Die Zauberflöte
“¿Para qué crear una obra de arte si soñarla es mucho más dulce?” – Pier Paolo Pasolini
Ayer soñé una ópera que confinaba mi vida en tres actos y que derramaba lágrimas de tristeza y risa. Pero hoy ya la he olvidado. Tan sólo se que vislumbré a través de la neblina una partitura esplendorosa que invocaba en coros su cuerpo flameante. He vuelto a dormir, pero ha desaparecido. El único vestigio que hallé, en medio de la penumbra, fue una melodía absurda. Yacía dispersa y totalmente enredada en su plica. Dispuse al azar las notas sobre el pavimento. Me alejé unos cuantos metros y la silbé. Me volvió a parecer irracional. Alteré su ritmo incesantemente, pero no hubo caso. Entonces se me ocurrió que quizás pudieran necesitar reubicarlas. Estaba apunto de tomar a un Sol bemol cuando desperté.
El despertador se sacudía violentamente sobre el velador. Lo detuve rápidamente. Volví a hundir mi cabello hirsuto sobre la almohada. Cerré los ojos y aguardé un instante. Pero cuando los abrí aún estaba en mi dormitorio, sentía mi cuerpo aletargado sobre el catre y al frío inmiscuirse a través de las hendiduras de la pared. Observé con tedio a las ovejas saltar sobre el cerco, mientras lentamente desde sus cuerpos iba desglosándose algodón que daba vida a un cielo subterráneo. Entonces supe que estaba dormido.
Corrí en busca de la melodía. Tramontando tercamente finalmente di con ella. Pero algo andaba mal. El oval de Sol bemol comenzaba a descoserse de la plica que le rogaba lastimosamente que no lo abandonara. Cuando traté de sofocar sus intentos se deshizo en mi mano, y como las cenizas del hombre se esfumó en el viento. Repetí obstinadamente “Sol bemol” en mi cabeza para no olvidarlo; sin embargo, cuando estaba apunto de aprehender a un Fa me di cuenta que toda la melodía comenzaba a perecer, y que era cuestión de segundos para que se uniera a mi vasto séquito de anhelos. En mis bolsillos no hallé papel, a mi alrededor las montañas que había cruzado ya no eran más que tonalidades inmaculadas. Todo mi entorno parecía ahogado por la sangre del ave fénix, quien cada cierto tiempo fallece para luego volver a nacer; procurando quizás evadir responsabilidades o hacerse más útil.
Cuando volví la mirada la melodía había desaparecido junto con el pavimento. Me senté ensimismado sobre un piso sin dibujar ni colorear. Quizás estaba cayendo vertiginosamente, pero no había manera de establecer analogías con el espacio blanco. De pronto sentí una explosión a lo lejano y lentos zumbidos que se iban concertando, agua chapoteando, peces revoloteando, plantas emergiendo de la tierra, árboles meciéndose y montañas acomodándose. Derrotado decidí que lo mejor sería despertar para ir al trabajo. Estaba apunto de marcharme cuando el viento joven habló:
“La rendición de los hombres es su pérfida agonía”
A pesar de que me sentí ofendido no supe que ni a quien responder. Proseguí mi marcha cuando desde un horizonte invisible una figura brumosa se apareció. Era un anciano recio de barbas frondosas. No tenía cuerpo, tan sólo su semblante gravitando sobre vapor. Le dije que me marchaba, que no tenía nada más que hacer aquí. Me sopló el rostro y volvió a dirigirme sus palabras evanescentes:
“La conjetura del hombre es su fiel angustia”
No estaba para sermones. Pasaba junto a su cuerpo etéreo cuando me detuvo una ráfaga tan rígida como una piedra. Me miraba seriamente. Sus ojos permanecían inquietos, mientras un cuidado mostacho agudizaba su expresión. Parecía discutir interinamente y sofocarse desesperado ante la falta de soluciones, cuando sopló hacia una pradera. Me invitó con la mirada a acercarme al objeto que se configuraba donde su esencia había ido. En un principio lo miré con escepticismo, pero a medida que me acercaba vislumbré a través de la bruma una cantidad inestimable de diminutos duendes que cosían las puertas de un extraño automóvil. Pero cuando las hélices figuraron reverberando una luz solar manceba en mis ojos, todo me pareció tener sentido. El anciano había desaparecido. Lo busqué a través de los alrededores, quizás remojándose en un río, pero no estaba en un lugar, sino en todos, lo cual lo hacía más difícil de hallar.
