LA REVELACION
Nerea, prometida de Aristemo, abandonó a éste pocos días antes de la fecha fijada para la boda. La mujer se enamoró de un partiquino de la comedia, quien se la llevó con él a trashumar distancias.
Aristemo, luego de jurarse venganza, partió en procura del mundo. En busca de fortuna, navegó mares indómitos y recorrió tierras inexploradas.
Los dioses lo favorecieron y Aristemo, años más tarde, volvió a su pueblo ostentando una sólida riqueza.
Llegó a la antigua casa donde viviera la traidora.
A su llamado, salió a recibirlo una Nerea miserable, demacrada, dramáticamente envejecida por el maltrato sufrido.
Aristemo, que siempre había previsto que nada bueno obtendría la mujer junto a aquel cómico de la legua, dejó escapar una expresión de placer.
Podrías haber sido —le dijo— una respetable señora, de haberte quedado a mi lado. Hoy, en cambio, eres una sombra de lo que fuiste. Elegiste una vida que resultó horrorosa, junto a quien no te merecía. Esta es mi venganza: verte así. Y lo gozo. En el pecado hallaste la penitencia.
Si disfrutas mi decadencia —repuso Nerea—, haces evidente la pobreza de tu alma. Al fin, de los dos, eres quien en peor situación se encuentra.
— ¿Cómo es eso?— dijo Aristemo conteniendo la risa— Soy rico, y joven aún. ¡Y tú, mírate, tan sólo!
— Es cierto: Mi belleza se ha deshilachado, vivo sola y en la pobreza.
Y agregó con una mueca que pretendía ser una sonrisa:
—Pero soy libre. ¡Libre! En cambio tú, ¡y que lo sepas!,…aún me amas.
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