I
Llegué a una calle sin flores con un equipaje ligero.
De un perchero sin frutas colgué la lluvia y anidé en la alfombra.
Tendí telarañas en la cocina y armé un puesto de sirenas cerca de las gaviotas.
Esa era la primera vez que moría en el puerto.
Abrí una mano y encontré dos gotas de maíz bajo el único avispero de la avenida.
Subí a instalar la antena de mi televisor a una nube.
Cuando volví, una mujer anclaba su escoba en mi polvo.
Le pedí que se fuera con sus brebajes.
La tarde pasó a saludarme con sus hijos.
La segunda noche morí casi al alba.
Bajé a explorar el mundo. Había demasiados autos en la avenida.
Mi madre me tomó del brazo y me llevó a volar entre arrullos.
En una esquina recién inaugurada compre un atadillo de mariposas
y las guardé bajo la almohada.
Ahora estaba un niño sentado en la sala, auscultando las marcas a mis manos.
Jugué con él al escondite y encontramos un espejo desbordado de salmones.
Cuando se fue, su abuela lo llamaba para cenar.
Esa noche, la tercera, morí con hambre.
Recogía estrellas en la playa cuando vinieron unos hombres desteñidos a buscarme.
Tenía que volver a confesarme con los curas o iría al infierno.
Necesito unas vacaciones, les dije. Entonces me ataron y me llevaron a rastras.
Fue como sembrar una tormenta azulada en mi pecho.
Mordí a un policía en la calle y empecé a correr.
Para apaciguar el mar de mis entrañas, acuchillé al niño que jugaba con mis cabellos.
El sacristán tocaba el clarinete a la salida de la cárcel.
Esa noche no pude morir.
Sobre el buró estaban las facturas del vuelo.
A Escafandra se la llevaron los militares, castigada.
Con la cabeza baja, murmuraba lo merezco, debí ocultar mi vientre.
Desaté el nudo en mi garganta y aullé el nombre de cada una de las mujeres que me habían abandonado.
Un cerdo acorralado empollaba fotografías pornográficas en un patio cercano.
Otra vez la muerte y el renacer con todas las uñas.
Replegado entre pulpos de magma blanduzco, veo a la gente del mercado.
Compré un cuchillo para cortar mantequilla y corrí.
Compro y sigo comprando. Me sobran las deudas.
Mi abuelo revolotearía en su tumba, si tuviera espacio.
Brotó un árbol negro en el muro donde dejé dormido al niño.
Extendí una sábana limpia y la playa llegó a mi cama.
Un cometa me llevó a su cuarto oscuro.
II
No he vuelto a morir entre las sábanas.
Repetí la oración que me cantaban los ancianos del pueblo.
Ultrajadas van y vienen las esferas mugrosas de los callejones.
Salgo a la calle sin los lirones de mi cumpleaños, mirando a nadie sorbiéndose sus pasos.
En el muelle encontré a mi padre vendiendo camisetas.
En el mercado encontré a mi madrina comprando manzanas.
En una cárcel encontré a una mujer de ojos flamígeros.
En la cantina estaba mi equipaje. Lo tomé y subí al barco.
Ahí estaba mi hermana, pescando marineros.
Bajé al agua, allí un manatí afilaba los clavos de su cruz.
Un planeta de cristal atraviesa mi camarote.
Volví a la playa: no quiero saber de mi familia.
III
Soy como la rana que quería ser auténtica.
Voy a la playa por las noches, cuando no hay barcos
y las termitas devoran la madera de las gaviotas.
Me regalaron un cuenco de lombrices.
Esto es la víspera de un acantilado.
Miope, gritaron desde un puente.
No volveré a la playa.
IV
Clausuré las ventanas y eché el candado a la puerta.
Mordí los helechos de mi madre y quemé las fotografías.
...
Inventario:
Cuatro paredes Un sofá Una cama Dos juegos de sábanas Siete almohadas Diecinueve marcas en la espalda Ochenta y seis timbres postales Un televisor Once cucarachas Diez cucharas Una alfombra que decía ser persa Cinco fantasmas Un temor Dos bolsas de semen Un arma La única fotografía de Ella.
...
El polvo anida como un ave caliginosa en las barreras de esta cárcel.
Las horas se arrastran como soldados heridos por la metralla de su patria.
Las hojas del techo caen, en un otoño premeditado y angustioso.
Alguien silba allá afuera, un avión se estrella en medio de mi noche
y la incendia con sus alas de paloma estéril.
Izado, mi sexo boga por el mar frenético de las sábanas, a ratos náufrago o iceberg.
Llaman con golpes a la puerta. No estoy.
Siguen golpeando, no puedo morir.
...
Hoy han vuelto con una bazooka: soy inmune a sus artificios.
Cuando corran la cortina estaré postrado en otro rincón.
...
Chapoteo en la sangre del excusado. Lo maté por su ruido.
Me estoy volviendo loco, este silencio es demasiado estrecho.
Alguien más ha llegado a hacerme compañía.
Grito. La garganta de mi nuevo amigo sólo sabe dar relinchos. Golpeo.
Mastico el hielo de su témpano. Conocí nuevas profundidades.
Soñé el puesto de sirenas, en ruinas sepias.
...
Algo ha ocurrido allá afuera...
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