Me subí en el asiento de copiloto aguardando alguna instrucción divina. Pero nada sucedía. Temblaba ante la sola idea de manejar un aparato tan ruidoso, pero luego de que sentía que perdía el tiempo no hallé más que hacer. Me trasladé al asiento de piloto con suprema desconfianza. De manera inexplicable el helicóptero comenzó a despegar del suelo que se desfiguraba. Mis manos movían palancas y presionaban botones, mientras trataba de convencerme que yo sabía todo aquello, y que no se trataba de algún azar favorable.
Atravesé un cordón de montañas hilvanadas como versos sobre la tierra. Desde lo alto del cielo alcancé a observar a un sherpa cargando una bolsa desde la cual un Do se asomaba. Comencé a descender, perturbando el paisaje y las flores con el bramar de la nave. Apenas me vio emprendió un escape desesperado. Iba a ir a su encuentro cuando creí que mejor sería alcanzarlo en desde los aires. Sorprendido contemplé un ejército de diminutas hormigas comenzar a devorar el helicóptero. Paulatinamente sus cuerpos ácidos comenzaron a inflarse con el aire digerido, y así su tamaño aumentó hasta cuadruplicar el mío. Boquiabierta y aterrorizado corrí de sus dientes afilados. Algunos árboles comenzaban a desaparecer de este mundo efímero, cuando vi al sherpa tendido en el suelo. La bolsa había caído unos metros más lejos. La tomé y me escondí detrás de unos pastizales. Entonces llegaron las hormigas. Asomé tímidamente la vista, y contemplé como uno de esos monstruos se lo devoraba y lo trituraba con sus dientes. Entonces una nota habló desde la bolsa. Las hormigas se alertaron y yo hundí mi cabeza en rezos patéticos mientras acallaba la voz de la melodía. De manera fugaz una hormiga me abordó por la espalda y me aprisionó con sus cuatros patas. Comenzó a acercar su boca para inyectarme el letal ácido cuando un arco de violín atravesó su cabeza. Reconocí una precisión que sólo podía ser atribuida a un hombre. Las hormigas se alarmaron y comenzaron a levantar polvo. Desde lo alto de una montaña un hombre de mirada adusta y cuerpo fornido hacía señas. Un vasto séquito de hormigas fue a su encuentro; pero mientras yo aplaudía a Stradivarius una fuerza letal me golpeó por la espalda.
Entreabrí los ojos, pero indeliberadamente los volví a cerrar. Una fulgorosa luz que provenía de los cielos me cegaba. Su llama ardía sobre mi vientre desnudo. Aún estaba con las hormigas. Era su prisionero. Afortunadamente aún no se habían percatado que estaba despierto. Estaba sobre la porosa joroba de uno que no se inmutaba en sacudirme vehementemente a medida que cruzaba el pedregoso sendero. Algo hablaba con una compañera, pero fui incapaz de comprenderlo. De pronto una de ellas se me acercó y notó que estaba consciente. A pesar de que su rostro prescindía de características que pudieran representar su ánimo, sentí que dentro de su cuerpo, entre al ácido, hervía de irascibilidad. Me dejaron caer torpemente desde unos metros. Me golpeé la nuca fuertemente. Cuando volví a abrir los ojos me rodeaban unas cincos, cuyos cuerpos eran suficientes como para cubrir el camino de la luz. Sentí un frío que recorría todo mi cuerpo. Esperaba algún movimiento final, quizás una mordida letal, porqué detestaba el silencio perpetuo e infructuoso. Finalmente, luego de que celebraran algo como un conciliábulo improvisado para decidirse que hacer conmigo, la hormiga que cargaba conmigo me tomó de la cintura con sus feroces dientes y me lanzó sobre su espalda cayendo con mi boca sobre su piel velluda. No había fuerzas para la repugnancia.
El camino era extremadamente largo y fastidioso. Había optado por cerrar los ojos y pensar en alguna otra cosa, mientras mi cuerpo saltaba y se agitaba, así como las ideas en mi cabeza. Súbitamente nos detuvimos. No podía creer lo que mis ojos veían. Mi piel se erizó, junto con mis esperanzas de salir vivo. Un enorme volcán ser erigía frente a mí, y en su regazo un imperio lóbrego y sórdido se enarbolaba. A unos cuantos metros un grupo hormigas silbaban en una frecuencia que laceraba mis tímpanos. Parecían ser los guardianes de los portones del imperio, se apostaban frente a todas sus fronteras, levantando muros de intolerancia y lamento. Quizás contra bandidos, o quizás contra los inmigrantes.
