Jiar jiar jiar – se reía... ¿quién?.
Bueno, eso de ponerle nombre a los personajes nunca te ha brotado instantáneamente.
Jiar jiar jiar se reía Magdalena. Caminaba sobre cuerdas flojas y leía las líneas de la mano.
¿Era adivina? ¿Cirquera? ¿Fumadora de petate?
Era Magdalena, la encantadora de serpientes.
¿Cómo lo hace?
Con pan y quesito.
Magdalena se reía y los girasoles salían desprendidos del suelo.
¿Qué quisiste decir con eso?
Que su risa hacía relumbrar al sol con mucha más fuerza y así era como, por leyes de la atracción que yo desconozco, los girasoles brotaban erectos del suelo.
¿Erectos? Ya vas a empezar con tus tonterías.
No, quiero decir que...
Tú siempre sales con cochinadas.
Magadalena era una secretaria con muy buenas tetas.
Ándale, así se entiende mejor la idea.
Muy buenas tetas y piernas de tenista rusa.
Es demasiado.
Muy buenas tetas y cara de puta.
Demasiado vulgar.
Muy buenas tetas y olía a mandarina.
Eso me gusta.
Magdalena olía a mandarina y las golondrinas la seguían por la calle.
¿Lo de las golondrinas es por la similitud fonéticacofónica?
No, es porque eso es lo que pasa:
Las golondrinas la seguían por la calle y el tránsito detenía su andar.
Mira, te estás poniendo muy mamón. Magdalena está en peligro de convertirse en algo completamente idealizado y fuera de toda referencia contextualizadora. No has dicho aún de qué se reía y ya la traes por los rumbos de Platón. Revisemos: encantadora de serpientes-secretaria con muy buenas tetas. ¿Y de qué se reía?
Jiar jiar jiar – se reía Magdalena... ... ... ... ... porque era muy risueña.
No mames.
Se reía porque le hacía cosquillas Humberto,
Ah, caray. ¿Y ese Humberto de dónde salió?
Del clóset, porque Humberto en realidad se llama Iris, pero a Iris nunca le gustó jugar con muñecas. Bueno, le gustaba jugar con muñecas como Magdalena y...
Oh, no. Aquí vas de nuevo.
Humberto amasaba con minucia la tibia carne de sus muslos.
Prrrrtt.
Humberto se la cogía.
Me das hueva.
Humberto no tenía pene.
¡Basta! Me niego a seguir colaborando en este cuento sin sentido. Tengo mejores cosas que hacer
Está bien, comencemos de nuevo:
Jiar jiar jiar – se reía la trotuga.
¿Trotuga?
Tortuga, perdón.
¡Ah!, una fábula. Esas me gustan.
¿Y luego?
No se me ocurre nada.
Jiar jiar jiar...
Jiar jiar jiar se escuchaba entre los bambúes inclinados por el viento. El agua encharcada de la tormenta nocturna servía como caldo de cultivo para los mosquitos transparentes. Magdalena sentía a cada paso a sus pies desnudos se hundirse en el lodo pegajoso en tanto el sol caía a plomo sobre su cuerpo desnudo…
Ponle ropa.
Y el sol calentaba la tela de su falda sucia y rota. No supo si se trataba de una risa o del sonido del viento al pasar entre las plantas, pero se detuvo al escucharlo. Jiar jiar jiar, de nuevo. Magdalena llevaba días huyendo... ... ... ...
No te compliques. Borra lo de “llevaba días huyendo”.
Magdalena puso más atención y volvió a cambiar de rumbo.
¿Por qué?
Porque lo que hace es perseguir al sonido.
Aaah, me parece perfecto. Pasó de perseguida a perseguidora, bien.
Tenía días tratando de dar con el punto exacto del que provenía aquello que parecía risa de... nada que ella conociera. Vivía sola en una casa de madera podrida en las orillas del un lago...
¿Qué pasa?
