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Inicio / Cuenteros Locales / gheno / Cuento para dormir bien

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Cuento para dormir Bien…




En realidad, éramos muy obedientes.
¿Cuántas veces nuestras respectivas mamás nos habían dicho que no podíamos estar fuera de la casa después de la media noche?
Y hasta esa vez, habíamos obedecido.
Todo fue por culpa de “Don pedo Sánchez”. Todos los días llegaba con su cara rojiza y su aliento de dragón a contarnos la historia del por que ya no regresaba a su casa después de que dieran las once de la noche.
Dice que un día que venía dando más tumbos que los acostumbrados, llegó a la puerta de su casa que se encontraba justo enfrente de un riachuelo que lo habían entubado formando un gran túnel que recorría por debajo de la mayoría de las calles del fraccionamiento; cuando una silueta blanca le llamó por su nombre. (Trataré de escribir tal cual como nos lo contó, aunque algunas cosas ya han sido empañadas por los años)
“… saqué mis llaves y no le atinaba a la mugre cerradura, la muy desgraciada se movía para todos lados, cuando oí mi nombre volteé pensando que era mi esposa que había salido a buscarme… ¡jajá jajá!.... ¡si como no!, pero creo que eso pensé. Y la vi ahí parada casi al borde del la calle, un paso más y se caía al río. Era una mujer vestida con una túnica blanca que parecía flotar sobre el pavimento. Como ya saben… yo venía hasta la madr… ¡perdón!... muy borracho y me acerqué para ver quien era. Me acerqué tanto que de buenas a primeras me tomó por el brazo y me jaló hacia ella. Yo traté de rehusarme pero era muy fuerte. Me jaló hasta casi sentir su aliento en mi cara y pude ver que ¡no tenía cara!... ¡en serio!... los dos hoyos donde se suponía deberían ir los ojos estaban más negros que el fondillo del diablo y su boca con una eterna sonrisa llena de dientes blancos que no se movieron nada a pesar que escuchaba su voz. Me dijo que si seguía tomando demasiado me iba a llevar para dentro del túnel y que nunca saldría. Después me soltó y caí de la calle hacia el río, bueno a las piedras del río. Me desperté como a las seis de la mañana con un brazo roto y súper crudo. Como pude, salí de ahí un tanto desorientado pero acordándome de todo. Ahora llego temprano, me sigo tomando mi “cañita” y a veces me levanto en la madrugada, me asomo a la ventana y la veo pasar flotando por la calle; desde mi casa hasta la esquina…
Una historia muy buena para nuestras tardes de plática sentados en el parquecito de siempre.
Creo que de mi no hubiera salido ninguna inquietud por corroborar la historia, pero de Gustavo si.
Una tarde en la que estábamos echados en la banqueta jugando con piedras al tiro al blanco con el poste de luz de la esquina, Gustavo me dijo que a él se le hacia una reverenda jalada de los pelos ese cuento. Que no creía nada de lo que “Don pedo” contaba; es más, que estaba tan etílico que lo soñó todo y se cayó al río por “guey”. “Igual y si” fue mi contestación. Creo que en esos momentos yo si le creía pero no quería entrar en controversias con Gustavo por que era mas necio que yo.
Pasó como una semana y un día en que escuchábamos a “poison” en su toca cintas; Gustavo me explicó su idea.
“vamos a ver si es cierto lo que dice el borrachín; ¿le entras?...
¡Y claro que entré! Si no, me exponía a ser la burla de la cuadra durante mucho tiempo. Así que lo planeamos para la noche siguiente.

