Tenías apenas dieciocho años, todavía una chiquilla, pero yo te encasillé desde un comienzo en el para mí, aún lejano e inquietante mundo de los 'adultos'. Desde mis 14 te veía como 'ellos'... primero, porque venías a reunirte con tu esposo, que yo consideraba casi como un 'viejo', ¡que absurdo me parece hoy!, si tenía la edad que hoy tiene mi hijo mayor, que para mí es todavía un niño... Además, en poco tiempo te convertiste en la mejor amiga de mi mamá, y eso terminó por confirmar mi primera impresión, quedaste clasificada definitivamente en un mundo con el que yo no tenía nada que ver.
Recuerdo que tocabas la guitarra y cantabas canciones en francés, y estabas enamorada, sí, enamorada 'hasta las patas', eras muy hermosa, tu mirada era brillante y límpida. Y ahora, que volví a verte después de tantos años, he podido comprobar que tu mirada sigue siempre tan llena de luz, aunque no sea exactamente la misma, ahora tiene una profundidad que se ha ido acentuando con el tiempo, con la vida...
Y lo que tú no sabes, no puedes saberlo, porque tú no te ves desde fuera, - me parece que miras pasar el mundo casi sin advertir las miradas ajenas... - lo que no sabes es que esa mirada tuya me salvó, me ayudó a seguir creyendo en lo seres humanos. Tu mirada limpia, sin dobleces, fue un bálsamo para mi corazón herido, para mi psiquis en pana. También lo fue tu conversación, por supuesto, me hiciste reír, me ayudaste a relativizar las cosas, a ver más claro en la maraña de sentimientos contradictorios en la que me vi enredada...
Alguien dijo (creo que Elisabeth Kubler-Ross) que los seres humanos brillan en todo su esplendor a la luz del sol, pero que en medio de las tinieblas, sólo brillan aquellos que tienen una luz interior.
Gracias por tu luz.
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