Que aun no sé si hacerla vieja, madura o niña
Hum. ¿De qué va tratar la historia?
No tengo idea.
Como siempre.
Ya eran varias semanas las que habían transcurrido desde que a sus padres ... ...
Su marido había salido con rumbo a la ciudad y tenía semanas sin ver ni saber nada de él. Ella y su embarazo de nueve meses apenas podían soportar el ambiente enrarecido y pegajoso...
Ya usaste esa palabra.
Enrarecido y pastoso de aquella orilla en mitad de la nada. “¿Por qué venimos aquí?” se preguntó por enésima vez antes de escuchar nuevamente aquel sonido. Las provisiones se habían acabado días antes y ahora Magdalena sobrevivía a base de café negro. Su marido salió en busca de un médico y parecía como si la tierra se lo hubiera tragado. Ella sabía que en aquellos lugares eso era más que una simple matáfora.
Metáfora.
Metáfora.
Va bien, me gusta.
“Ya verás qué bien nos va...
Si nos vamos a vivir al lago
..sin nos vamos a vivir al lago...
Y nos dedicamos a la pesca.
... ¿y nos dedicamos a la pesca?”, le había dicho Humberto meses antes de dejar el pueblo.
Quítale las interrogantes.
Es que... bueno. “Ya verás que bien nos va si nos vamos a vivir al lago y nos dedicamos a la pesca”, le dijo Humberto meses antes de dejar el pueblo. Vendieron los pocos muebles y animales que tenían y se encaminaron hacia esa sucursal de limbo...
No sé, no sé. Eso de “sucursal del limbo” suena así como...
No me importa: hacia esa sucursal del limbo. “¿Por qué venimos aquí?”, volvió a pensar y esta vez escuchó aquella risa a un paso de distancia: Jiar Jiar Jiar.
No era el viento. Alguien... algo se reía. No había duda. Meses encerrada en aquel espacio abierto y nunca había visto o escuchado reír a alguien más. Humberto se pasaba los días arriba de aquella lanchita descompuesta, recorriendo por completo el lago con sus redes, sin sacar más que lo necesario para la comida del día y regresaba apagado, sin humor.
Magdalena se estremeció al escucharla tan cerca. Quiso dar media vuelta, pero su pesadez y el fondo entreverado le hicieron caer al agua.
¡Splash!
La peste ambarina de las aguas poco profundas se pegó a su cuerpo.
¡Bien!
Así y todo, aguzó la vista dirigiéndola hacia donde el sonido tuvo origen. Pero no vio nada. Sólo el entrecruzamiento de los bambúes, las hojas y los miles de mosquitos que aparecieron tras de su caída. “El agua puerca va a tocar al niño” cruzó por su cabeza y se reincorporó trabajosamente. En su pelo mojado quedaron enredadas hojas y briznas muertas. El vestido empapado se transparentó sobre su cuerpo y una silueta de luna creciente la dibujó entre las ramas.
”Allá viviremos en paz y no nos faltará nada”, dijo Humberto cuando habían dejado atrás el camino de los cultivos amarillos. Ella sufría noches en vela, con el alma fuera del cuerpo, insomne y afiebrada en el interior de aquella casa cayéndose a pedazos. Un mundo de ranas le quebraba el sueño con la piedras redondas de su croar incesante. Habían llegado al último rincón del mundo, un lugar donde el nombre de los días no tenía sentido y la única referencia temporal eran los cambios que se producían en sus cuerpos. Porque también Humberto había cambiado; sus espaldas anchas habían sido reducidas al triste esbozo de un par de omóplatos correosos y su boca siempre alegre había dejado de platicar.
Magdalena se quedó inmóvil por un momento, imaginando que una sanguijuela le mordía el corazón.
Punto y aparte.
¿Y ahora qué pasa?
Estoy releyendo.
