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Inicio / Cuenteros Locales / josef / Puerto Montt.

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Puerto Montt.

Conocí tan bien Chiloé…. Cuando lo dejé fue como si hubiera estado una eternidad en un lugar concebido a medida. Las ensenadas y recovecos que conformaban las islas eran una extraña mezcolanza de tierra ajena y sabida. Sin duda pude alcanzar el sentimiento de pasión que mis antepasados experimentaron cuando llegaron a su litoral. Recorrer medio mundo y encontrar un lugar tan semejante a aquel del cual procedían resultaba tan increíble. La Galicia del sur la llamaron con asombro y maravilla. Los poderes ocultos y la hechicería, contenidos en aquellos parajes de España desde hace milenios, viajaron con ellos y en ellos, y una vez allí se fusionaron con otros no menos añejos, los del ritual indígena, unidos constituyeron una pócima de un simbolismo vigoroso y atrayente en ocasiones, pero quizá letal en otras. Lo supe en seguida. Allí encontraron bastante más que una nueva Galicia, pues pese a que en apariencia todo era igual, en realidad no dejaba de ser más que un sueño de coincidencias quiméricas. Estaban en una tierra diferente, impregnada de magia y de poder, y cuando se dieron cuenta de ello, el mismo lugar los mantuvo apresados en la belleza de su simiente...
Dejé con tristeza aquella tierra de la que mis antecesores de la izquierda moderada tuvieron que echar a mis antecesores de la derecha inmovilista a tiros, pues los últimos fueron incapaces de declararse chilenos sin antes desprenderse de su deslumbrante poder de atracción demoniaca e imperialista.

El ferry hendió las cortantes aguas del estrecho. Acomodado en la baranda contemplé discretamente el paisaje azul marino. Llevaba dos noches sin dormir y no lo ignoraba, iba a encontrarme con ella. Permanecía atento en cubierta; el perfil de verdor fascinante de Chiloé me impedía articular un solo gesto. Como para saludar nuestro paso, unos lobos marinos asomaron sus hocicos en superficie. Nunca había visto focas en mar abierto y me impresionó reparar en aquellos bañistas tan similares a nosotros, pero con semejantes extremos de gracilidad.

El autobús salió a la calzada y aceleró con ligereza por un terreno diferente; me di cuenta, la tierra de por allí era negruzca, estábamos en dominios volcánicos.
La terminal de Puerto Montt es un mundo multicolor de movimiento que funciona acorde al de los grandiosos buses transterritoriales que salen hacia el norte, el sur, y viajan a la vecina Argentina.
Como una pulga gigante escupida de su interior me aventuré solo en una ciudad en pendiente donde todo aparece nuevo, brillante y admirable, e incluso el frío, pues una brisa del norte te hiela las mejillas cuando te atreves a desafiarla caminando frente a su poder de seducción de claro origen antártico.
Nada que hacer. El taxi más barato no bajaba de las tres lukas. Una voz cercana murmuró a mis oídos. “¡Bah, el hostal está cerca, muy cerca!” Y fui yo quien se dejó engatusar y por lo tanto, a caminar.
Caminar resulta fácil si se tienen buenas piernas, pero si se carece del entrenamiento adecuado, se porta una mochila de casi treinta kilos a las espaldas, y encima vas cuesta arriba, ya es otro cantar.
Resuellos y unas escaleras de mil escalones. ¡Válgame Dios! ¿Tantos? Arriba una vista divina, siempre que a uno no se le adhiera un mochuelo a su espalda. Me interno en una calle, pregunto por el hostal. Nada. ¿Nadie sabe…? Pues no. En Puerto Montt la población sobrevive impertérrita a las designaciones de las calles; ¿las desconocen? Esa impresión me dio. ¿Y cómo harán para llegar a sus hogares? Al instante lo entiendo; existen dos opciones, dos sentidos posibles; arriba y abajo. A los de arriba les basta remontarse por encima del cielo y a los de abajo dejarse caer en su mullida pendiente hasta llegar junto al mar. Más allá, vigilante y majestuosa, aguardando el día del juicio final, sobresale la cima del volcán Osorno quien ya te cuenta entre sus posibles víctimas y… ¡Basta! ¿Acaso deliras? Algo parecido representas cuando alcanzas el hostal en lo alto de la loma.
Entras sudoroso y te inmovilizas clavado ante una vista alucinante. No puede ser… ¿Ascendiste a los cielos perpetuos? Un ventanal inmenso cede paso a una visión espectacular que, acostumbrados a verla, nadie contempla excepto tú, y con ojos desorbitados. De pronto tienes a un par de monos a tus pies que te observan con seriedad. Te preguntan. ¿Tú… vienes aquí? Pregunta lógica si se tiene en cuenta mi aspecto de criminal planetario. Asiento. Los chicos se retiran y me recibe una mujer menudita que de forma cariñosa me invita a firmar en el libro de inscripciones. Pido un refresco, cualquier cosa vale, necesito líquido. Me ofrece un zumo de naranja. Lo consumo de un trago. A continuación le explico que estuve a punto de reventar en la ascensión. Se ríe; más por seguir el rollo que por admiración. Seguro. Estará acostumbrada a subir y a bajar todos los días. Le ruego me muestre la habitación, pues mi deseo no es otro que el de tomar una ducha y tumbarme a descansar.
Ascendemos unas escaleras que parecen salientes en un barranco de cabras. Abre una puerta estrecha, tan angosta que apenas puedo introducirme con la mochila y ¡oh! La habitación entera es una cama; es decir la cama ocupa la habitación. En cuanto a la ducha, no es más que una mezquina miseria reservada a cucarachas hambrientas. Me da una llave de los cuentos de Andersen y se retira. Permanezco petrificado sobre la cama. Mi frente es un torrente de agua, mis pensamientos cascadas inmortales, mi vida, un sueño eterno. No, no puedo quedarme en ese estado. Qué hacer… ¿Llamo a los bomberos y que me saquen de allí con tenazas? Al fin me desprendo de la mochila y me doy cuenta de que puedo caminar. ¡Internet! Necesito internet soy un internetiano; debo encontrar un lugar adecuado. Mi móvil resulta inútil para hablar, de modo que escribo un mensaje y le pido que llame. Lo hace al instante. Le explico las inconveniencias. Me dice que no dispone de saldo como para hablar más tiempo y que lo resuelva como sea. ¿Como sea? Corta, y me quedo colgado de un hilo quebrado con la mente en blanco.

