Al término de dos días (con parte de sus noches) de caminar infatigablemente, llegaron a la vista de los pastos del Valle de Alcudia. Allí, en medio de aquellos despoblados, estarían a salvo, y, en el entretanto, la guerra podría terminar.
Hicieron unos días muy calurosos para esa época del año. El ganado se encontraba muy satisfecho, pastando a su antojo la jugosa hierba que traía aparejada la naciente primavera. Aquello era un desierto de verdura. Los insectos comenzaban a hacer de las suyas, y ya se veía a los reptiles asomar los hocicos. Elena tuvo la desgracia de ser mordida, en un descuido suyo, por una culebra que, al primer golpe de vista, ella no supo identificar si sería o no venenosa; sea como fuere, echó mano a un trozo de asta de ciervo que guardaba en su zurrón, y con el mismo se pinchó el lugar de la mordedura, a efectos de que sangrara abundantemente; Elena, al igual que todos los pastores de la región, creía a pies juntillas en las propiedades curativas del asta de ciervo en caso de mordedura de reptil (cosas de la medicina natural). Y, conforme a lo que esperaba, no murió (ni aun tan siquiera se puso enferma) por el mordisco de la bicha.
Por lo demás, su estancia en el Valle de Alcudia no se vio turbada por ningún otro acontecimiento desagradable. La primavera alcanzó su plenitud; las encinas y los pastos se cubrieron de flores de vistosos colores. De vez en cuando caía algún aguacero; pero enseguida salía el sol, y sus reflejos cabrilleaban jovialmente sobre las manchas de lluvia.
Elena se había construido una especie de chozo con ramas de encina, donde se resguardaba de las inclemencias temporales. Apenas si dormía por las noches; no hacía más que pensar en su Ramóncito... y también en el sargento Calafat. Nunca los volvería a ver, y esta certeza la desazonaba bastante. Cuantos más días pasaban, más se arrepentía de haber hecho matar al que fuera su amante; por muy sinvergüenza que éste hubiera sido, no se merecía el final espantoso que tuvo.
Ya debía de andar cerca el verano (Elena había perdido la cuenta de los días), cuando por aquel paraje del Valle de Alcudia hizo su aparición otro rebaño de ovejas. Elena se puso sobre ascuas. En cuanto vio al pastor que conducía el rebaño (un viejecito que no podía hacerle daño ni a una mosca), le fue a los alcances y le preguntó:
–¿Se ha terminado la guerra?
–Gracias a Dios que así ha sido, hija mía –respondió el pastor, persignándose con devoción–. Desde el día primero de abril cesaron las hostilidades.
–¿Puedo volver entonces a mi casa?
–Puedes volver... Ya no hay peligro... ¿Has estado sola aquí todo el tiempo?
–Más de lo que yo hubiera deseado.
Y así fue cómo Elena regresó a su viejo hogar, a su mundo de siempre, por no decir a las cenizas de lo que había quedado. Su entrada en Aldea del Rey, que ya no de Ascaso, fue motivo de incontenible asombro para gran parte de la población; ella fue en busca de quien la ayudara a levantar otra vez el aprisco. Nadie la acusó de asesinato, máxime cuando en el nuevo régimen no se tenían en consideración los crímenes cometidos durante la guerra contra los representantes de la República; es más: si las nuevas autoridades hubieran estado al tanto de su crimen contra un sargento de la República, Elena no hubiera podido caminar por el peso de las medallas y condecoraciones que se le habrían concedido.
Ella logró lo que le importaba: que su aprisco volviera a ser el de antes. Y a partir de ese momento se hermanó con la soledad de aquellos parajes. Bajaba muy de tarde en tarde al pueblo, ora para comprar artículos de primera necesidad, ora cuando caía enferma y sus remedios naturales no lograban hacerle recobrar la salud.
Elena siempre estaba sola, rodeada de su rebaño y de sus fieles perros. Sus pensamientos no se aportaban del hijo que de haber vivido estaría creciendo a su lado, bajo el hermoso sol de los montes... Así sería su vida, por muchos años que pasaran.
El jardinero de las nubes.
Continuará... |