Nuevamente: Jiar jiar jiar. Ahora más lejos, entre el hierbajo espeso de las ranas. “¿Dónde andarán las malditas a estas horas?” Y no terminó de pensarlo cuando dos gordos anfibios saltaron entre sus piernas. Ahí mismo llegó la primera contracción. Un gemido ahogado y las rodillas que se doblan... ... ... ...
¿Y?
Magdalena tenía un muy buen par de tetas.
¡No!
Es que todo es muy dramático.
A mí no me lo parece. Hay buenas descripciones y pasan cosas. Además es simbólico.
¡Aaaaahhh no!, eso sí que no. Nada de simbólico o hermenéutico o entrelineado o cualquiera de esas chingaderas para divertir literatos de cafecito a las tres de la tarde.
¿Qué horas son?
Las 12:02 a.m.
¿Qué escuchas?
Un cha cha chá del Trío Matamoros.
¿Qué fumas?
Delicados con filtro.
¿Qué tomas?
Agua.
¿Agua?
Cristalina
¿Qué libro acabas de leer?
La naranja mecánica.
¿Otra vez?
Y una revista MAD que tengo guardada desde hace como doce años.
Tu abuelo también fumaba Delicados.
Ya lo sé. Pero sin filtro.
Hay buenas historias de tu abuelo ¿no?
Sí, las hay.
¿Cuándo las vas a contar?
Eso sí quién sabe.
¿Lo conociste?
No.
¿Cómo se llamaba?
Angelo Milonás Kusulas. Era marinero. Nunca recuerdo el nombre de la isla donde nació. Le tendré que preguntar a mi madre.
¿Griego?
Yes.
¿Y cómo llegó a México?
No sé muy bien la historia. Era marinero y peleó contra los turcos -ya ves que esos cabrones se la pasan jodiéndose los unos a los otros- y fue hecho prisionero. Duró varios años encerrado en Turquía. Cuando salió y regresó a su isla griega ya no le gustó tanto el asunto. Se había acostumbrado a las maneras del enemigo. Así que volvió a embarcarse, pero esta vez con rumbo azteca. En esas épocas (principios del siglo XX) México estaba lleno de inmigrantes europeos. Sobre todo en la zona de las minas. Y ahí fue a donde llegó el griego éste, al meritito Zacatecas, donde la plata salía a toneladas. Ahora lo único que sale a toneladas es gente hacia los Estados Unidos, pero bueno: mi abuela vivía en un pueblito minero y ahí lo conoció. Cuando se casaron él tenía 32 años y ella 16.
No me digas, por eso te gustan las niñas.
A los 16 ya no son niñas.
¿A qué edad dejan de serlo?
A los cuatro.
¡Puerco!
Jejeje... es broma. Mala broma.
Mejor sígueme contando de tu abuelo.
No, ya me aburrí. ¿En dónde nos quedamos?
En que él tenía treinta y dos y ella dieciséis.
No, me refiero al cuento.
Ah, déjame ver... “Un gemido ahogado y las rodillas que se doblan”
Trastabilleó unos cuantos pasos hacia tras y evitó una nueva caída. Abrió las manos y la boca y un grito a pausas escapó hacia la nada. Magdalena estaba sola con su hijo. “Maldito, maldito, maldito” murmuraba entre espasmos salivosos y las ranas alborotadas. Respiró hondo varias veces y pudo sentir cómo el dolor disminuía un poco en sus entrañas. “¡Le dije que me llevara con él, que no me dejara sola! ¡Se lo dije mil veces, que no se fuera, que ya no lloraría, que no me dejara sola!”, pensó mientras caminaba lentamente hacia la orilla. Ese sonido, esa risa había aparecido entre las aguas desde la tarde en que Humberto había partido. Lo escuchó clarito desde su cama: Jiar jiar jiar. Pensó que Humberto había regresado, que se la llevaría con él, que verían al médico de la ciudad y que ahí se quedarían; ya no más agua enlodada, ni más mosquitos, ni más ranas, ni pescados desabridos.