Un grupo de cinco hormigas me trasladó a través de otro sendero, no la avenida principal utilizada por todos los otros insectos que hacían el comercio. Llevábamos unas horas viajando cuando finalmente rodeamos por completo los muros del imperio. Nos encontrábamos detrás de la boca impetuosa del volcán. Entonces nos hallamos frente a un alerce incendiado que yacía entre los extremos de un vertiginoso río. Las cinco se recostaron sobre las hierbas y juntas evocaron un coro sin precedentes. No distinguía las voces bajas de las altas, ni tampoco sus tiempos de entrada, frecuentemente el sonido que despedían se transformaba en viento para mis oídos. De pronto el alerce comenzó a aletear rozando al río que trataba de arrastrarlo. Las cincos hormigas se alzaron con brío, cual si fuesen a invocar a algún espíritu. Súbitamente el tronco, como oval sin plica, comenzó a encogerse progresivamente hasta que cayó al río y se perdió de mi vista. Lentamente el ruido estruendoso de la marcha de la corriente, que arrastraba rocas memorables y ramas exiliadas, comenzó a cesar, convirtiéndose en un inocente riachuelo.
En ese momento las hormigas volvieron a cargarme con su misma torpeza. Se pararon sobre el riachuelo, y una de ellas dijo algo que creí entender.
“Hermanas, ahora siéntense sobre * * y liberen el peso”
Cuando entendí lo que significaba liberar el peso ya me encontraba descendiendo violentamente a través del riachuelo, que para mi tamaño era el río más violento con el que me había encontrado. Me lastimé el rostro con el chicotazo de una rama que se asomaba desde un árbol que crecía junto al afluente. Mientras me consolaba la herida con los dedos divisé a lo lejano el término del riachuelo, un paisaje que no se llenaba con nada. A medida que me acercaba trataba de pensar que quizás habría algo, que no sería una caída sino la entrada a otro lugar. Cuando me encontraba a unos metros comprendí que era una cascada infinita hacia el vacío. Traté de aferrarme de la hierba que creía aledañamente, pero esta se despedazaba y era arrastrada penosamente junto a mi destino. A unos centímetros invoqué lo que parecía ser un rezo, quizás un salmo que había aprendido en mi niñez, pero que por asuntos de práctica había creído olvidar.
Caí, caí, caí como un paracaidista desdichado incendiándose en la atmósfera. Cerré los ojos, pero no soporté la idea de no conocer el momento de mi muerte. Remotamente creí distinguir un lago, pero todo me parecía una traicionera ilusión. Volví a cerrar los ojos y luego de unos segundos caí en una poza poco profunda en la que sentí su fondo mohoso con mis pies descalzos. Me alerté y desesperadamente traté de llegar hasta arriba, pero una fuerza inefable me succionaba; luché infatigablemente contra sus garras incorpóreas, hasta que mi cuerpo cedió y en una sacudida me llevó hasta otro lugar indeterminado.
Abrí los ojos sin recordar nada. El calor era terrible. No sabía donde estaba ni que me había sucedido. Mi cuerpo yacía sobre un camastro de lo que advertí como metal. Sospeché que me encontraba en una celda. A través de la rendija que se encontraba en la parte alta de la puerta asomé la vista. No solo descubrí que me encontraba en una celda, sino que además había varias más que se disponían circularmente. De golpe recordé todo. Pensé que quizás estaba en los arrabales del imperio, aquel lado de la luna que no se ve. Un guardián saltó del otro lado y yo me caí del espanto. Habló en un lenguaje que esta vez comprendí por completo:
“¡Venid hermanos! ¡El reo ha despertado!”
