En la cima de la colina del pensamiento, dos ejércitos libran ancestrales batallas.
Al amanecer murallas y yelmos resuenan de pavor y espanto. Luego serán silencio en el crepúsculo pacificador, en la sucesión de los días.
Esta guerra ha sido y será en bastas eternidades. Ambos frentes poseen la esperanza de renacer vencedores, sin saber que su fatídica lucha es el imborrable castigo que el dios atestado de ironía les ha impuesto infinitamente.
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