El sargento Calafat soltó un chasquido de incomodidad con su lengua.
–No es grato recordar esas cosas.
–Quiero saberlo –insistió ella.
–Bueno... Verás: al declararse la guerra yo era cabo furriel en el regimiento de caballería de Córdoba, donde estaba realizando el servicio militar. En cuanto tuve ocasión, me pasé al bando contrario, porque no me gustaba nada la vida de los militares nacionales. Mi primera y única campaña fue cerca de Andújar, concretamente en el santuario de Santa María de la Cabeza, donde todavía se encuentran refugiados no sé cuántos guardias civiles al mando de un tal capitán Cortés. Hay que reconocer que son todos unos valientes esos tipos: aunque estén sitiados, sin posibilidades de abastecimiento de víveres, resisten como auténticos leones. A mí me hirieron en los primeros días del asedio, cuando en un rapto de valentía quise penetrar en sus defensas; entonces me arrojaron una bomba de mano, y, aunque en último término logré esquivarla, la onda expansiva de la explosión me dejó la pierna muy malherida. Aún no me explico cómo conseguí regresar a nuestras posiciones. Y, en vista de que yo ya no podía ser de utilidad en el asedio, me destinaron aquí, a Aldea de Ascaso, para tomar el mando de la partida de milicianos, lo cual es una labor tranquila dadas mis actuales limitaciones físicas... Bueno, ya está –terminó, cansado de ofrecer tan detallada explicación a su curiosa oyente–. Esto ha sido cuanto tengo que contarte.
Afuera el cielo comenzaba a ensombrecerse. El sargento Calafat lo advirtió, mirando a través de la ventana, y he aquí que exclamó:
–¡Se me ha hecho muy tarde!... Para las próximas veces procuraré venir más temprano.
–¿Vas a volver? –preguntó Elena, animada de una dulce esperanza.
Su compañero le dedicó una agradable al tiempo que cariñosa sonrisa, diciéndole:
–Tontita... ¿Es que no oyes bien? Hablo de unas “próximas veces”.
–¿Mañana vendrás? –insistía ella en su interrogatorio.
–Naturalmente, si no surge nada que me lo impida. Ven ahora a despedirme, y evita que a tus perros se les pase por la mollera ideas de estrenar sus dientes en mis carnes.
–Son unos animales muy nobles e inteligentes.
–No lo pongo en duda.
Los dos amantes se despidieron con un beso tan ardoroso como los que hasta ese momento se habían dado. Elena, desde la puerta del aprisco, vio cómo se alejaba, a lomos de su mula, el hombre que había despertado en ella las más sublimes sensaciones que jamás recordara haber sentido.
El tiempo fue pasando, y la guerra estaba en todo su apogeo, si bien en la provincia de Ciudad Real apenas si se hicieron notar sus efectos devastadores. Muchos días Elena escuchaba sobre su cabeza el molesto bordoneo de los aeroplanos nacionales. Entonces dirigía al cielo unos ojos ahítos de curiosidad y espanto, y veía cómo esas máquinas destructoras se esfumaban en el horizonte, dejando a su paso una larga estela de humo blanco.
–No marchan bien las cosas para nuestro bando –comentaba preocupado el sargento Calafat las tardes en que acudía a visitar a su amante–. Hay que reconocer que los insurrectos tienen entre sus filas mayor disciplina y organización que nosotros. Por si esto fuera poco, cuentan con el total apoyo de Alemania e Italia, que son dos grandes potencias en el plano militar.
–¿Vendrán aquí? –preguntaba Elena, con la voz teñida de temor.
Entonces el sargento Calafat la estrechaba contra su corazón, y le susurraba al oído:
–No tengas miedo. Estamos en la retaguardia, y no es probable que aquí se entablen batallas importantes. Si acaso, de entablarse alguna, sería por la zona de Almadén, pues el azogue y sus otros recursos mineros hacen que esa población sea un objetivo muy apreciado para los insurrectos y sus aliados extranjeros.
–¿Y en nuestro pueblo? –se interesaba ella.
–Allí las cosas no marchan del todo mal... No obstante, tengo noticia de que en otros pueblos de la provincia se cometen muchas tropelías: matan a los caciques y a los sacerdotes... En estos tiempos los ánimos están muy desatados.
El jardinero de las nubes.
Continuará...
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