Deposito la mochila en un rincón, bajo los escalones de alta montaña con precaución, y me veo inquiriendo con desesperación por un ciber a la dueña. Una mujer peligrosa (si le desvelo mis propósitos). Me cede un ordenador en una habitación y al encenderlo me doy cuenta de que se trata de un Pc quinceañero; tal vez de su hijo adolescente, el escritorio es todo un escaparate de monstruos propios de la guerra de las galaxias. Accedo a Google, pregunto por hostales en Puerto Montt, se plasman una docena, pero ¿cómo reservar en tan sólo unas horas? Imposible, necesito desplazarme al centro, y cuanto antes mejor.
Salgo de la habitación, doy las gracias, y exhibiendo una sonrisa de pocker traidor, matizo que voy a dar un paseo.
Desciendo, la calle parece la ramificación de un glaciar en picado, accedo a una arteria principal. Allí comienzo a bracear a todo móvil que se pone a mi alcance. Finalmente un taxi se detiene; de momento estoy a salvo, o eso creo; pues el taxista que me recoge se maneja como un desalmado de fórmula irreflexiva. Lo miro con espanto y la idea brota espontánea.
- Oiga verá… Encontré un hostal por internet. Está ahí, en lo alto de la loma. En aquel barrio. Lo ve...
Se asoma a la ventanilla de forma imprudente, asiente y declara
- ¿Allá? Es un lugar peligroso por la noche.
Me estremezco.
- Ya… Pues verá… En realidad tiene una panorámica de la ciudad excelente. (no quiero resultar grosero en exceso). Prosigo.
- Pero la verdad, la habitación es un desastre y a mi mujer no le va a gustar. La conozco de sobra y…
Me mira.
- ¿Y dónde está?
- Quién…
- Su mujer.
- ¡Ah! Jaaaja. Se reunirá conmigo esta tarde. Viene de lejos.
- Ya…
- La cuestión es… Ya que usted se maneja todos los días por esta bella ciudad. No podría… ayudarme y recomendarme un… hotel u hostal.
- ¿Hotel?
- No… En realidad nos bastaría con un lugar medio.
- ¿Medio? Medio qué…
- Pues sí, quiero decir… Ni demasiado caro ni muy barato. Pero sobre todo que quede por el centro. Mi mujer me ha dicho que en el centro.
Maneja concentrado. No contesta de inmediato. De repente sonríe. Se detiene en un semáforo, se vuelve y comienza.
- Mire… usted (weon debe pensar). Ahora estamos cerca del centro y aquí apenas dos cuadras más adelante hay una calle en la que hay dos albergues. Quizá sean de su gusto.
Ok, déjeme entonces aquí.

Al cabo de media hora estoy por fin acomodado en uno de ellos. ¿Adivinan como se llama? TORREMOLINOS: El nombre de la ciudad más horrenda y turística de mi mediterráneo español. ¡Nunca imaginé…! No… En la vida imaginar tampoco es suficiente…
Ella llega unas horas más tarde. La recojo. Anochece y el cielo de Puerto Montt muestra un espléndido arrebol. Hace un frío helador y ella está más bella que de costumbre. Aunque no viene sola, la vida está plagada de sorpresas. La acompaña Martita, su pequeña de seis años…


José Fernández del vallado. josef. febrero 2008.

Texto agregado el 28-02-2008, y leído por 89 visitantes. (12 votos)


Lectores Opinan
2008-03-11 21:43:21 Ah, qué relato tan divertido. Me hiciste reir, porque reconocí algunas palabras del "lenguaje chileno", que veo que aprendiste, y las escenas que describes de tu azar son bastante graciosas. Caramba qué hazaña, pasar por Puerto Montt solo y sin conocer!! saudade
2008-03-09 22:16:48 Bueno Josef, parecí tu sombra dentro del relato y padecí contigo de claustrofobia en la habitación...Me debió gustar porque me dejaste si aliento..Sigo con el que viene. churruka
2008-03-05 18:01:19 jeee sin duda tu viaje ha tenido alternativas imprevistas. Pero… hay que imaginar los rostros sorprendidos de quienes contemplaron en ti una imagen de criminal planetario!!! shou
2008-03-05 03:26:20 Sigo disfrutando de tu viaje a Chile, me encanta el uso del lenguaje a lo chileno. Medeaazul
2008-03-04 20:48:19 Puerto Montt es en realidad espectacular, buen relato on-line
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