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«¡¡¡DRÁCULA!!!»

Por GUILLERMO SOUBELET
(Lo que se dice un chupasangre)


«Brazov (Transilvania), un pequeño poblado a 150 km. de Bucarest (en rumano Bucaresti), capital de Rumania.
El lóbrego castillo del Conde de las Tinieblas se halla oculto tras el espeso manto de la bruma que precede a la noche. En la protectora oscuridad del sótano del castillo yace el monstruo; encerrado en su ataúd forrado en raso con sus iniciales en plata, esperando el llamado de la noche. El leve movimiento de sus cejas y párpados responde a su instinto milenario e inexplicable: es la señal inequívoca de que el sol está a punto de desaparecer. De un momento a otro, y movido por ese instinto tan incomprensible como infalible - solo comparable al del oso que con la llegada de la primavera despierta de su hibernación - el conde Drácula emergerá de su escondite para lanzarse contra una nueva presa.
Sin embargo, y a pesar de que el sol acaba de desaparecer y ya es noche cerrada, la tapa del ataúd no se abre. Inesperadamente comienzan a escucharse sonidos desde el interior, obviamente producidos por un puño humano golpeando la tapa desde adentro del sarcófago. ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! Los golpes se repiten cada vez con más fuerza y a intervalos menores. ¿Es acaso el fin del conde Drácula? ¿Es que acabarán aquí sus andanzas y morirá asfixiado dentro de su propio ataúd? Entonces irrumpe, obviamente furiosa, la vieja ama de llaves, Ms. Backer Street, quien golpea repetidas veces la tapa del sarcófago con el mango en forma de glande de su bastón, a la vez que grita haciendo bocina con ambas manos, como para ser oída desde el interior del mismo:
__ ¡Conde Drácula! ¡Ya basta! ¡Quítese esa fea costumbre de masturbarse ni bien se despierta! – Acto seguido la tapa es abierta desde el interior del cajón de una violenta patada que la hace volar por los aires, y el mismísimo conde Drácula emerge gritando y tosiendo, en un ataque de histeria.
__ ¡AAAAGHH! ¡AAAGHHJJJT! ¡Creí que me asfixiaba ahí adentro! ¡Con mi claustrofobia, otra noche de insomnio como ésta y me revienta la aorta! ¡Y ni siquiera se puede leer algo ahí encerrado! – exclama, mientras se espanta los murciélagos.
__ ¡Calma, conde Drácula!
__¡Nada de calma! ¡Nada! ¡No puedo aguantar toda la noche ahí encerrado! A mí a la madrugada me gusta levantarme a mear.
__Tranquilo, conde.
__ ¡Y dale y dale con «conde»! ¡Y dale con «conde»! ¡Mil veces le dije ya! ¡Mil! ¡Minga de conde! Todo comenzó (Ms. Backer Street pone los ojos en blanco, como si ya hubiera escuchado mil veces la misma historia) cuando me hospedé en el Ritz y el conserje me pidió los datos para el registro - recordó Drácula acodado en el antepecho de la ventana, mientras su vista se perdía en el río Dîmbovita, que, a lo lejos, reflejaba la lunita rumanita -:
__ ¿Nombre?
__ Drácula.
__¿Brácula?
__ “Con d”, Drácula.
__ “¡Conde” Drácula! ¡Bienvenido! ¡Botones! ¡Rápido, lleve el equipaje del conde Drácula a su habitación!
¡Estaba lleno de gente aquél lugar y a partir de ese momento y gracias a aquél imbécil no pude hacer que dejaran de decirme conde! Así que ya sabe: al menos dentro del castillo nada de llamarme conde.
__ Qué historia más interesante. ¡Y qué bien que la cuenta! Aunque, no sé porqué, las primeras setenta veces que me la contó me parecía más atractiva. En realidad, mejor. Ya basta de «Conde». Ya sabe, para mí, que lo conozco desde pequeñín, que lo he visto crecer, nunca dejará de ser aquél niñito de ojeras y colmillitos. ¡Ni la ortodoncia pudo disimular esos colmillitos! ¡Pero era un mozalbete precioso! ¡Esos cachetones que tenía! – exclama, mientras le retuerce los cachetes - ¿Qué le parece, niño, si en vez de conde, vuelvo a llamarlo como cuando aún era un tierno querubín?: «Culín», ya sabe: por «Draculín».
__ ¡Ay, que me da la puntada! Mejor sigue llamándome Conde y dejémoslo ahí. Apropósito: estoy muerto de hambre.
__ Está bien, está bien. Entiendo las indirectas. Mejor voy a prepararle el desayuno... bueno, la cena. Siempre me confundo, quiero decir, a esta hora... ¡¡Voy a prepararle algo para comer!! – gira sobre sí y se marcha, cantando - «Jugo de tomate frío, en las venas deberás tener»
__ ¡Ya te dije que no vuelvas a cantar esa estupidez! ¡Jugo de tomate en las venas! ¡Brrrr! Me da escalofríos. Mejor vaya y hágame algo de comer de una buena vez. ¡Y recuerde: sin ajo! ¡Nada de ajo! ¡Basta de comprarle ajo a las bolivianas por la calle! ¡Todo con gusto a ajo! ¡Todo! Quisiera saber quién es el que se empecina en comprar cosas que jamás se usarán en mi castillo. Como ese espejo del baño, por ejemplo.

