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Inicio / Cuenteros Locales / EstatuaconEpilepsia / «PORNO-SHOP»

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«PORNO-SHOP»

GUILLERMO SOUBELET

Jamás hubiera creído, se lo hubiera contado el que fuera, que Pablo, justamente Pablito, el gil, el timorato del grupo, hubiera sido capaz de hacer una cosa como aquella. Sentía escalofríos, y mientras movía la comida de acá a allá en el plato y fingía prestar atención a la conversación, debía hacer un esfuerzo sobrehumano para lograr contenerse y no levantarse de la mesa y abandonar aquella casa corriendo y llamar a la policía.
Todo había comenzado un mes atrás, de una manera inocente. Como las esposas de todos ellos se habían rajado a la costa, aprovecharon que estaban solos para salir un rato antes de la oficina y, antes de volver a sus casas, dar una vuelta por ahí. Para disfrutar que se fueron las brujas, como había dicho el flaco Carulli. Incluso ni él ni Pablo tenían demasiadas ganas de ir a caminar con aquél calor, pero ya se sabe como es el flaco Carulli. Y ya se sabe como es esa sensación de libertad que se siente cuando se fueron las brujas. No todas, la avinagrada esposa de Pablo se había negado a dejarlo sólo en Buenos Aires. Y ahora es irónico pensar que, si hubiera ido, no hubiese ocurrido lo que pasó después.
La cuestión es que bromeando – todos se habían sacado los sacos y los llevaban colgando sobre los hombros -- y dando vueltas sin rumbo por calles por las que ninguno de ellos había pasado, sorpresivamente se encontraron con un sex-shop. Claro que todos sabían de qué se trataba y claro también que ninguno de ellos había entrado a uno jamás. Inmediatamente el flaco Carulli y el gordo Sánchez atacaron con las obligatorias bromas y carcajadas. La cuestión es que pasaban los minutos y los cuatro seguían como clavados en la vereda. Ni seguían su camino, ni se decidían a entrar. Ni siquiera hablaban.
__ ¿Y si entramos? __ se animó el gordo Sánchez.
__ ¡¿Estás loco?! __ se escandalizó Pablo, un hombrecito insignificante, de bigotitos y permanentes ojos con cara de susto. Buscó con la mirada una complicidad que no encontró ni en Manuel ni en Alejandro; quienes, a decir verdad, parecían dos adolescentes, encantados ante la aventura de entrar por primera vez a un porno-shop. Dos adolescentes de casi cincuenta años.
__ Dale, entremos, ¿total qué? __ insistió el gordo, con los ojitos brillantes.
__ ¡¿Cómo “total qué”?! ¡¿Y si nos encontramos con alguien conocido?! __ se alarmó Pablo, con la cara blanca del susto __ .
__ Estarían haciendo lo mismo que vos, boludín.
__ ¡Figúrense que me descubre mi señora! __ tartamudeó, con su vocecita inaudible.
__ ¿Y qué te va a decir si ella también está ahí adentro, salamín? ¿Y sabés qué? Es lo que te merecerías, pelotudón. Por no haberla despachado para la costa como hicimos nosotros con las nuestras. ¿Además tu señora tiene auto y si la encontramos después nos puede alcanzar a todos. Es mas, por ahí nos presta guita y nosotros también podemos comprar algo, como ella.
__ No. No. En serio, che. A ver si me llego a encontrar con alguna empleada, o si me ven entrar mis viejos...
__ ¿Tus viejos? ¿Sos pelotudo vos? ¡Tenés cuarenta y cinco pirulos!
