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La Boda


La Boda / José Julio Llanas




Yo no quería ir. Pero ahí estaba Susana diciéndome: “¡Pero cómo no vas a ir!, ¡ya supéralo!, si en verdad amas a Pamela, demuéstralo, deseamos la felicidad para aquellos que amamos ¿no?, y si esa es su felicidad pues…ni modo“. Y yo ni lo he superado, sabía que me iba sentir bastante incómodo porque seguía amando a Pamela con toda mi alma y nunca aceptaré que casarse con el idiota será su felicidad. No entendí como Susana sí estaba tan deseosa de ir siendo la ex del idiota, por lo que le pregunté con sarcasmo: “Segurito tú ya lo superaste, ¿eh?”, la reté con la mirada, por lo que me contestó muy segura ella: “No. Pero en eso estoy”. Y bueno, pues… fuimos.

Al llegar, lo de siempre, un salón medio elegante, una cena raquítica, música para boda, el borracho que se cree el rey del baile, los niños corriendo entre las mesas, el mariachi… y de repe… ¡lo que detesto!, el parlanchín del micrófono invitando a jugar la víbora de la mar. Susana me tomó de la mano y me dijo: “¡Vamos!”, pero antes arrojó sobre mi cara unas gotas de un líquido de algo, me resistí, lo menos que quería era estar cerca de los novios, pero unos amigos, aliándose a la broma, vinieron por mí y me jalaron para la pista, y allá voy, empujado por todos, percibiendo un olorcillo proveniente de ese líquido raro, con mis gestos de incomodidad… casi a rastras… “A la víbora, víbora de la mar”, ahí estaba Pamela, tan hermosa, arriba de la silla… “por aquí pueden pasar”… el idiota sosteniendo el velo, mirándome con ojos de gran vencedor… yo tragándome la rabia, “los de adelante corren mucho”… Susana en la fila de las mujeres corriendo y saltando alegremente, pero sin perderme de vista… “y los de atrás se quedarán”… luego lo más deplorable, el famoso “beso, beso, beso” que duró una eternidad. Cuando empezó la marcha fúnebre, trataba de hacerme el escurridizo, no sé qué pensaba la gente, el salón lleno de conocidos y la mayoría sabía cómo amaba a Pamela, me sentí observado, muy observado. Luego: “El muerto, el muerto”. Los más escandalosos, como siempre ocurre, ya habían cargado al idiota para lanzarlo por los aires, le quitaron los zapatos al idiota, lo bañaron de cerveza y se veía más idiota; me sentí aturdido, como ebrio pero ni había tomado, Susana, burlona, me empujó, todo pasó tan rápido, Rogelio me dijo: “Ayúdame” pues el idiota estaba pesado, ya sin pensar contribuí a arrojarlo para arriba de los hombros pero no pude con él, y el impulso de los otros fue mayor de la cadera para abajo, sentí un mareo, me fui de lado sobre Roge, se me zafó el idiota y su cabeza fue a dar al piso. Se desnucó. Aquello fue una impresión colectiva. Todos me veían, estupefactos, sí, con ojos acusadores, Pamela corrió enloquecida hacia el idiota, toda asustada, deteniendo la cabeza sangrante de su flamante marido occiso mientras la marcha fúnebre aún sonaba. Y yo asustado, aturdido, lleno de enojo y sueño, buscando a Susana con la mirada, queriendo reclamarle, sólo pude caer inconsciente al lado del idiota, siendo estás mis útimas palabras
“Susana, ye entendí tu punto...”. Sonrío y me dijo: “Yo acabo de superarlo”.






Texto de josejulio agregado el 28-02-2008.
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