Ella se escandalizó, y la palidez de sus mejillas cedió su lugar al rubor de las amapolas de mayo. Vio que en los ojos del sargento Calafat hervía la sensualidad, y sintió asimismo un extraño calor en sus entrañas.
–Ven, Elena.
Pero ella permanecía quieta en el sitio, como petrificada. El fuego que ardía en el hogar formaba adorables destellos sobre las líneas de su rostro. Entonces el sargento Calafat se levantó de la silla, dejó el vaso del que había bebido sobre el asiento y se encaminó con cierta cautela al encuentro de Elena.
–Tranquila. Conseguiré que te dejen en paz y que no te quiten ni una sola cabeza de tu rebaño; ya me inventaré algo convincente... Pero eres muy bonita, y yo soy un hombre que ha sufrido en la guerra... Te deseo.
Elena creía estar soñando. Su olfato percibía el aroma varonil y un tanto desagradable que despedía el cuerpo de su compañero. Pero todo en ella la impulsaba hacia él.
–Elena, no hay chica más hermosa que tú en toda Aldea de Ascaso.
Y el sueño que ella creía protagonizar comenzó a ser hermoso y estimulante. El sargento Calafat dejó caer a sus pies el capote, y la aprisionó entre sus brazos. Ella, en contra de lo que pudiera preverse, no lo rechazó; es más, se le representaba placentero el cosquilleo que le producía el contacto del bigote de él sobre sus labios, y después el de la lengua ansiosa por penetrar en el interior de su boca. Ella, avasallada por un goce inexplicable, dejó su mente oscura y comenzó a responder a los estímulos del cuerpo masculino. Notó que sus pezones se endurecían. Las ropas de entrambos constituían una barrera, y no tardaron en huir de sus respectivos cuerpos en estrecha unión.
–Elena, eres maravillosa.
Ella comenzó a beber a largos tragos de la fuente del amor; tenía cierto miedo del sargento Calafat, pero asimismo anhelaba cada vez más el contacto de su cuerpo bronceado y hermosamente velludo. Y mucho mayor fue su anhelo tan pronto se sintió penetrada por el miembro viril de él. Hubo algo de dolor por parte de ella, mas al final todo se resolvió en un placer breve pero intenso, como nunca antes había conocido.
–Eres maravillosa... Tus ojos son como dos estrellas.
Elena se sentía algo alarmada porque sangraba por el origen de su placer. El sargento Calafat se apresuró a tranquilizarla, diciéndole que el sangrar de las mujeres era normal cuando hacían el acto amoroso por primera vez. Ella se calmó consecuentemente, y comenzó a observar con más detenimiento que antes la anatomía de su amante: le agradaban sus cabellos morunos y su porte musculoso... Pero sus pupilas se dilataron de sin par asombro tan pronto le examinó la pierna derecha.
–¿Por qué tienes esa cicatriz tan fea? –le preguntó al instante.
–Es una herida de guerra –explicó él–. Unas cuantas esquirlas de metralla. Pero gracias a que me hirieron, he podido venir a Aldea de Ascaso y conocerte a ti... Todo ha merecido la pena... ¡Ah! Todo en ti es hermoso: tu cara, tus pechos, tus piernas... –y la besó con fogosidad en los labios.
Pero la curiosidad de Elena aún no había sido satisfecha
El jardinero de las nubes.
Continuará... |