Aquella noche en que me despertó el teléfono a las tres de la mañana y antes de darme tiempo a gritar «¿Arde París?» la voz inmisericorde de mi editor tronó: «¿Soubelet?¿ Tiene el pasaporte actualizado?», no sospechaba los extravagantes e inesperados acontecimientos en que me vería involuntariamente envuelto a los pocos días de aquella inesperada y perentoria llamada.
«F R A N K E N S T E I N»
GUILLERMO SOUBELET
Através de la ventana de la oscura taberna en la que me encontraba __ mientras los parroquianos del jugar me observaban con una sorna mal disimulada __ se veía claramente el espantoso castillo donde en 1817 el Barón Víctor Von Frankenstein realizó sus espeluznantes experimentos. Al menos, todo lo claramente que puede verse bajo el fuerte aguacero de una oscura noche de tormenta un oscuro castillo rodeado de frondosos árboles, enclavado en la cima de un alejado y altísimo peñasco. De mas está decir que me hallaba aterrado en aquel entorno macabro. Como ya he referido anteriormente, pertenezco a una rancia estirpe de cobardes. Cobardes puros, sin contaminar, que enarbolamos, orgullosos, nuestra condición como a una oriflama. Cobardes de paladar negro, como si dijéramos. De manera que sólo podía haber un motivo por el cual mi editor me hubiera elegido justamente a mí habiendo tantos otros periodistas que hubieran dado un brazo por cubrir aquella nota: mi jefe me odia. Aunque, en realidad, todo comenzó un mes atrás cuando recibí, procedente de Europa Central, un extraño sobre lacrado con un pintoresco escudo de familia. En la carta se me informaba que, ante el inminente fallecimiento de un pariente de la rama de mi madre del que yo jamás había oído hablar, y siendo yo el último descendiente vivo de la rama materna, debía viajar de inmediato a los efectos de tomar posesión de lo que me correspondía y hacerme cargo de ciertos asuntos. Decidí guardar secreto con respecto a aquello, pero no pude evitar que la secretaria de mi editor que justo estaba en casa tirándome el Tarot, leyera el documento y se enterara de mi apellido materno, un secreto que siempre me cuidé de guardar: ¡FRANKENSTEIN!
Así que no pasó mucho tiempo hasta que mi jefe (vía la sensual tarotista, naturalmente) se enterara de lo que consideró una nota jugosa para la revista y me llamara a las tres de la mañana para ordenarme con dulzura que, si no quería ser despedido, pasara a retirar el pasaje que ya había sacado a mi nombre.
De manera que ahí me hallaba, en aquella taberna macabra, temblando de frío y de miedo, cuando una figura que surgió de las sombras me tomó del hombro con una mano como una garra, y me siseó al oído. «Lo estábamos esperando. Acompáñeme». Tras lo cual, giró en torno y abandonó la posada sin mirar atrás. Aquel sujeto tenía un aspecto tan espantoso que su sola presencia hacía que, por comparación, aquella taberna pareciera La Casita de Mickey. Su espalda se hallaba desfigurada por una joroba tan prominente que lo obligaba a llevar la cabeza ladeada de costado. Y su desfigurado y horroroso rostro era un espectáculo en sí mismo. Caminaba con un acentuado rengueo, seguramente consecuencia de alguna malformación genética o por haberse puesto los zapatos cambiados. Inmediatamente comprendí que se trataba de Igor, el famoso y deforme ayudante del doctor Frankenstein. Salí y me hallé frente a un caballero alto, refinado y bien vestido, sólo iluminado por los relámpagos; quien, ante mi asombro, se abocó a cargar mis baúles chapoteando en el barro, bajo aquella lluvia torrencial mientras su sirviente se acomodaba en el acogedor interior de aquel destartalado carruaje. Ni bien ingresé al vehículo, el monstruo se dirigió a mí: «Bienvenido. Soy el barón Víctor Von Frankenstein. En cuanto Igor acabe con las maletas nos conducirá al castillo». E inmediatamente aquel carruaje precario tirado por un caballo famélico se puso en movimiento. Bueno, por una yegua, ya que ni bien los elásticos de aquella carreta crujieron cuando Igor apoyó su peso en el estribo e hizo castañar el látigo, oí gritar: «iVamos, Mary Wollstonecraft Shelley! ¡Al castillo»
Mis sorpresas recién comenzaban. No voy a irme en detalles que nos alejen de mi historia, ya que ni a ustedes les interesan ni estoy de ánimo para extenderme; de manera que voy a obviar el estremecedor camino al castillo y, sobre todo, la silenciosa y espeluznante cena que se brindó en mi honor, para ir directo hasta el momento en que, mientras me guiñaba un ojo con complicidad, el doctor Frankenstein deslizó una talla del hogar de una de las inmensas estancias del castillo, accionando el mecanismo que abrió una puerta secreta y, ante mi estupor, se alzó ante mis ojos lo que ustedes están esperando: ¡Sí: el célebre laboratorio donde el doctor Frankenstein realizó sus escalofriantes experimentos!
