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«ALGO SE HABÍA ROTO»

GUILLERMO SOUBELET

«Como se sabe, las mujeres jamás respetan a los hombres que se enamoran incondicionalmente de ellas»

«Todo comenzó cuando la mujer que Guillermo amaba lo abandonó sin darle explicaciones. Cuando una mujer dice «Mi hombre no me comprende», pensó Guillermo, lo que en realidad nos está diciendo es «Le voy a poner los cuernos con otro».
Y si bien a simple vista daba la sensación de que estábamos frente al mismo Guillermo de siempre, algo se había roto dentro de él. Ya no hablaba. Miraba como si pudiera ver a través de las personas. Daba interminables caminatas. Lloraba a solas. Se olvidaba de comer. O no se olvidaba, pero igual no comía. Otras veces se sentaba en el sillón del jardín durante horas, con la mirada fija en el pasado, y, mientras acariciaba mecánicamente a su viejo perro, así quedaban los dos, en dolorido silencio. Muchas veces caía la noche y él no se daba cuenta.
Finalmente, cuando empezaba a caer el primer rocío nocturno, su perro lo tomaba dulcemente de la manga y lo trasladaba hasta el interior de la casa. Guillermo simplemente se dejaba llevar. Una vez dentro, le daba la comida al perro y se sentaba a mirar por la ventana.
De nada lo consolaba saber que cada ser que hiere voluntariamente a otro no hace más que vengar una herida anterior recibida en su propio cuerpo por parte de un tercero. Digamos que este nuevo Guillermo, aunque seguía usando los mismos huesos y la misma piel, no se parecía en nada al de antes. El antiguo y el nuevo Guillermo eran tan parecidos como un jeep se puede parecer a un BMW: ambos son vehículos impulsados por nafta con cuatro neumáticos y un volante… pero no se parecen en más nada.
Cuando los hombres como Guillermo se marchitan no resultan una vista agradable. Como un pescado muerto abandonado en la playa. Era como un robot con su interruptor trabado en la opción DEJARME MORIR. Naturalmente, no tardó tiempo en estar en las lenguas de la gente. No es que advirtieran hábitos reprochables en su conducta, pero con los vecinos es lo que pasa.
Cayó __ porque lo llevaron y él se dejó llevar mansamente, como ausente, como un ciego __ en manos de los médicos, que son los cocineros de la Muerte. Pero Guillermo no estaba interesado en lo que un médico pudiera hacer por él. Bien sabía que muchos son los caminos por los cuales se huye de la Muerte, pero la Muerte siempre conoce un nuevo atajo. Nuestra verdadera tumba, pensaba Guillermo, no está en un pozo en la tierra sino en el corazón de la persona que amamos y ya no nos ama. Mientras el médico le hacía preguntas, la mente de Guillermo pensaba en el gato del vecino frente a su casa. A veces es rara la vida, pensaba, sentado en el consultorio del médico y sin prestar atención a las preguntas que el galeno le formulaba. Por ejemplo __ pensaba __ el señor de enfrente de casa. Hoy llegó, acarició a su gato que lo esperaba en el escalón de la puerta de la casa y luego ambos entraron. Un rato antes el gato habrá tenido ganas de salir a pasear y salió. Vaya uno a saber adónde estuvo metido y qué cosas hizo. Para eso es gato. Y al volver se encontró con la puerta cerrada. Sin embargo, muy tranquilo, se sentó a esperar a su patrón. El gato tiene al hombre… pero al hombre: ¿A quién tiene? ¿Quién le abre las puertas?

Guillermo era el sastre del pueblito donde vivía. Era feliz. Confeccionaba trajes a medida. Y como aquél era un pueblito pequeño, él era el único sastre. De manera que todos los trajes se los encargaban a él. Todos los hombres del lugar vestían los trajes de Guillermo. Y sus trajes eran de lo mejor, que él tomaba aquello como algo personal. Como el pueblo era tan pequeño, del mismo modo que Guillermo era el único sastre, había un solo almacén, una sola iglesia, una sola farmacia y un solo pub (al que solían asistir muchas mujeres honradas, de esas que fingen no serlo) donde en otras épocas más felices él solía ser el alma de la fiesta.
Sin embargo, por la época en la que le pasó lo que le pasó, Guillermo perdió el entusiasmo por el trabajo que amaba y por las reuniones con los amigos. Iba todas las mañanas al taller, pero se quedaba en silencio mirando por la ventana. O se ensimismaba, haciendo trazos sin sentido sobre el papel de los moldes.