Bue...
¡Cállate!
Lo siguió escuchando todas las noches. A veces parecía permanecer en un solo lugar durante horas y luego se escuchaba aquí y luego allá y luego más allá. No era continuo. Largas pausas ente una y otra risa. Porque eso era, una risa. Magdalena bebía taza sobre taza de café negro y aquel sonido le fue horadando de a poco la calma. Comenzó a hacer las suposiciones más extrañas. “Es Manuel. Ha venido del pueblo nomás para burlarse de nosotros. Trae la inquina en el corazón porque no me fui con él. Yo tengo muchas vacas, me decía. Tan feo y tan presumido. Es él, seguro. Está loco”.
Alcanzó el borde, se dejó caer de rodillas sobre el lodo burbujeante y sintió hundirse. El húmedo cuerpo doliente de Magdalena comenzaba a moverse por dentro, se reacomodaba. Jiar jiar jiar, y esta vez sintió las vibraciones de la risa en su nuca. Arqueó la espalda en un reflejo de espanto y ahí fue cuando la segunda contracción la dejó tirada. Gritó y una burbuja de plomo creció sobre sus labios. En sus ojos cerrados escondía el destello enceguecedor del dolor cortante.
Un sol rabioso lo veía todo desde sus alturas indolentes. Magdalena jadeaba. Sentía como si un puño de alfileres le estuviera rasguñando el vientre y lo único que podía hacer era morirse. Había caído a unos metros de los tablones carcomidos de la casa y ante sus ojos aquella distancia se antojaba infinita: sentía una estaca clavada en la boca del estómago.
Vio a una nube vibrante de mosquitos flotando encima de ella. Eran millones y zumbaban como uno solo. Los vio acercarse muy lentamente. Ella lloraba cuando comenzaron a picarla.
Giró sobre sí misma. La fetidez grumosa le invadió los pulmones y un asco verde y caliente le tapó la garganta. Tosía y lloraba; parecía un pedazo de carne descompuesta. Se apoyó con las manos y una rana petrificada la vio ponerse en pie. Magdalena misma no sabía cómo lo había hecho. Ahí estaba, sobre sus piernas, en trance. El dolor había pasado y ahora era sólo una extrema sensación de fatiga. Cerró nuevamente los ojos y vio círculos brillantes. Caminó así, sin ver a dónde. Sabía lo que iba a ocurrir y abrió los ojos una milésima antes: Jiar Jiar Jiar … lo pudo ver a centímetros de su rostro y esquivarlo. ¿Qué cosa era... eso? Magdalena le vio cerrar las pequeñas alas e introducirse como una serpiente en el agua. Una gota helada de terror cayó por sus espaldas.
Bueno, aquí le paro.
¿Qué?, ¡estás pendejo!
Tengo sueño, mañana le sigo.
No confío en ti.
Pues no importa. Me voy a la camita.
Prométeme que mañana...
No prometo nada. Mañana será otro día.
Te gustaba más el de la tetona, ¿verdad?
Este también me gusta. Pero tengo sueño, ¿entiendes? S-U-E-Ñ-O.
Escritor que no pierde el sueño por escribir, escritor que no quita el sueño a los lectores.
Yo no soy escritor y me valen verga los lectores.
Está bien... ¿ya sabes en qué va acabar?
Más o menos. Se me ocurrieron un par de cosas.
Dame una pista.
Ni madres. Buenas noches.
¿Qué horas son?
5:00 p.m. en punto.
¿Ya releíste?
Ya.
¿Qué escuchas?
El disco Wish de The Cure.
¿Qué fumas?
Delicados con filtro.
¿Qué tomas?
Agua.
¿Qué fumaste antes?
Ya sabes.
¿Empezamos?
Continuamos.