__ ... o el sacerdote de la parroquia, o la maestra del nene y despu... No. Me da miedo. Miren, mejor los espero ahí enfrente tomando un café, eh.
__ ¡Taradón sometido! ¡"Ojalá" nos encontráramos con alguna mina conocida acá! __ ¡Yo vendería a mi hermana a los mercenarios gurkas a cambio de encontrarme con la maestrita de mi hija acá adentro! ¡Dios mío, qué par de sandías! ¡¡Así!! __ y, luego de cerciorarse de que no venía nadie conocido, arrastrando al Pablo del brazo, los cuatro hombres ingresaron al local. Y ese había sido el comienzo de todo.
Ni bien ingresaron los cuatro habían sido presa de una timidez incomprensible. Todos se sintieron incomodados por la presencia de los demás, que les impedía abandonar aquella actitud de adolescentes y mirar las cosas que les llamaban la atención sin tener que disimular por temor a ser blanco de las burlas. Y a la vez sabían perfectamente que si no hubieran estado en grupo no se hubieran animado a entrar.
La cosa es que en un momento les muestran unos consoladores y prótesis que los asombra por lo natural de la textura. Incluso se hacen jodas entre ellos: __ ¡Dale tocá, tocá! ¡Que no va a ser la primera ni la última que agarres vos, trolazo! __ y cosas así. Bien de muchachos. Entonces se acerca un vendedor que les dice:
__ Pero eso no es nada. Tenemos unos artículos un poco más caros pero que son otra cosa __Y saca de unos cajones unas prótesis de una calidad sorprendente. La cuestión es que los amigos no lo pueden creer. Entonces ven las muñecas de goma. Que son una porquería, como siempre. Joden con eso. Entonces se acerca el vendedor, sonriendo, y le dice, bajito:
__ Si a los señores les interesan las muñecas, tenemos otro tipo de material, digamos, especial. Fuera de catálogo. No se las ofrecemos a cualquiera. Ya saben, a los pibes, o a los pajeros ... __ intrigados, entre miradas cómplices, pasan a la trastienda y el tipo les muestra algo que no pueden creer. Onda Museo de Cera de Madame Touseau. Muñecas de una perfección imposible. La textura de los labios, de la piel, en fin, todo. Incluso la temperatura de la piel y la humedad vaginal. El vendedor, divertido, se retira un paso hacia atrás y los deja observar aquella maravilla, admirarse, y bromear. Entonces, cuando los tipos dejan de hablar, se adelante y les dice:
__ Caballeros, prepárense para sorprenderse __ y la muñeca cobra vida. Se yergue, camina hacia ellos, les habla, les acaricia la bragueta, etc. Después resulta que las hacen a pedido de acuerdo a fotografías de rostro y cuerpo entero que traen los clientes. Se pueden pagar en doce cuotas y en el resumen de la tarjeta de crédito figurará como si fueran las cuotas del arreglo del auto en un taller mecánico. Con eso fue suficiente, y los otros tres, entre risas nerviosas, volvieron al frente del local a comprar algunas Penthouse y encargaron copias vivientes de las Playmate que les gustaron. Menos Pablo, el tímido, que la sigue con aquello de que él prefiere y preferirá siempre a su esposa (una gorda avinagrada y sargentona, onda tana que cocina los tallarines, que lo tiene escarpiendo). Así que es el único que, ante las burlas de los otros, no encarga su androide.
Los días subsiguientes son un continuo llamarse por teléfono para comentar las hazañas sexuales que protagonizan gracias a “las chicas”. Hazañas que el pobre Pablo mira desde la vidriera.