Y entonces sucedió algo muy extraño.
Los trajes que Guillermo cortaba __ utilizando los mismos moldes y los mismos géneros de siempre __ con el correr del tiempo se volvían como llovidos. Perdían la gracia y la elegancia. Se caían de hombros. Se arrugaban. «Se entristecían». Parecían a punto de deshacerse, a pesar de que sus costuras se mantenían tan firmes como cuando estaban recién terminados.
Pero eso fue solo el comienzo. Entonces pasó que todos los que vestían los trajes cortados por Guillermo caían en profundas melancolías sin motivo aparente. El ánimo se les deprimía porque sí, y dejaban de hablar, de reír, de hacer proyectos románticos, de tener sueños, de creer en el amor y de hallar el menor placer en la vida. Todos sufrían de insomnio. Dejaban que los relojes se pararan, no levantaban las persianas de sus casas, no regaban las plantas ni cortaban el pasto, no lavaban los platos sucios de la pileta de la cocina, no encendían las luces ni las radios ni los televisores.
Pasaba también que en medio del bullicio de la más alegre de las reuniones se veían de pronto impulsados por incontrolables ataques de llanto.
Todos se olvidaban de comer, se sentaban a mirar por la ventana con la mirada perdida, daban interminables caminatas y todos, a solas, lloraban amargamente. Es más, el farmacéutico Don Oviedo, aprovechando un viaje de su mujer, visitó a una puta de su amistad para pasar un rato de agradable esparcimiento; pero nada más entrar al dormitorio se abrazó a la muchacha a llorar desconsoladamente sobre su pecho. Por supuesto, llevaba ropa cocida por Guillermo.
Al primer suicidio le siguieron los otros. Que fueron muchos. Los que tenían menos presencia de ánimo sencillamente se limitaban a dejarse morir. Todos mirando por las ventanas en silencio. Esperando La Muerte con expresión de sonámbulos, con expresión de infradotados, con expresión, en fin, de deportistas.
Muchos ni se levantaban de la cama ni se bañaban ni afeitaban. Sencillamente esperaban para morirse. Nadie, ni el propio Guillermo, relacionó a los trajes mágicos con lo que estaba sucediendo. En realidad, ni siquiera se daban cuenta que estuviera sucediendo algo. Sencillamente levantaban los hombros con resignación ante lo que se habían convertido sus vidas.

Las mujeres del pueblo, por su parte, eran inmunes a lo que les pasaba a sus maridos y hermanos y cuñados y vecinos (Guillermo solo confeccionaba trajes con chaleco para caballeros). Pero sus vidas eran, si se quiere, aún peores que las de los varones. Mirar lo que quedaba de los hombres de quienes se habían enamorado tiempo atrás les hería el corazón en algún profundo lugar que nunca hasta entonces había sido herido.
No comprendían lo que les pasaba a los hombres del pueblo, pues ellas no habían caído en ninguna melancolía. Y ellas sí necesitaban hablar y reírse. Necesitaban hacer proyectos románticos, tener sueños y creer en el amor. Necesitaban, sobre todo, ser felices. Necesitaban proyectar vidas maravillosas con hombres amantes que las hicieran reír y gozar y sentir que ser mujer era algo maravilloso. Y esas mujeres estaban volviéndose locas recluidas en aquél lugar. En aquella especie de cementerio viviente. Aquellos hombres eran incapaces de ofrecerles lo que ellas necesitaban.
Y un día, claro, tomaron el tren y se fueron.
Y lo paradójico de la situación era que había sido precisamente una mujer la causante de esta tragedia. Una mujer que no necesitaba hablar ni reírse. Tampoco necesitaba concebir proyectos románticos, ni tener sueños ni creer en el amor. Aquella mujer no necesitaba tampoco proyectar una vida maravillosa junto a su hombre amante que la hiciera reír y gozar y sentir que ser mujer era algo maravilloso. No. Ella vivía muy tranquila sin todo eso. Sostenía que el verdadero amor era una cosa nefasta, por ser una actividad improductiva. Aseguraba, además, que los enamorados son pésimos comerciantes; más atentos al recuerdo de unos ojos pardos, a una melena enrulada o a la locura de una noche de amor que a la correcta realización de una nota de débito.
Y entonces todas las mujeres tomaron aquél tren y se fueron. Y todos aquellos hombres se fueron dejando morir. Hasta que llegó un día en que ya no quedó nadie.

Hay para cada hombre una mujer. Una sola. Esa y ninguna otra. Que reúne todas las virtudes que ese hombre sueña y necesita para ser feliz. Su belleza es la exacta para deslumbrar a ese hombre. Su voz y su risa han sido creadas para seducirlo. Su feminidad para hacerle brotar las locuras más amables y románticas. Su ternura y su pasión, para hacerle dulce y soportable el diario sufrimiento. Esa mujer existe y camina por las calles. Pero el Destino ha decidido que nunca jamás se crucen los caminos de ningún hombre con los de la mujer para quien fue concebida.
Sin embargo… a veces el Destino se conmueve de algún hombre desesperadamente enamorado y, como algo excepcional, permite que ese hombre conozca a la mujer que es «la mujer». Que es esa y ninguna otra. Y permite que este hombre se brinde a ella y le declare su amor y le entregue su corazón y su vida toda.
Entonces, claro… sucederá que ella lo abandonará sin culpas.

Como se sabe, las mujeres jamás respetan a los hombres que se enamoran incondicionalmente de ellas»

Texto agregado el 19-02-2008, y leído por 132 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
2008-03-18 00:51:34 Maestro la_lluvia
2008-03-15 17:04:28 OJALA SOLO SEA UN CUENTO Y NO TE HAYA PASADO A VOS GUILLE QUERIDO .5***** carinaidea lista
2008-03-12 04:22:14 es bellisimo gui, realmente me impresionaste....me encanto el modo en que manejaste este cuento para que no sea un chorro de frases melosas que se terminan pegoteando tanto entre si que se confunden. realmente muy bueno..... MarMaga
2008-02-22 09:00:01 me encantó porque me encantan todo lo que tenga que ver con el amor y sus formas, y este es -de lejos- lo mas alusivo al amor verdadero que te leí. muy emocionante... lom asoscurodeminegroyo
2008-02-21 18:35:55 Muy bonito relato y excelente manejo de emociones. El relato nos lleva por algunos rincones de los sentimientos. Tus frases son geniales y ayudan a lo que te acabo de decir. Mi favorita: “Otras veces se sentaba en el sillón del jardín durante horas, con la mirada fija en el pasado”. ¡El final es sensacional! (Esto me causó mucha risa; y es lo peor que nos pueden hacer: ponernos Luis Miguel a todo volumen. Jejeje!!). Buen texto de amena lectura. raul_lsz
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