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Elena de los cerros de Poniente: Desarrollo(7)
Al día siguiente enterraron al pequeño Ramón en un prado cercano. Su padre se había pasado toda la noche construyéndole un féretro digno con unas tablas de madera de encina que Elena tenía almacenadas en el aprisco desde tiempo casi inmemorial. Verdaderos torrentes de lágrimas se derramaban de los ojos de la joven, mientras contemplaba cómo las últimas paletadas de tierra descendían sobre la tumba de su pobre niño.
El tiempo fue transcurriendo, y el rebaño se acostumbró a pastar casi exclusivamente en este prado, por cuanto a Elena le dolía apartarse una hora tan siquiera del lugar del reposo eterno de su Ramoncito. Su relación con el sargento Calafat no había vuelto a ser la misma. Se habían ido distanciamiento paulatinamente desde la pérdida de su hijo, y se acostaban juntos muy de tarde en tarde. Hasta Elena llegó a manifestar que lamentaba haber conocido al sargento Calafat, pues ello trajo consigo el increíble dolor que le ocasionaba la pérdida de su hijo.
A todo esto, se presentó el año 1939. Estaba bien claro que la guerra no iba a durar demasiado. El bando republicano mordía el polvo a cada nueva derrota con el bloque nacional. Había mucha hambre y necesidad en Aldea de Ascaso, y esto daba pie a no pocos desórdenes y pillajes.
Cierto día el sargento Calafat subió al aprisco de Elena, y, tan pronto vislumbró a ésta, fue y le dijo:
–Me voy.
Pese a que su amor por él se había entibiado bastante, Elena no pudo evitar recibir una ruda impresión ante semejante declaración.
–¿Qué dices?
–La guerra está prácticamente concluida –dijo el sargento Calafat–. La victoria se decide por los insurrectos, y estoy viendo venir las represalias... Me tengo que ir.
–Yo te esconderé aquí... No te vayas.
El sargento Calafat se desesperaba por momentos.
–¡Tú no lo entiendes! ¡Tengo que saber de ellas!
El corazón le dio a Elena un extraño pálpito.
–¿Quiénes son ellas?
Sobrevino un largo intervalo de silencio. El rostro del sargento Calafat estaba como desencajado. Finalmente acabó diciendo:
–Elena, he de confesarte la verdad. Yo no soy libre. Tengo mujer y dos hijas pequeñas en Almuñécar, provincia de Granada. Hace mucho tiempo que no saben de mí. Me fui para el servicio militar, y aún no he regresado... Quiero saber si están bien.
A Elena se le atravesó un nudo en la garganta. No podía creerse que estuviera despierta; prefería achacarlo todo a una mala pesadilla.
–Llevo mucho tiempo callándote esto –proseguía el sargento Calafat–. Estaba solo, y contigo encontré algo de belleza en medio de la desolación que nos rodeaba... Pero ya la conciencia me remuerde hasta un punto intolerable. ¿Comprendes ahora la preocupación que tenía cuando supe que estabas encinta? No hacía más que pensar en la papeleta que me había caído en suerte teniendo hijos de dos mujeres distintas.
–Ahora habrás quedado descansado –le interrumpió Elena–, ya que tienes un hijo menos del que preocuparte. ¡Monstruo embustero! Nunca nos quisiste ni a Ramoncito ni a mí.
–Por lo que veo, no me vas a entender. Bueno, yo sólo venía a despedirme... Adiós.
Una nube de sangre inflamaba la mirada de Elena. Todo el amor que pudiera sentir por el sargento Calafat, se trocó en odio y aversión profundos. Vio cómo éste le daba las espaldas y se encaminaba resueltamente hacia su montura. Él se había aprovechado de ella para su propio deleite y satisfacción, y ahora la dejaba tirada al igual que a un trapo sucio e inservible, como era la usanza de los calaveras.
Allí estaban sus mastines, a su lado, contemplando al sargento Calafat con los ojos hostiles de siempre. La vista de los animales, aunada con su propia rabia, le hizo concebir una idea súbita y morbosa.
–¡Sombra, Luz!... ¡Venga a por él!
Los perros no necesitaron nuevas conminaciones para obedecer el mandato de su ama. Cayeron sobre el desprevenido hombre como lo harían dos tigres de Bengala.
–¡Elena, que me devoran!
Ella contemplaba con ojos impávidos –sin un atisbo de remordimiento o pesadumbre– aquel frenesí de ropa y carne desgarradas, sangre liberada y colmillos enfurecidos; se complacía en ver cómo el que se había burlado de ella recibía su justo castigo.
–¡Ele.. naaa! –La voz se atenuaba en esos labios bañados en sangre.
El mastín negro clavó con saña sus colmillos en la garganta de su víctima, y esto aceleró el fatal desenlace... Al instante toda luz se apagaba de los ojos del sargento Calafat.
–¡Sombra, Luz! ¡Ya está bien! –gritó Elena. Pero le fue muy difícil separar a sus perros del cuerpo ensangrentado del sargento Calafat; y, cuando por fin lo consiguió, aquél ya era cadáver.
–¡Oh!
El jardinero de las nubes.
Continuará...
Texto de jardinerodelasnubes agregado el 16-02-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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