Era el primero de sus últimos días en el mundo terrenal. Cuando despertó, la euforia de la noche anterior había dejado paso a una profunda angustia que le oprimía el pecho. Pensó que su vida ya no tenia sentido, que fue complicada desde su mismísimo comienzo cuando al nacer perdió al ser que lo gesto y de quien dependía absolutamente hasta el momento. La separación fue brusca, una especie de “arrebato” difícil de digerir. El abandono lo atravesó en cada aspecto de su vida.
Entreabría un ojo pensando en lo sólo que se sentía, en la lejanía que mantenía con su padre, quien a duras penas trato de criarlo dejando traslucir el rechazo que sentía hacia él.
Pensó también que pasaba la mayor parte del día trabajando de empleado en un lugar que no le otorgaba mayores satisfacciones fuera de lo económico. Con sólo 23 años el futuro se le presentaba como un oscuro pasaje difícil de vislumbrar. Había empezado tres carreras diferentes, dos universitarias y un curso terciario, ninguno pudo concluir porque rápidamente retiraba su interés de ellos. Nunca pudo tampoco sostener una relación de pareja ni amistades duraderas. Abandonada antes de que lo hagan con él.
Echo a mano a una tableta de clonazepam que tenía en su mesa de luz, que había sacado en una ocasión de casa de su abuela, la tomo rápidamente en un acto de impulsividad, pero no fue suficiente, su cuerpo resistía a la sustancia, había sido depositario de distintos tipos de ellas, empezando por el dulce sabor de la marihuana y continuando con la energía de la cocaína. Sentía un gran mareo, todo parecía ir en cámara lenta, como si estuviese de espectador viendo desde afuera como la vida transcurría, un auténtico sentimiento de despersonalización mezclado de nauseas y cefalea.
Salió de su departamento bastante exhausto, camino unas cuadras y tomo un colectivo que lo llevo a una ciudad vecina. El viaje de 20 minutos le pareció eterno, el sueño empezó a apoderarse de él pero no perdió en ningún momento la conciencia, bajó en un paseo de compras, caminaba entre colores y ruidos e ingreso en el cine a ver una película que estaba por comenzar. Llevaba con él un atado de cigarrillos empezado, el celular y su billetera, dentro de la misma una especie de bisturí, coartada para dar el golpe final. Se sentó en una butaca atrás de todo pero no pudo reparar en las imágenes que ahora pasaban a miles de Km. de velocidad, seguía ensimismado pensando en algunas cosas vividas, una mezcla de pensamientos que se le imponían de modo difícil de apartar o dominar a voluntad. Empezó a rasurarse sus muñecas de una manera cuasi artesanal con la parsimonia de quien realiza una importante labor.
El excandalo surgió cuando, al rato, apareció THE END en la pantalla y se encendió la luz. Un guardia de seguridad del Complejo observo su camisa ensangrentada y su aspecto desalineado, y dió cuenta inmediatamente a la Policía y al Servicio de Emergencias Médicas.
Luego de unas horas de cierta agonía fue dado de alta del hospital y mudado e internado, fuera de su voluntad, en domicilio de su abuela, madre de su difunta madre.
¿Por qué elegir un lugar de concurrencia masiva para terminar con su vida? ¿Cuál era su intención más allá de lo aparente? No era acaso un gran pedido de ayuda, a alguien, algún testigo que crea que él vale lo suficiente como para seguir adelante, una necesidad de algún reconocimiento, de otro que le devuelva una buena imagen en espejo, la búsqueda de un rescate a tanta locura. O tal vez ni siquiera había un real comportamiento dirigido a alguna meta, recordemos lo primitivo que se vuelve el cerebro bajo el efecto de ciertas sustancias de abuso.
Seguramente una mezcla de todo ello, sabiendo lo complejo que es ese motor que nos guía llamado cerebro, mente o subjetividad.
¿Y ahora que? : ¿Una especie de nuevo nacimiento a la vida? ¿O una espera a la búsqueda de otro método más eficaz, no fallido?
Es el primero de sus días de regreso al mundo terrenal, luego de una pasajera huida.
|