Una cena de gala. Drácula baja de su carruaje vistiendo sus míticos esmoquin y capa forrada en raso rojo.
__ ¡Qué pequeño es el mundo, doctora Dolderer! _ se aterra al encontrarse cara a cara con su abogada, una gorda insoportable. Hace una pequeña reverencia y le besa el dorso de la mano, a la vez que observa de reojo si logra reconocer a alguien entre los muchos grupos que suben las escalinatas de mármol para escapar junto a ellos: __ De haber sabido que usted también vendría la hubiera invitado para llegar en compañía de una verdadera dama.
__ ¡Mire que resultó adulador, conde!
__ Quise decir que la dama que me iba a acompañar no pudo venir. Y si llegábamos los tres juntos, usted podría llegar junto a una verdadera dama. ¡Juá! ¡No sabe lo que es esa mujer! ¡Unas tet...
__ ¡Lástima que no lo hizo! – lo interrumpe la facultativa - Tuve que acostarme con el San Bernardo del alcalde para lograr que me invitaran. ¡Si no lo hubiera hecho jamás hubiese conseguido una invitación para una fiesta como ésta! – exclama la joven, una vez que tomaron asiento a una de las elegantes mesas – En cambio usted, conde, debe recibir carradas de invitaciones así.
__¿Para acostarme con el San Bernardo del alcalde? Oh, algunas. No tantas.
__ Invitaciones a fiestas de etiqueta como ésta...
__ No crea. Esta invitación me la gané en una raspadita del mercadito de ahí a la vuelta del castillo.
__ Hermoso ese perro del alcalde... ¡Y tan viril! ¡Tan cariñoso! Tan... Apróposito, ¿le gustan los animales, conde?
__ Algunos. Ya sabe: vampiros, mosquitos, ese tipo de mascotas.
__ ¡Ahh ¡Juá juuá juá! – larga la facultativa una risotada de bucanero borracho, a la vez que le pega un codazo en las costillas y le guiña un ojo, cómplice _ ¿Sabe? Hablando de mosquitos. A usted le dicen Mosquito. Por cómo chupa – el conde se atora y comienza a toser __ ¡Porque dicen que le gusta tanto el tinto que para que deje de chupar hay que matarlo a sopapos! ¡Juá! – estalla nuevamente la gorda. Afortunadamente llega uno de los mozos con una mesa rodante repleta de manjares.
__ Langosta, por favor – pide la dama __ ¿Usted, conde Drácula?
__ Para mí, morcillas.
__ ¡¿Morcillas?!
__ Sí, sí. Morcillas. Porque las morcillas están rellenas de sangre. Y la sangre hace bien a... la sangre es buena para... ¡¡Para las venas!! ¡Siempre es bueno tener sangre en las venas! Ya sabe: sangre, morcillas... a las venas les encantan esas cosas – dirigiéndose al mozo __ Las morcillas, RH Negativo sill vouz plait. Apropósito, dígame, abogada, ¿Cómo va el juicio por plagio que le entablé a ese norteamericano, Batman, que se hace llamar El Hombre Murciélago?
__ No será fácil. El tipo tiene influencias. Un tal comisionado Fierro. Pero estoy dispuesta a dejar mi sangre, sudor y lágrimas en éste pleito.
__ El sudor y las lágrimas puede ahorrárselas.
__ De todos modos terminarán llegando a un acuerdo. La sangre no llegará al río – Drácula pega un respingo.
Entonces irrumpe la música desde un pequeño palco en el que se hallaba ubicada la orquesta: la Danza Húngara Nº 5, en G menor (allegro), de Johannes Brahms.
__ ¡Ah, la música! __ exclama Drácula, cerrando los ojos, extasiado, mientras se desata el moño y se lo ata en la cabeza a modo de vincha, a la vez que enciende un encendedor y lo agita sobre su cabeza - La Danza Húngara Nro. 5. ¿Le gusta?
__ Me encanta el perfume, y si es Channel, más. ¡Usted es conde!
__¡Y usted es gorda y fea!
__Quiero decir que usted es...conde una personalidad fascinante.
__ ¡Uy! Y yo quise decir: ¡Qué simpática la gordita!
__ Me encantan los juegos de palabras. Usted «es...conde». ¡Juá!
__Y usted «es tampita».
__ ¿Soy tampita?
__ Bueno, a mí también me complacen los juegos de palabras. Dije «estampita». Para no decir «es tan puta». Voilà! ¡Bailemos!