__ ¿Sabe? __ soltó de pronto mientras yo le miraba la nuca, mientras bajábamos la escalera de piedra iluminados por un pesadísimo candelabro que me hizo transportar __ Soy un hombre viejo. Estoy cansado. Shakespeare dijo una vez: «Dadme ese hombre que no sea esclavo de sus pasiones». Tres pasiones, tres obsesiones mas bien, me han mantenido vivo durante todos éstos años de investigaciones: el amor a mi esposa, a la belleza y, sobre todo, a la juventud. ¡La Eterna Juventud! Ver a una muchacha... con su belleza... su frescura... me exaspera. Han pasado por aquí famosos. Michael Jackson, Silvia Süller, Pamela Anderson, tantos... Sin embargo, usted tendrá el privilegio de presenciar __ y participar __ de mi último y definitivo aporte a la ciencia. ¡A la Humanidad! ¡Usted se halla ante el escenario desde donde se concibió y materializó lo que podríamos llamar el cenit en la historia de la ciencia! ¡Han pasado casi dos siglos desde aquella gloriosa noche en que nuestro genial antepasado logró lo que nadie más! «¡Crear vida!» __ exclamó, girando hacia mí en un gesto teatral, mientras se espantaba los murciélagos. Quedé asombrado por aquel discurso. Sobretodo teniendo en cuenta que siendo el alemán la única lengua que dominaba el viejo (idioma del que yo no entiendo ni una palabra) el científico se vio obligado a exponerme todo aquello mediante un turbulento marasmo de mímicas inconexas.
__ Venga por aquí, hay algo que quiero que vea __ me ordenó, siempre mediante gestos __ Esta es mi esposa Margaret __ me dijo, con ternura, señalando una camilla en la que se hallaba una mujer dormida por el efecto de la anestesia. La mujer tenía la cabeza afeitada y un círculo dibujado con marcador a la altura del occipital que me hizo sentir escalofríos presagiando lo peor. Era obvio que en alguna otra era geológica había sido una mujer hermosa, mas en aquel momento calculé que tendría edad suficiente para haber acunado en sus brazos y haberle hecho hacer provechitos a Matusalén.
__ Sea sincero conmigo. Yo soy un esteta. De manera que no necesito que me mienta. ¿Le parece atractiva? ¿Le haría el amor? Ahora venga por aquí. Hay algo que quiero que vea __ dijo, siempre mediante gestos, sin darme tiempo a responder. Llegamos a una enorme cámara frigorífica. Adentro, en lo que a mí me parecieron dos ataúdes de vidrio completamente congelados, había, en vida latente, dos mujeres de unos veinticinco años, congeladas, una en cada en cada uno de ellos. Una rubia y otra pelirroja. Frankenstein se hallaba en estado de éxtasis, contemplando, arrebolado, a una de ellas, la rubia, dueña de una belleza que me dejó pasmado__ Escuche ____ continuó mediante gestos y señas____ Esta es la hermana gemela de mi mujer. ¡Idénticas! ¡Así era mi esposa a los veinte años! Vinieron de visita, junto a su amiga cabaretera, Erika, aquella otra, hace mas de sesenta años. Verlas y elaborar mi plan fue todo uno. Esta mujer es idéntica a mi mujer a los veintidos. La he mantenido así, como a Walt Disney, deteniendo el proceso del tiempo esperando este momento. Voy a abrirle el cráneo, tiraré su cerebro y le injertaré el de mi amada esposa. ¡Cuando mi amada despierte habrá rejuvenecido sesenta años! ¡Será joven de nuevo! ¡Habrá roto la barrera del tiempo, recuperará su frescura y el espejo le devolverá la imagen de la que fue hace años! ¡Haría cualquier cosa con tal de volver a tener sexo con esta mujer! ¡Cualquier cosa! __ tras lo cual rompió en una carcajada espantosa y demencial mientras los relámpagos iluminaban el espectral laboratorio, ya que, como se sabe, es lo que corresponde en estas circunstancias.
Al otro día, ataviado con un guardapolvo similar al que usan los ayudantes de los cirujanos en los hospitales y los ayudantes de los doctores Frankensteins en los castillos, aguantaba las ganas de vomitar mientras el monstruo, con las manos y el pecho empapados en sangre, serruchaba ambos cráneos produciendo un ruido espeluznante. Alcancé lo que me pidió que alcanzara, sostuve lo que me pidió que sostuviera y tiré a la basura, sin mirar y aguantando la respiración, una masa informe, grisácea y viscosa que me ordenó tirar. Una vez culminada la horrorosa operación, y con aquel recinto macabro invadido por la furia de los truenos y los relámpagos, e! doctor Frankenstein se arqueó hacia el cielo con los brazos en cruz y exclamó, como desafiando a los dioses:
__ iTú, Margaret de Frankenstein: abandonarás ese viejo cuerpo y serás joven y bella!
La operación fue un éxito. El doctor pasó aquellos días con la ansiedad propia de un adolescente. No era para menos. Por eso, y sabiendo lo que aquello significaba para él, fue terriblemente desgarrante cuando, una semana después, una vez que la dama se hallaba repuesta y luciendo como una sensual jovencita de veinte años, el genio era violentamente rechazado en su primer intento de seducción. La joven le confesó que «... en realidad a ella le gustaban las pendejas. Y que ahora que era joven y hermosa se buscaría una guachita de su edad para atorrantear sin culpas. Los tiempos cambiaron, men».
El doctor Frankenstein, como clavado al piso, dijo, en un susurro, con los ojos llenos de lágrimas aún fijos en la mujer de sus sueños:
__ En éstas circunstancias sólo me queda una cosa por hacer. Espero __ continuó, dirigiéndose a mí __ que no me negará mi última voluntad.
Y aquella noche, y con aquel recinto macabro invadido por la furia de los truenos y los relámpagos, grité, como desafiando a los dioses:
__ ¡Tú, Barón Víctor Von Frankenstein: abandonarás ese viejo cuerpo y serás joven y bella! __ y Erika, la cabaretera pelirroja del otro ataúd, abrió los ojos.
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