¿Qué demonios era eso? Magdalena pudo ver una especie de hocico afilado y un par de ojos blancos cuando aquello pasó rozando su rostro. Estaba tan asustada que caminó ignorante de su dolor hasta donde la lanchita de Humberto permanecía sujeta al poste de amarre. Era como si el lago entero hubiera sido barrido de toda forma viva y Magdalena ya no veía bambúes, ni escuchaba ranas, ni le picaban los mosquitos. Toda su atención estaba en el sitio donde aquella cosa había entrado. Era largo, lustroso, parecía tener pelaje en los carrillos y las alas.”Maldito, maldito, maldito”, volvió a decir, ahora con voz quebrada de espanto. Su estampa era la de una salvaje sucia y desquiciada. “Maldito, maldito, maldito”. Estaba segura de que aquella cosa se había lanzado directamente sobre ella.
¡Jiar Jiar Jiar!lo escuchó nuevamente a un costado y sintió hormigas rojas saliendo de sus poros. Volteó y sólo pudo ver la cola introduciéndose nuevamente al agua. Magdalena gritó. Gritó como nunca antes lo había hecho. Gritó muchas veces, cada vez más fuerte, desesperadamente. Y todo permaneció igual.
¿Releyendo?
No, fui a orinar.
¿Y ahora?
Releyendo.
¿Qué pasa?
Mira, hay un problema. La cosa es que ya tengo que apresurar el relato porque si no va a ser pura sensación y nada de acción, algo que me caga.
¿Y luego?
Bueno, quiero que Magdalena sufra una última contracción intensísima y que “sienta” cómo se rompe la fuente.
Ya entiendo; no sabes lo que se siente que se te rompa la fuente...
Exacto.
...y quieres encontrar una imagen precisa para describirlo.
Así es, una imagen precisa para describir lo que no sé ni cómo se siente.
Pregúntale a tu mamá.
No es buena idea.
A tu hermana.
No está.
Consulta un libro médico.
¡No tengo!
Estás en el hoyo.
Así es.
Pues pon simplemente, “sintió que se le rompió la fuente”.
Bueno... “rompió la fuente” es frase poética ¿no?. Porque término médico no es, ¿o sí?
Quién sabe. Yo no sé ni a que se refiere con precisión.
Es el momento en el que... la mujer siente que... creo que es como un pedo.
No jodas.
La verdad es que no sé lo que pasa cuando se rompe fuente.
Bueno, algo se rompe, eso es seguro.
“La Fuente”... ¿a qué se referirá? ¿La Fuente de la Vida?
Es probable.
¿La Fuente de Trevi?
No creo.
¿La Fontaine?
Ajá.
Que se rompa una fuente suena a que algo se derrama.
Sí.
¿Sangre?
Sí, eso creo.
¿Placenta?
Creo que... puede ser.
¿Lágrimas?
Muchas, pero esa fuente siempre está rota.
Lo que sí sé es que es el momento en que el alumbramiento es inminente. Es decir, cuando ya viene asomando la criatura.
Eso, ya viene abríéndose paso... Alguna vez escuché que el hombre tarda nueve meses en salir y toda una vida queriendo volver a entrar.
¿Quién lo dijo? ¿Freud?
No, Eddie Murphy.
... ... ... ¡ja!, ya lo entendí.
Vaya... decíamos que es cuando el niño ya siente que le urge salir de tan placentera placenta para venir a meterse a este recochino mundo.
Sí.
Así que la madre “siente”... que ya valió madre.
¡No!
Siente... pues eso, que ya viene. Y supongo que no ha de ser un sentimiento tan “maternal” como lo pintan. Se ha de sentir del carajo.
Bueno, ya. Escribe lo que sea. Recuerda que las palabras no son la realidad sino solamente su pobre interpretación.
O su fabulosa exaltación.
Wathever, escribe.