Las cosas siguen así hasta que una noche - la noche anterior al regreso de las esposas desde Mar del Plata - Pablo los invita a cenar a su casa. El motivo de la cena nunca quedó claramente explicado. Todos intentan escabullirse, ya que el recuerdo del mal carácter de la mujer de Pablo convierte aquella invitación en un suplicio. Pero es tal la insistencia de su amigo que finalmente aceptan.
Llegan juntos y, luego de bromear acerca de la bruja de la esposa de Pablo, toman valor y tocan el timbre, dispuestos a soportar el mal trago. Es ella quien los recibe e, inmediatamente, perciben que algo anda mal. La mujer está rara. Cambiada. No el aspecto, porque es la misma gorda desagradable de siempre. Pero su actitud, su personalidad es otra. Una de las razones por las cuales todos rehuían las invitaciones de Pablo, era para evitar el martirio que significaba soportar el incesante parloteo de Elisa. Un monólogo permanente, avinagrado y cínico que hacía difícil digerir la comida. Criticaba despiadadamente a todas las personas que conocían. Sobre todo a quienes su esposo apreciaba. La Elisa que los recibe esta vez, y que con una fría y distante gentileza de mayordomo suizo se lleva los abrigos de todos, casi no habla. Y cuando lo hace, entre susurros ininteligibles, es para obedecer los deseos de Pablo, que la observa con atención desde el sillón del hogar. No es que ahora sea una anfitriona encantadora, simpática ni alegre. Tampoco tiene una mirada llena de amor hacia el marido. No. Pero las frases hirientes hacia él se han esfumado y durante toda la cena la mujer se mantiene pendiente de las palabras (órdenes) de su esposo; quien casi no habló, como siempre, pero sus pocas intervenciones son para expresar deseos que la mujer se apura en complacer. Pablo ya no se dirige a ella con el temor que todos conocían. Ahora, aunque jamás levanta la voz, es obvio que se ha convertido en el señor de la casa que imparte órdenes y espera ser obedecido. Casi nadie habla. Comen en silencio, en un clima terrible ante lo evidente, casi de terror, cuando ya es obvio para todos que la gorda es un robot como las otras. Los invitados se miran, espantados, y la pregunta que flota en el aire es: ¿Qué pasó con Elisa? ¿Dónde está? Algo tenía que haberle ocurrido, y no querían pensar en la posibilidad más evidente. Ellos compraron los androides, sí, pero vivían con sus esposas. Y si invitaban amigos a sus casas los recibían con sus esposas. ¡¿Cómo iban a recibir a las visitas con los androides?! ¿Qué le había ocurrido a Elisa? Ellos habían encargado aquellas muñecas (que tenían escondidas y con las que ocasionalmente jugaban) pero eso no significaba que no siguieran haciendo su vida normal con sus mujeres, a quienes, a pesar de las bromas machistas, amaban y necesitaban. Pero aquél lunático había encargado una réplica de aquella mujer horrible. ¿Para qué? Nadie acepta los ofrecimientos de Pablo de que Elisa les traiga más de esto o de lo otro:
__ El condimento que les guste. Si no hay, Elisa va hasta el mercado y compra __ asegura él ante la mirada espantada de todos.
Luego de que la mujer levanta la mesa y sirve el café, Pablo comenta, casi a modo de confesión:
__ Es posible que hayan advertido que Elisa está algo cambiada. Bastante, en realidad. Mas a mi medida. Ésta es la esposa que siempre quise tener. La otra me tenía harto. Ahora, como habrán notado, mando yo. Y quisiera pedirles que se olviden de la otra. Ya no existe más. Y vayan acostumbrándose, porque a partir de ahora ésta es la Elisa que van a seguir viendo.
Ahí estaba. La confesión velada. La única explicación para hacer semejante cosa es poder asesinar a Elisa y utilizar al robot como pantalla. Todos han llegado a la conclusión obvia y se miran, espantados. La situación se tensa al punto que los amigos terminan yéndose, incluso mucho más temprano de lo que lo hacían antes para no tener que soportar los parloteos de Elisa.
Luego de que todos se hubieron ido Elisa, en silencio, se encargó de ordenar todo. Cerró la puerta del frente y la del fondo. A la del frente le puso llave, a la del fondo llave y cadena. Acto seguido cerró todas las ventanas y persianas. Realizaba todos estos actos con la mirada ausente, vacía. Luego juntó los trastos de la mesa, los lavó en silencio, casi mecánicamente. Los secó y los guardó.
__ Imbéciles __ dijo en voz baja. Tras lo cual plegó a Pablo, lo apagó, lo guardó en su caja y se fue a dormir.

Texto agregado el 24-02-2008, y leído por 32 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
2008-02-25 00:39:12 bien bueno eddygrullon
 
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