«MIS CONSEJOS PARA DESHACERSE DE LAS SUEGRAS»
GUILLERMO SOUBELET
«Tengo insomnio. Siempre lo tuve, ya desde joven. Es más: sospecho que ya en mi etapa intra uterina sufría de insomnio. Así que no es raro encontrarme a las tres de la mañana __ mientras los demás disfrutan del sueño de los inocentes __ en bata y pantuflas, a oscuras, mirando la tele.
Claro, los programas que pasan a esa hora (excepto que seas un maldito afortunado de los que están suscriptos a los canales porno) son una verdadera porquería. Imagínense como serán que el más entretenido que encontré es uno sobre experimentos científicos. En fin, resulta que estos tipos los científicos saben muchas cosas que nosotros, los que no usamos guardapolvos blancos, ni anteojitos ni jugamos con tubos de ensayo, no. Algunos de ellos mezclan determinados productos químicos y hacen medicamentos. Otros inventan explosivos. Otros plaguicidas. Todo así. Y estos tipos hablan dando por sentado que los televidentes comunes poseemos conocimientos para ellos básicos. Va ejemplo: «… y, como todos sabemos, entre los altos explosivos figura la dragonita. Y la dragonita es hija, por decirlo así, de un explosivo considerablemente más débil llamado glacco. Glacco engendró a dragonita, como si dijéramos, y ambos son descendientes de la pólvora, la dinamita y el TNT. Además, mezclando ácido sulfúrico y ácido nítrico formaremos lo que se ha convenido en llamar nitroglicerina. Y, como sabemos, amigos, cuando dicha mezcla se realiza bruscamente y sin las debidas precauciones, inmediatamente se produce una brusca elevación de la temperatura seguida de la explosión»
__ ¡¿«Cómo todos sabemos»?! ¡Yo no sé nada! __ suelo gruñirle al televisor… e inmediatamente llegan los gritos de arriba, de mi esposa o hijos: ¡Acá estamos durmiendo!
Vaya uno a saber porqué, para los insomnes, las horas de la noche son proclives a hacer brotar en sus mentes las ideas más espantosas. A solas, durante el silencio de las noches, nuestros odios y miedos se convierten en verdaderas ideas fijas. Y yo no soy la excepción. De manera que en esas frías noches insomnes me dedicaba a deleitarme con mi principal odio en la vida: mi suegra. Y no solo después de casado: la realidad es que, incluso a los primeros días de mi noviazgo le profesaba ya a esa mujer pavorosa que se convertiría en mi suegra una de esas aversiones que desencadenan en el corazón del más dulce de los hombres un odio sin límites, un aborrecimiento que alcanzaba con verla para que se me aparecieran imágenes del más furioso canibalismo. Entonces, durante aquellas noches de tele y café, decidí asesinarla. Sí, matarla, ¿porqué no? Pero, matarla ¿cómo? Tenía en claro que el asesinato es un deporte que, aunque no se difunda mucho __ y sin que importe a quién uno mate, sea o no a mi suegra __ alcanza para motivar la antipática visita a la casa de uno de esos únicos empleados estatales a quienes les está permitido amenazarnos con armas y ya no con cartas documentos, es decir: la policía. Era menester, pues, que ideara un modo de deceso suegreríl que descartara toda sospecha hacia mi persona y desafiara impúdicamente la investigación de nuestros más sutiles sabuesos.
Bueno, la cuestión es que mientras esta idea germinaba en mi cerebro, en el programa nocturno de los científicos apareció un gordito de anteojos con cara de bueno que explicaba __ como si hablara de cómo hacer caramelos con miel __ un sencillo método por el cual, empapando en ácido nítrico el simple algodón, éste es convertido en un explosivo altamente inflamable llamado Algodón Pólvora.
Me interrumpo para reír y reír. No se enfaden conmigo: necesito reír un rato más.
Mi suegra era un enemigo extraño, impredecible. Ella sentía por mi persona el mismo aborrecimiento que sentía yo por la suya. Y, naturalmente, como consecuencia del odio que yo le profesaba, jamás la visitaba. Que yo sepa, nadie en su sano juicio se obstina en pasar momentos desagradables yendo a visitar __ por propia voluntad __ al motivo de su odio. Ella, sin embargo, y rebatiendo este elemental postulado, nos visitaba todos los fines de semana. Durante el verano ella acostumbraba a vestir, de pies a cabeza, con ropa de algodón.
__ ¡Nos hay nada más sano __ se complacía en repetirme una y otra vez __ que el algodón!
Cierta tarde mi esposa me pidió que me encargara de retirar la ropa que habíamos llevado a Laverrap. Una vez de vuelta en casa y a escondidas, abrí la bolsa y separé las distintas prendas del vestuario habitual de mi suegra para la hora del té en el jardín. Medias, pantalones, camisa, pollera, blusa e incluso su ropa interior (esto último no fue nada agradable de tocar pero el fin justificaba los medios). Sigilosamente bajé al sótano y me aboqué a la sencilla operación mediante el cual el apacible algodón se transforma en el temible algodón pólvora. ¡Soy un muchacho loco! Inmediatamente después dejé, prolijamente dobladas sobre su cama, las prendas de su preferencia.
Aquél día brillaba un sol terrible (necesito reír un rato más) y la aborrecible longeva, sentada en un banco al sol, se deleitaba no sé con qué inepta literatura para subnormales. Yo (sonriendo como un lobo y escondido en los techos cerca de ahí) armado con una gigantesca y poderosa lente (una especie de lupa gigante con el diámetro de una rueda de tractor) proyecté sobre la repelente mujer un intenso y fulminante haz de rayos solares (cuyo poder calorífico fue multiplicado cientos de veces por la poderosa lupa).
Quiero tranquilizar la conciencia de los más impresionables de mis lectores asegurándoles que todo fue muy rápido. Un violento alarido, una enceguecedora llamarada seguida de un fuerte ¡PLOP! como de cuento de hadas, y después: nada.
Una hora mas tarde __ yo ya había desmantelado mi lupa mortífera__ y luego de husmear entre las cenizas, el médico forense dictaminó que mi suegra había sido con toda seguridad una alcohólica inveterada; y que la sociedad debía ver en este accidente solo un curioso caso de combustión espontánea debido a la acción de los rayos del sol con el vergonzoso alto grado de alcohol acumulado en su organismo.
Respetuoso como soy de las autoridades, no me pareció necesario contradecir al especialista»
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