Cuando tomó rumbo hacia la puerta de la casa, Magdalena sintió primero como si un puño la tomara del vientre. El niño se movía cada vez más dentro de ella. Una punzada ardiente en su espalda baja sacó las uñas y de su entrepierna comenzó a salir un mezcla de sangre y agua sucia. El parto estaba a punto de ocurrir y ella, sin fuerzas y desorientada, no alcanzó más que a subir a la lanchita y recostarse torpemente sobre las redes pestilentes que Humberto había dejado. Respiraba a bocanadas rápidas, con ojos abiertísimos bajo un cielo sin nubes. Ya no podía levantarse. Cada vez era más intenso el deseo de verse libre de aquella carga y la carga misma luchaba por abrirse paso.
¡Jiar Jiar Jiar! El ser alado hizo un arco perfecto para pasar sobre Magdalena. Su longitud era mayor de lo que había creído y ella gritó de espanto y dolor interno juntos. Se apoyó en sus codos queriendo levantarse, pero una nueva contracción le oprimió contra sí misma. Resoplaba, sudaba, gemía. El niño y el monstruo la tenían condenada. La lanchita bamboleaba y el sol le pegaba de frente.
Entonces lo vio arrastrándose en ondulados movimientos. Aquella cosa venía desde el prado de la casa hacia la lancha. Magdalena quedó congelada al verlo tal cual era: una quimera horrenda de lagarto y animal marino. Y lo que ella creyó alas eran en verdad unas extremidades adiposas con las que se empujaba sobre tierra; tenía una larga hilera de dientes pequeñísimos y cortantes, cubierto el cuerpo de un pelaje negruzco con brillos azulados y sus ojos tenían el color del agua estancada. ¡Jiar Jiar Jiar!
Magdalena notó que aquel sonido le salía de una especie de branquias que no dejaban de moverse.
La naturaleza tenía prisa por mostrarse misteriosa. Ella no hacía más que jadear, apretando las redes, cortándose las palmas con sus propias uñas. La cabeza del niño apareció entre sus piernas y aquel ser avanzaba cada vez más cerca. No podía hacer nada. La vida brotaba de su vientre y la muerte serpenteaba con el estómago vacío.
Magdalena movió la pelvis hacia delante en un último reflejo inconsciente y el niño salió como un pez moreno sobre las tablas de la lancha. Una gelatina pardusca resbalaba sobre su blanda carne y se movía angustiosamente. Lo vio ahí, fuera de ella, con el cordón todavía uniéndolos. No podía más. Una fatiga mortal le besó los labios y ya no pudo sostenerse. Escuchó al monstruo que se pegaba a la lancha; cómo trepaba a su interior, cómo se arrastraba a sus pies y sintió la humedad de su cuerpo junto al suyo. Movió la cabeza y solo pudo ver el lomo brillante de la criatura. Apestaba. No podía hacer nada. La cosa se tragaba ruidosamente a su hijo y ella estaba cansada, muy cansada.
Ya.
¿Ya?
Fin.
Pero le falta.
Bueno, eso se soluciona al revisarlo.
Pues revísalo.
Me gusta el final.
Sí, no está mal. Pero como que falta un remate.
Pues ni que fuera centro al área chica.
Qué chistoso.
Ya te dije que esto es sólo lo primero. Todavía hay que limpiarlo, corregirlo y... muchos dicen que se trata de borrar, pero eso no es siempre cierto. A veces hay que agregarle cosas para que funcione mejor. Así que eso es lo que haré.
Bueno, de todas formas aquí estaré contigo.
Sí, y te meterás también al momento de reescribirlo.
Eso ni lo dudes.
¿Y ahora qué?
La verdad, me quedé con ganas de meterle mano a la tetona.
¿Y qué te preocupa? Todo es cuestión de que te pongas a escribir sobre ella.
Habrá que cambiarle el nombre.
Ya se te ocurrirá uno.
Cierto. Lo bueno es que siempre he querido empezar un cuento con “Lo primero que vieron los ladrones al entrar a la recámara fue a Julián haciéndose una puñeta”.
Oh, no. Vas a empezar de nuevo...
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