Eran tiempos de gran tristeza; pero Elena sonreía de lo lindo, pues se sentía muy dichosa con el amor que le tributaba el sargento Calafat: un amor que satisfacía a su cuerpo y a su alma de forma concomitante.
Este romance no levantó buenos ecos en Aldea de Ascaso. Los cabecillas republicanos fruncían el ceño a la vista del sargento Calafat. Hubieran deseado aplicarle en propia cara una larga lista de denuestos; pero a la postre se tenían que callar, porque él detentaba la autoridad militar... Ante la voz de las armas, la única respuesta viable era el silencio. Sin embargo, poco avispado tenía que ser el sargento Calafat para ignorar la animadversión subterránea que suscitaban sus escarceos con la joven pastora... Y finalmente la tensión llegó a un punto crucial: el portavoz de los cabecillas republicanos vino a verle a su despacho cierta mañana de mayo de 1937; traía impreso en su rostro un gesto de manifiesta adustez.
–¿Qué desea? –le preguntó secamente el sargento Calafat.
–Los víveres escasean –dijo el portavoz de buenas a primeras, sin detenerse en preámbulos.
–¿Y qué me quiere decir con eso?
–Elena, la pastora, dispone de ganado.
El sargento Calafat tragó saliva, ya que se le había atravesado un nudo en la garganta. Cuando por fin pudo hablar, se vio forzado a improvisar una mentira:
–No lo tiene... Se lo han ido robando los desertores de nuestro propio ejército.
El portavoz sostuvo su mirada con valerosa firmeza.
–¡Usted miente!
Al sargento Calafat se le caldeó la sangre en las venas.
–¡No tengo por qué tolerarle esta insolencia!
–¡Y nosotros no tenemos que morirnos de hambre porque usted esté amancebado con Elena!
Aquello fue el colmo para el sargento Calafat. Llamó de inmediato a su presencia al cabo de los milicianos, y le ordenó que pusiera bajo arresto al portavoz de los cabecillas republicanos por desacato a la autoridad.
–¡Esto no va a terminar bien! –repuso este último, con acento desafiante.
–De momento para usted no –matizó el sargento Calafat, con cierto sarcasmo.
Este incidente le hizo concebir no poco desasosiego, el cual se veía acrecentado toda vez que observaba los gestos de desaprobación en las caras de sus subordinados. Como necesitara un desahogo a tantas imprevisibles tensiones, no se lo pensó dos veces y anticipó la hora de su visita a Elena.
Los perros de la pastora aún no se habían hecho amigos de él, y eso que ya llevaba bastante tiempo frecuentando el aprisco; lo recibieron haciendo gala de sus más feroces ladridos, y fue necesaria la intervención de Elena para apaciguarlos.
–¿Cuándo me aceptarán de una vez tus perros? –preguntó el sargento Calafat.
–Son unos perros muy especiales –le explicó Elena–. Sólo obedecen a quienes los cuidaron de cachorros.
–Con ellos estás bien protegida.
–No te digo que no.
Luego pasaron dentro del aprisco, y dieron satisfacción a su abundante torrente de pasión. Elena estaba enamorada de su hombre hasta los mismos hígados. Y ese día tenía una importante noticia de que hacerle partícipe.
–¿Sabes que este mes aún no he sangrado?
El rostro de él se revistió de una súbita palidez.
–¿Quieres decir que no te ha venido el período?
Ella asintió tímidamente con la cabeza, dejando traslucir sus emociones.
–¿Y sabes lo que eso significa?
–Sí, que estoy esperando un hijo tuyo... Aunque viva sola en estos parajes, no tengo tanto desconocimiento de la vida como para no saber tales cosas. Además mi padre, antes de fallecer, me explicó con pelos y señales los procesos a que nos vemos sujetas las mujeres.
La gravedad se agudizaba en las facciones del sargento Calafat, lo cual no dejó de ser advertido por Elena, y esto la llevó a hacerle a su amante la siguiente pregunta:
–¿No te sientes feliz de que vayamos a tener un hijo?
–Son tiempos muy difíciles –repuso él–. No es buen momento para traer hijos al mundo.
–¿Y cómo podíamos evitarlo si yacíamos juntos casi todos los días? –replicó Elena, con palpable irritación.
–Es cierto. Hacer el amor tiene su precio... Pero es una fatalidad –añadió él casi en un susurro.
–¿Por qué dices eso?
–En el pueblo no ven bien lo nuestro –trató de justificarse.
–¿A nosotros qué nos va y qué nos viene lo que piensen allá en el pueblo?... Nos queremos, y no hay más que hablar.
–Nos pueden hacer mucho daño –y procedió a explicarle a Elena el incidente de la pasada mañana.
–Aquí estamos tú y yo solos –dijo ella al cabo–. Aquí no existe la guerra. Deja de pensar en los malvados, que si se atrevieran a asomar el hocico por estos parajes, mis perros sabrían dar buena cuenta de ellos.
El jardinero de las nubes.
Continuará... |