de acuerdo a las atrocidades que vivieron ustedes en la guerra se han masacrado sin avisar,saludos MCS
2008-03-11 16:50:56 Sin palabras...te sigo leyendo...5* aguaderocio
2008-02-17 02:31:02 Bueno, seguimos ... 5* sara_eliana
2008-02-16 17:17:53 - Y con la pasión naciente vino aparejada la misericordia -, nace el amor, no importa la guerra y sus bandos, las necesidades ni los compromisos del sargento con su gente solo son una hermosa pastora y un soldado herido. Mis cinco estrellas. Ignacia
2008-02-16 14:44:39 Impecable tu relato!***** gringuis_
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