A lo lejano un ruido estruendoso se produjo, como si un séquito de hormigas hubiese sido interrumpido en medio de su merienda. Sus pasos como bramidos se acercaban, en momentos se detenían quizás por una fuerza superior o por un embotellamiento. Pero de pronto las hormigas se apostaron en medio del oval y apartaron al guardián con desdén. Abrieron la puerta de metal oxidado y una de ellas me sacó mordiéndome de la camisa andrajosa que vestía. Entre todos me llevaron por senderos furtivos que se bifurcaban inextricablemente. A través de un cuadro de Escher me condujeron sobre sus lomos, divirtiéndose con mi cuerpo, lastimándome las piernas y cadera. No alcanzaba a divisar el techo de los pasillos, todo era oscuro y muy atochado. Sentía que era el plato de fondo de algún circo de fenómenos y que la gente estaba ansiosa por presenciar a su estrella. De pronto todas se callaron. Ninguna de ellas, ni la más traviesa, dijo una sola palabra. Yo me atemoricé al percatarme de que algo raro sucedía. Desde una habitación contigua una voz pedregosa habló:
“Traedlo aquí mis hijas”
Hubo un segundo de sosiego punzante, en donde barajé un sinnúmero de posibilidades, ninguna menos aterradora que la otra. Parecía que todas las hormigas compartían mi temor. Todo lo interrumpió una de ellas, presumiblemente la más frenética, que me cogió del lomo de su hermana apabilada. Me cargó febrilmente a través del bosque de hormigas. Se hacía paso rudamente, desconcertando a las otras que algo mefistofélico vislumbraban en su mirada. Llegamos hasta otro oval recostado. La hormiga me lanzó sobre la tierra y luego se marchó. Había tres puertas. La del centro era imponente y refinada, en marco de oro quizás. Las dos otros estaban maltrechas y podridas. De una de ellas salió un guardián anciano que apenas podía caminar. No sé porqué su figura me evocó tanta piedad, al punto que quise darle una mano cuando tropezó. Pero me rechazó orgullosamente de un golpe certero en el abdomen. Abrió la puerta del centro y me condujo en sus brazos a través del lúgubre pasillo. Oía ligeramente el ruido de las aguas filtrarse a través de los muros, y a lo lejano un goteo al ritmo de un presto.
A medida que me llevaban no dejaba de sentir que se trataba del galope descarrilado de un caballo a través de peñascos en los cuales el sujeto esta obligado a descender. Sentía que no había alternativa. Así caí frente a una puerta final, más modesta que la anterior. El viejo se marchó. Yo me paré un poco aturdido. No sabía si abrir o si esta lo haría por si sola. De todas formas tendría que entrar, pensé. Aprehendí la manilla con suma desconfianza, comencé a girarla lentamente. Con la misma precaución pueril la desplacé ligeramente, hasta divisar entre el espacio creado una lanza resplandeciente. El sujeto que la sostenía se percató y abrió violentamente la puerta. Entonces creí oír el sonido de alas desplazándose. De manera fugaz algo me tomó del cuello. No era una hormiga, se trataba de una enorme avispa que no dejaba de enseñar vistosamente su aguijón. Estaba rumiándolo cuando observé la cosa más espantosa que había visto hasta entonces. Una hormiga que sextuplicaba el tamaño de sus hijas yacía recostada mientras enseñaba su barriga vellosa desde la cual infinitas crías parecían juguetear. Desde su boca una viscosidad repugnante descendía y parecía alimentar a sus hijas. Mi cuerpo estaba petrificado. No sabía que hacer ni a donde ir. Sentía que caía en el más profundo letargo. Mi mirada comenzó a desvanecer, añoraba caer muerto, pero tal cosa no sucedió. El sopor que sentía era causado por el humo que emanaba de una hierba que comenzaba a consumirse. Quizás se trataba de opio, pero al menos se encargaba de apaciguar mi creciente espanto y convertirlo en un tipo de angustia sentimental, de esas que son parte de la vida mundana.
Con un lábil ademán la mama hormiga hizo marchar a las cuatro avispas que la resguardaban. Pasaron junto a mí impetuosamente, chocando mi hombro con sus alas intermitentes. Entonces la que me sostenía del cuello me soltó abruptamente y di con mi cabeza en el suelo. Mientras me consolaba la mama hormiga habló.