Yo estaba muy nervioso. No por el hecho de ver un fantasma flotar por la calle, sino por haber robado del estudio de mi Papá, las llaves de la de la casa y las de su auto. Eso era de verdad, meterse en problemas. Ni “don pedo” ni la mujer de blanco me iban a salvar si se enteraba. Pero en fin; de todos modos lo hice.
–Venga pues el regaño, el castigo o lo que fuera con tal de demostrar que tan duros éramos.
Salí por la puerta de la cocina y tuve que rodear la casa hasta la cochera. La noche era un tanto cálida, sin luna pero muy estrellada. Cuando llegué al auto, Gustavo ya estaba ahí impaciente; se había saltado la alambrada que dividía las dos propiedades y me miraba con sus ojos como linternas.
Le hice señas de que no se moviera y con mucho cuidado metí la llave en la cerradura del auto. ¡Clic! Mi corazón rebotó por todo mi tórax como una pelota de baloncesto. Me introduje en el asiento del copiloto ya que mi papá siempre estacionaba el coche en reversa dentro de la cochera. Me pasé hacia el lado del conductor y con las manos le dije que entrara. Él cerró la portezuela despacio, ¡Clic!... ¡Yo creo que si sonaba otro de esos me iba a dar un infarto!…
Pasamos ahí dentro cerca de veinte minutos sin que nada sucediera. Solo el velador nos había arrancado un brinco cuando hizo sonar su silbato y nos escondimos debajo del tablero. ¡Ese velador balín con todo y su tonfa valían para dos cosas!...
Nos sentíamos un tanto estúpidos y a la vez temerarios; no nos gustaba el alcohol, ¿que nos podría hacer la supuesta mujer si se dedicaba a enderezar caminos?… En fin, un rato más sería suficiente.
Me imagino que ya cerca de la una de la mañana moríamos de sueño. Los ojos parecían tener un imán que los atraía hacia el lagrimal y los parpados tan pesados como un camión cargado con grava. Gustavo me dijo que ya se iba; que no veríamos nada puesto que la historia era pura mentira. Debo confesar que mi decepción fue grande pero también dije lo mismo.
Gustavo salió del auto y luego yo. Nos despedimos con una chocada de mano, después lo vi saltar la alambrada que daba a su patio delantero. Yo me quedé unos momentos más mirando hacia el fondo de la calle que subía y se perdía en un horizonte de casas oscuras esperando ver si se le ocurría aparecer y entonces salir corriendo a dos posibles lugares: a avisarle a Gustavo que estaba ahí o a mi cuarto y taparme con el cobertor hasta la cabeza.
Di media vuelta y me encaminé de nueva cuenta hacia la entrada lateral cuando escuché a Gustavo correr y chocar contra la valla de alambre. Me acerqué, la brincó de un solo movimiento; cayó de bruces, se levantó como si el piso fuera una lona con resortes. Me dijo que acababa de ver algo dar la vuelta por el pasillo lateral de su casa hacia el patio trasero…
Lo que sigue lo pondré como mi memoria lo recuerda:…
“__ ¿Qué pasó? Wey__
__ ¡la vi!__
__ ¡no mames!__
__ ¡neta, no es mentira!__
Los ojos le parecían palpitar en sus cuencas.
__ ¡esta en la parte de atrás de mi casa!__ dijo en un susurro entrecortado.
__ ¡cabrón!, ¿Qué hacemos?__ mi corazón ya latía acelerado.
__ ¡no se!__
Nos sentamos en silencio sobre la defensa del auto tratando de escuchar algo. Nada, solo los sonidos de la madrugada.
__ Mi recamara tiene una ventana que da hacia atrás__ me dijo serio.
__ ¿Quieres verla?, ¡estas bien pinche loco!__ le reclamé casi al instante.
__ ¿Qué puede pasar?, vamos a estar dentro de la casa, además, vamos a voltearnos las camisas al revés para que no se acerque__
__ ¡eso es para los duendes, baboso!__ le recriminé.
__ Da igual. ¿Vas? ¿O que?__ era la terrible pregunta formulada con un trasfondo que quería decir “maricon”.
No diré que acepté de inmediato. La verdad estaba cagado de miedo. AL final asentí con la cabeza. ¿Que no era esa la idea original? ¿Ver a escondidas a la famosa mujer de blanco? ¡Que mas daba!... así que saltamos la valla, corrimos un poco encorvados hasta llegar a la puerta principal que estaba sin cerrojo. Nuestras sombras nos siguieron pegadas a nuestros pies un tanto inclinadas hacia la izquierda.
Entramos a la sala; oscura, silenciosa. El reflejo de un farol que estaba en el jardín delantero, nos miró con su luz amarillenta. Llegamos hasta la puerta de su recamara; a su lado derecho estaba el dormitorio de sus padres seguido por el de su hermana. Abrimos con sumo cuidado y entramos al cuarto. Era una recamara chica algo desordenada pero con una gran ventana del lado derecho de la pared que colindaba con el patio trasero. El último obstáculo era una cortina gruesa. Nos miramos esperando que alguno de los dos se atreviera a asomarse. Escuchamos un ruido; brincamos al mismo tiempo hacia el lado donde estaba la cama de su hermano que dormía fusionado con las sábanas. El muy cabrón había soltado un gas bastante sonoro que retumbó como si hubieran tratado de sacarle una nota a una tuba sin nada de éxito. Hice un ademán con la mano moviéndola como abanico cerca de la nariz y frunciendo el ceño. Gustavo sonrió y yo ahogue mi risa.
Después, nos volvimos a concentrar en la cortina y el misterio que tapaba con férrea determinación. Gustavo se pasó hacia el lado derecho, yo hacia el izquierdo y a la cuenta de tres la recorrimos un poco, solo lo necesario para espiar lo que fuera que estuviera detrás.
Lo primero que vi fue la barda de block que delimitaba el terreno, el piso de cemento, una jardinera descuidada llena de arbustos sin cortar y un pedazo de cielo estrellado que le servía de fondo a algunas enredaderas que asomaban con timidez sus hojas por encima del la barda. Fue entonces cuando apareció.
Una silueta borrosa flotaba por encima del suelo avanzando con lentitud dejando una estela vaporosa. Mi primer impulso fue cerrar la cortina pero no pude, mi mano parecía haberse independizado de mi cerebro y no se movió ni un ápice. La observé desplazarse hasta quedar de perfil en medio de la ventana; su ropa era de un blanco sucio y le cubría todo el cuerpo hasta la cabeza como las túnicas de los monjes. De pronto, se detuvo. Giró hacia nosotros quedando de frente. No lograba verle la cara y en alguna zona de mi cabeza escuché un ¡gracias a Dios! Levantó los brazos hacia su cabeza, tomó por las orillas la capucha y la aventó hacia atrás. De ese hueco oscuro emergió su rostro; dos cuencas vacías me miraron sin expresión. Luego, llevó sus manos a lo que sería su boca, metió unos dedos descarnados entre sus dientes y jaló hacia abajo. Su maxilar inferior se estiró hasta llegarle al vientre mientras su lengua se retorcía como serpiente. Después, un alarido estentóreo resquebrajo la madrugada como un rayo y fue todo lo que logramos aguantar”.