Llega la noche. De un momento a otro, y movido por ese instinto tan incomprensible como infalible, el conde Drácula emergerá de su escondite para lanzarse contra una nueva presa. Sin embargo algo extraño está ocurriendo. Su espigada figura no se encuentra cómoda dentro del mítico ataúd. En realidad, en lugar de hallarse cómodamente acostado de espaldas, su cuerpo se halla aplastado contra una de las paredes acolchadas, con la boca y la nariz horriblemente deformadas. Intenta reacomodarse, pero choca contra una maza gigantesca que el conde reconoce como una heladera o un lavarropas.
__ Buen día, mi cuchi- cuchi... ¡Mire que resultó remolón, eh! ¡Pensé que no se despertaría más! __ se oyó la voz de la gorda a sus espaldas.
__ ¡¿Pero qué...?! ¡¿Pero qué diablos hace usted aquí?! __balbucea, presintiendo lo peor _.
__Esperando el mañanero. Pillín: mire cómo me dejó el cuello. ¿Le parece que una puede salir así a la calle? ¿Acaso no sabe lo que son las vecinas por acá? ¡Terrible resultó usted, eh! __ desesperado por sacarse a aquella ballena de encima y recordando las angustiadas palabras de su madre que le aconsejaban que no tomase tanto, el conde, arrastrándose y retorciéndose, logra salir del sarcófago y (para apurar la cosa y que la lechonaza se vaya de una buena vez) se ofrece a traerle el desayuno al sarcófago. Una vez en la cocina del castillo, y agradeciendo que fuera el día franco de Ms. Backer Street, prepara café, tostadas, huevos fritos y jugo de naranja. Entonces tiene una idea infantil, pero es que él es así: un muchacho loco. Recordando lo que hacía de niño, que con los gajos de las naranjas construían enormes dentaduras postizas para asustar a las niñas; toma uno de los gajos de la naranja y, con un cuchillo, improvisa una dentadura. Luego toma la bandeja de patas y se dirige a la habitación (Bueno: al sótano). Una vez ahí dentro, se acerca a la cama con paso teatral, cuidando de mantener la boca cerrada para no delatarse. Le contará la verdad a aquél paquidermo. Que es un hombre absolutamente normal. Que no sabe de dónde salieron todas esas tonterías que se dicen de él. Que si bien es cierto que heredó de sus antepasados costumbres bastante raras (como no tolerar los espejos y dormir en el ataúd del abuelo), eso no significa que sea conde ni vampiro. Luego de lo cual se divertirán con aquella cómica dentadura. Pero ocurre algo: ni bien llega hasta el ataúd tropieza con uno de los zapatones de la gorda, cae y se muerde la lengua. Al incorporarse, la mujer comienza a gritar, aterrada, ante la visión de aquél monstruo, con sus increíbles dientes y la sangre chorreándole de la boca. Sus gritos atraen a los rústicos vecinos, quienes, enardecidos, ingresan al castillo munidos de palos y cadenas.
Pobre Drácula, tan jodón que era.
Y así fue que dio comienzo a la leyenda»

Texto agregado el 23-02-2008, y leído por 32 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2008-02-23 15:04:13 sos muy productivo !! como haces ?5***** carinaidea lista
 
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