“Marchad a jugar mis hijas”
De pronto un mar de diminutas crías de hormigas comenzaron a descender de todo el cuerpo de la madre formando un verdadero río torrencial. No dejaba de pensar en aquellos ríos amazónicos en los cuales las abundantes pirañas atacan por millares hasta dejar el cuerpo de sus presas totalmente inmaculado. Cuando pensé que se precipitarían sobre mí, me eludieron simétricamente y se perdieron en la tenebrosidad del pasillo. Ya nos encontrábamos solos. Nadie se atrevía a decir la primera palabra, yo por temor a interrumpir alguna posible meditación, y ella por el temor que le infundaba mi condición desconocida. Le pregunté que quería de mí. Pero antes de que respondiera el grito de un hombre comenzó a escucharse. La madre hormiga volteó ligeramente la vista y sonrió. No podía soportar el llanto del torturado. Le pedí que callaran al sujeto, pero en su lugar ordenó que lo trajesen. Enseguida una puerta furtiva se abrió y cinco hormigas notoriamente especiales, por su fuerza y fiereza, trajeron a un monstruo rojizo, casi como si toda su piel fuese un gran eccema. Tenía dos cachos que se asomaban de su enorme cabeza y una cola que revoloteaba en el suelo. Lo lanzaron frente a mis pies. Estaba totalmente lastimado, iba a darle mi ayuda, pero la madre hormiga habló:
“¡Dejadlo! Tienes suerte extranjero. Has llegado en el preciso momento. Presenciarás el exorcismo del demonio, donde extirparemos el bien que lo confunde de su naturaleza”
Me apretaba firmemente la mano. Cuando oí la palabra demonio lo solté y aprecié que mi palma se había irritado y me ardía incomprensiblemente. No entendía absolutamente nada.
“¡Apartaos!”
Gritó la madre hormiga. Vacilé unos segundos y luego me eché hacia atrás. Una hormiga demacrada entró, lucía como una especie de sacerdote, vestido con extrañas ropas y cargando una especie de báculo sagrado. En la parte alta, donde debía estar la voluta, había claramente un ocho tridimensional. Todo era completamente absurdo. Se acercó al demonio y puso el báculo contra la frente del demonio a pesar de que este se resistía ferozmente. Finalmente cedió ante la figura divina y cayó en una profunda somnolencia. El sacerdote se arremangó la ropa y dejó a la vista su brazo que paulatinamente se ensanchaba. A medida que el demonio volvía en si, su brazo revelaba un mapa de venas y poder. Entonces, entre gritos escandalosos, un rayo ofuscador se despidió del báculo estremeciendo al demonio, que agonizaba en el piso pedregoso.
Yo sentí piedad por aquel espectáculo cruel y sádico, en donde la madre hormiga no dejaba de enseñar su deleite. Les grité desesperadamente que se detuvieran. El sacerdote se perturbó y se marchó dejando su báculo en el suelo. Estaba realmente enfadado. La madre hormiga se indignó y volvió a hablar:
“¿Cómo osas dar órdenes en mi imperio? ¡Lacra! ¡Tu destino apresuraremos!”
Yo disimulé el terror que saltaba de mis venas y, con valentía, volví a hablarle. Le dije que quería la melodía que sus hijas me habían robado, y que luego me marcharía. Hubo un momento de silencio. Entonces se rió efusivamente. Al ver que yo no me reía ordenó que trajeran la melodía. Esta cayó dolorosamente entre ambos. Perecía cada segundo su virtuosidad que tanto me sorprendía. La madre hormiga volvió a pronunciarse:
“¡Venid hijas mías! ¡Se ha terminado el juego!”
Yo atendí concentradamente a sus palabras que volvieron a serme ininteligibles. De pronto sentí que mis espaldas un ruido de violines zigzagueantes se concertaba. Eran las crías. Se agruparon junto a su madre a esperar otra instrucción. Luego de balbucear algunos pensamientos finalmente me atreví y fui hasta donde la melodía. Nadie me detuvo. Volví a alejarme con las notas languideciendo en mi pecho. La madre hormiga me miró serena, pero luego sonrió:
“¡Mis hijas! ¡Traedme aquellos fútiles eslabones!”
Me quedé boquiabierta cuando las crías atendieron al mensaje y se precipitaron sobre mí, comencé a forcejear con una infinidad de diminutos seres que me rasguñaban los brazos y que me mordían el pecho para robar la melodía. Finalmente me la quitaron de las manos y se la entregaron a su madre, que exclamó:
“¡Disfruten del banquete mis hijas!”
