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Elena de los cerros de Poniente: Desarrollo(8)
Elena no sabía precisar los sentimientos que se le formaban a la vista de la envoltura mortal del que había sido su amante. Sólo tenía la certidumbre de que un gran desasosiego cundía por toda su alma. Acaso se arrepintiera del crimen perpetrado, acaso el amor que sintiera por el sargento Calafat no se hubiera disipado por completo en su corazón; lo cierto y verdad es que después de un largo rato de contemplar de hito en hito el cuerpo del interfecto, albergó en su mente la clara certeza de que si en su mano hubiera tenido la facultad de volver el tiempo atrás, no habría dado orden tan espantosa a sus perros mastines.
Ahora debía pensar en su propia defensa y seguridad. Era presumible que allá abajo, en Aldea de Ascaso, no acogerían de buen grado la muerte de la máxima autoridad militar. Tenía que huir lejos, y llevarse consigo a su rebaño. Y tenía que hacerlo rápidamente: mientras pensaba, estaba perdiendo un tiempo precioso.
Se aprovisionó de cuanto pudiera precisar para subsistir en las soledades de los montes, y, a pasos largos y apresurados, se encaminaron ella y su rebaño a la sierra que se columbraba al Poniente.
Mientras todo esto sucedía, en Aldea de Ascaso se echó a faltar la presencia del sargento Calafat, conforme a las previsiones de Elena. Y fue por tal motivo que el cabo, encargado de los milicianos en ausencia de aquél, mandó a tres de éstos para que fueran en su busca. Huelga referir la agitación a que los hombres se vieron sometidos ante la vista del cadáver del que había sido su jefe, que estaba tendido boca arriba sobre unas matas de labiérnago, manchadas con su propia sangre. Como no era cosa de trasladarlo al pueblo a través de tan escarpado y dificultoso camino, los tres milicianos decidieron de consuno darle sepultura allí mismo, a no mucho espacio del aprisco. Luego emprendieron el regreso a Aldea de Ascaso, y una vez allí dieron parte del incidente, no necesitando más el resto de los milicianos y los propios cabecillas republicanos para montar en cólera. Aquella misma noche una nutrida concurrencia, alumbrándose con todo género de teas y linternas, hicieron acto de aparición en el aprisco de Elena; y al ver que allí no estaba ella para poder tomar venganza en su persona, prendieron fuego a la edificación.
En un lugar de la sierra, Elena avistó a gran distancia la soflama de su casa consumida por las llamas; era como si una estrella reverberante hubiera descendido a la tierra, alumbrando los campos circundantes con una bella y peregrina tonalidad anaranjada. Se sintió muy triste al saber que el hogar que había sido de ella y de sus padres se iba reduciendo a cenizas. Entonces el instinto de conservación la impulsó a reanudar la marcha de inmediato; tenía que seguir huyendo, espoleada por la sensación de que las represalias de los republicanos aldeanos no habrían de parar en haberle incendiado la casa: a buen seguro partirían también en su busca para ajusticiarla sin miramientos.
Asustada por semejante perspectiva, azuzó a los mastines para que a su vez le metieran prisa al rebaño... En ello les iba la vida a todos.
El jardinero de las nubes.
Continuará...
Texto de jardinerodelasnubes agregado el 16-02-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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