Los desnudos árboles de la plaza parecían emergidos de una antigua y olvidada fotografía en sepia, casi tan deprimente como la furiosa multitud que avanzaba para protestar enérgica, exhalando sus fétidas bocanadas de odio contra el nuevo orden. Un frío súbito laceró los desencajados rostros, mas mil infiernos ardían en cada vacío estómago congregado, y no era para menos. La ciudad había sufrido demasiados cambios en pocos meses, la gente los había aceptado, calladamente, como un rottwailer que se deja ajustar la correa, pero la destrucción de los ídolos había sido el último reducto hacia un llamado de dignidad social. Además, ese nuevo alcalde llamado Jesús era un personaje extraño, gustaba de usar viejas túnicas gastadas y de llevar la cabellera y la barba crecidas, y a decir verdad, no existía en el inconsciente colectivo el menor recuerdo de algún mitin o contienda electoral donde él figurara, y sin embargo, ahí estaba, mirando a la jauría, parecía divertirle, así que salió al balcón de su terraza y dijo:
-Hermanos míos, -
la piara le concedió un silencio
-¿acaso ustedes creen que he venido a traerles la paz?, -
el crispar de dientes fue ensordecedor
- Sepan-prosiguió- que he venido a traerles la división,-(era notorio)-así, que, quien esté libre de pecado, que…-
Jesús no pudo seguir, pues irrumpió en su cerebro un objeto lanzado manualmente (esa noche, en un acalorado debate televisivo que logró 2 puntos de rating, se deliberaría que había sido un limón grande) de modo que la caterva eligió inconscientemente a un nuevo alcalde, Pablo, quien en su primer acto público anunció la ubicación de nuevos y mejores ídolos, no obstante siglos después algunos de los más venerados poseyeran largas y crecidas barbas y cabelleras y vistieran viejas y gastadas túnicas, tan deprimentes como antiguas y olvidadas fotografías sepias. |