La mañana nos sorprendió enrollados en el cobertor al igual que mis padres que tenían varias horas buscándome. Con un “en la casa hablamos” salí del cuarto de Gustavo sabiendo que la magnitud del castigo sería tremenda.
Aparte de todo, dejamos el auto abierto y algún desgraciado le robo el stereo que tanto presumía mi padre con sus tangos de “Gardel”.
¡Pinche velador balín!
Un mes sin salir, televisión del cuarto clausurada y cortar toda la hierva del patio trasero de mi casa para pagar el stereo (lo cual terminé en dos meses porque era enorme) fue el premio que recibí por el temerario acto.
Ahora me pregunto si lo que vimos esa madrugada fue producto de nuestra febril imaginación jugándonos una gran broma. Recuerdo ese día con nostalgia y procuro dormirme temprano… ¡ah! Y también, mis cortinas siempre están cerradas. Por si las moscas…

Texto agregado el 20-02-2008, y leído por 140 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2008-02-29 02:08:23 Narras de una manera escepcional. uleiru
2008-02-22 06:19:11 A cuentos como el que aquí presentas, les viene "guanga" la pureza del lenguaje. Creo que el estilo coloquial que tú usas le da realismo y, por lo tanto, credibilidad a la anécdota. Si en lugar de ese lenguaje que puede asustar a los puristas del idioma, usas expresiones pulcras y vocablos finos, el cuento se vuelve acartonado y poco creible, por lo tanto aburrido. Otra cualidad tuya es una rica imaginación y eso vale mucho. Puede que haya por ahí algunos detalles mínimos a corregir, pero, en general, me gusta. Te apoyo con mis 5* Sigue escribiendo, seguiré visitando tu espacio. aprendi zdecuentero
2008-02-21 21:08:36 Te cuento que siempre he sido escéptico respecto de fantasmas y por el estilo, simplemente porque no creía que existiera otra vida. Me han sucedido cosas que me llevan a pensar que sí existen porque alguien a quien le tengo plena confianza lo ha visto detrás de mí (es un fantasmita amistoso). /// Tu texto me trajo el recuerdo de eso... gracias. logan5
2008-02-20 23:34:36 Don pedo Sánchez:qué finura, qué elegancia!y que decir de la precisión del título: zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz marxtuein
 
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