Les rogué que no lo hicieran, les expliqué que se trataba de algo importante, pero no me escuchaban. Ni mi genuflexión fue suficiente como para despertar el lado conmiserativo de la madre hormiga. La melodía se perdió en el aire sofocante. Golpeé incesantemente la tierra, asumiendo que ya todo estaba perdido, no había razón para entristecerse ni atemorizarse. Me erigí sin demostrar síntomas de vida. Entonces como un relámpago recordé figuraciones de otra dimensión. Un catre, ropa andrajosa, murallas con hendiduras y un reloj despertador tan irritante como la presencia inexorable de la suegra en la boda. La vida volvió a mis venas y mis ojos adquirieron el brillo perdido. Levanté la vista e imponentemente contemplé a la madre hormiga que se encolerizó.
“¡Devórenlo hijas mías!”
Me abordaron violentamente mientras comenzaban a desgajarme la carne de los huesos. Sentía un dolor indescriptible, pero mudo. Tenía que concentrarme más. No existes, no existes, repetía obstinadamente. Esporádicamente algunas desaparecieron, pero no dejaba de perder carne y sangre. Un millar se ocupó exclusivamente de mi nariz, introduciéndose en mis cavidades nasales. Repetía y repetía. Una mirada frente a frente con el sol, perdiendo el iris y las pupilas, ensordeciendo al testigo fehaciente. Todas desaparecieron, sin excepción. La madre hormiga no podía figurárselo. Entonces con todas mis fuerzas le grité que no existía, incesablemente, mientras ella me callaba y mandaba a buscar las avispabas que se esfumaban junto a toda su presuntuosidad en el aire.
“¡No existes, no existes, no existes!” Repetía. Cuando abrí los ojos el imperio de las hormigas no se divisaba por ninguna parte. Estaba solo en una pradera. Me reí estúpidamente, mi estómago jubiloso se sacudía indeliberadamente celebrando la victoria. Me tendí radiante sobre los enormes pastos que crecían sobre la pradera soñada. Y todo aquello que pensaba se conjugaba en el paisaje, mis aromas preferidos, mis paisajes más añorados, las mujeres más amadas y, de pronto, creí que sería posible reinventar la ópera más magnífica. Cerré los ojos y todas las composiciones sonaron en mi cabeza, instintivamente cortaba y seleccionaba pasajes, sabiendo que la suma daría como fruto la gran ópera. Inventando melodías abstrusas que sabía que harían llorar y escribiendo los acordes más inusitados de todos los tiempos.
Para cuando abrí los ojos tenía una batuta entre los dedos que sacudía al tempo preciso. Dirigía una orquesta sinfónica, mi mirada se desligaba de mis movimientos, contemplando alegremente como todo el público disfrutaba de una ópera sin precedentes, que por supuesto nunca había escuchado, pero que había compuesto. De pronto el último coro habló y el teatro completo rompió en lágrimas y risas, aplaudiendo de pie efusivamente. Niños, jóvenes y ancianos no dejaban de enseñarme su afecto impetuoso, mientras las señoras regordetes se limpiaban las lágrimas que arruinaban su maquillaje barroco. Era la mejor calificación, un primer beso, el primer orgasmo en compañía, el nacimiento de un hijo, el orgullo del presente, era la emoción más grande que un hombre puede sentir. Era un Dios sobre mi tierra.
Pero de pronto una vibración remota, un sonido que arruinaba el aplauso y el cariño concertado. Súbitamente el teatro desapareció, consigo el coro y la orquesta sinfónica. Estaba sentado desnudo en la penumbra de una escena oscura. La batuta que tenía en mi mano se evaporó bajo mi angustiosa vista. Luego una fuerza similar a la del lago comenzó a succionarme, dejándome sin opciones. No me resistí.
Detuve el ruido insoportable de la alarma de un solo golpe. Cayó deshecho al suelo. No podía figurarme en ese momento que no tenía más dinero para comprar otro. Pero nada tenía sentido aún. Sentía que había despertado luego de una jornada gloriosa, que por fin había presentado mi opera prima. Pero por alguna razón no la recordaba, peor aún: no me entristecía en lo absoluto. De alguna manera sentía su dulzor y el cariño del público. Sabía que había compuesto la ópera más magnífica de todos los tiempos, y que por un segundo había sido Dios.
Después de ducharme brevemente, me percaté de lo atrasado que estaba para el trabajo. Me marché apresuradamente hacia la caleta.
|