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Inicio / Cuenteros Locales / Aristidemo / Yo

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Había una vez un Yo que se dedicaba al contrabando de lagartijas.
Era un Yo muy tímido y hermoso que nada de fulastre tenía.
Este Yo soñaba muchas cosas. Soñaba, por ejemplo, en cajetillas de cigarros
Llenas de monedas,
Que tomaba entre sus manos y aventaba furiosamente a la cara de seis personas:
1. Una señora como de cuarenta y cuatro años que apenas salía de su coche.
2. Un anciano soñoliento, recargado en la escalinata umbría de un portón.
3. Un tipo que leía en el periódico la sección de clasificados.
4. Un niño de trece años que se dirigía a la escuela.
5. Un extranjero que consideró buena idea doblar por esa esquina a la derecha.
6. Un maricón que regresaba a casa después de una noche voluminosa.

Yo se preguntaba porqué esos sueños cuando él tan en paz estaba, tan relajado, alejado, elegido empleado del mes doce meses seguidos.
Era un Yo al que pocas veces le sucedía algo de eso que la gente considera memorable. Había sido asaltado un par de veces, tenía un hijo con su prima (aunque su prima se encargó de que su marido no lo supiera), formó parte del Batallón 14, falange independentista, famoso por su importantísima participación en la victoria final; portero por cinco años de la selección nacional, elegido tres veces mejor jugador del año; actor en más de diez cintas en doce idiomas diferentes (en una de ellas interpretó a un marroquí asesino a sueldo y a un famélico policía inglés, los dos al mismo tiempo); investigador adjunto a la facultad de microbiología; espectador en segunda fila del concierto que Mike Oldfield ofreció en Berlín para celebrar la llegada del año 2000; peatón neoyorquino un año después, el 11 de septiembre; corredor de autos; cartero por hobbie; e inspector de salubridad.

Pero, además de eso, nada.
Un Yo como cualquier otro de los que por ahí andan, con sus penas y sus deudas, sus pedos y sus moscas…

Además de soñar cosas como
Las que ya dijimos
Yo se quedaba parado varias horas, cada sábado, frente a los cristales de una tienda de electrodomésticos, mirando fijamente una wafflera con teflón. Yo tenía dinero suficiente para comprar no una ni dos o tres sino docenas de waffleras más caras. Pero, ¿quién sabe por qué no lo hacía? Yo se iba a plantar todos los sábados frente a la tienda esa, unas cinco o seis horas, y luego se desentumecía dando una vuelta por las calles verdinegras de la ciudad.

Un sábado, luego de su manía, Yo pensó en que sus sueños, tal vez, eran premonitorios. Pero luego se le atravesó un niño en patineta y se puso a pensar en cosas como la nivelación de la banqueta por donde andaba o lo sucio de las jardineras a su paso o la hora en que el frío comenzaría a calar. Luego tuvo que detenerse ante la indicación en el semáforo y pensó en su familia que debería estar viendo la tele, y luego en los índices de violencia que han crecido alarmantemente, para acabar recordando que había dejado la olla de frijoles sobre el fogón. Yo reaccionó intempestivamente y se dirigió corriendo a su casa. Pasó nuevamente frente a la tienda y, sin poder evitarlo, se quedó otras cuatro horas viendo la wafflera. Cuando cerraron el comercio, Yo no pudo recordar lo que anteriormente le había disparado. Otra vez dirigió sus pasos hacia un parque en dirección contraria a su casa y se sentó en una banca. Estuvo un rato viendo a un borracho alimentar a las ardillas y, sin proponérselo, se quedó dormido.

Soñó que cargaba un bote grande de gasolina
Y entraba sigilosamente a un asilo de ancianos.
Atravesaba un largo pasillo blanco
Decorado con encefalogramas, corazones secos
Y fotografías digitales de tumores cancerígenos.

Giró la perilla de una puerta gris
Para entrar a un cuarto con al menos cincuenta viejos
dormidos.
Caminó como dentro de la toma de una cámara
con filtro azul
Hasta quedarse parado al centro de la habitación.

Y luego, en escenas editadas, comenzó a rociar los bultos bajo las sábanas.

Cuando prendió el fuego,
Las flamas hicieron su trabajo
En el más absoluto de los silencios;
No se movió un solo cuerpo
Y Yo no sintió calor.


Al despertar, Yo estaba maquillado y vestido como payaso. No se dio cuenta cabal de esto hasta que comenzó a caminar y sintió que sus pies eran notoriamente más pequeños que los zapatotes anaranjados con puntos morados que los cubrían. Una pareja de obreros chaparritos pasó cargando un largo espejo de pared justo donde Yo se encontraba y así pudo comprobar lo profesional de su vestimenta; peluca azul y nariz bola roja incluidas. Los obreros le sonrieron y Yo contestó con voz chillona: “Chaubáiii, amiguitos”, para taparse inmediatamente la boca, sorprendido de su acción . Los chaparritos ya no tuvieron tiempo de reflejar la crisis repentina en la que Yo estaba, apurados por llegar al muro de donde colgaría el espejo. Yo se hizo tres preguntas:
1. ¿Por qué estoy vestido y maquillado como payaso?
2. ¿Por qué siento esta sensación de sentir cosas que creo ya había sentido?
3. ¿Qué horas son?

- Las diez y cuarto – le contestó una anciana de lentes oscuros y dentadura más grande que la boca.
- Gracias – (todos los diálogos de Yo son con voz chillona, reprimiéndose al término de cada frase)
- Oiga, señor payaso –dijo la vieja-, ¿puedo hablar un momento con usted?
- Señora, no me lo tome a mal, pero tengo que llegar a mi casa.
- Le quiero ofrecer un trato. ¿Cuánto cobra por una función?
- Señora, no sabría cómo explicárselo, porque ni yo lo sé, pero no soy payaso…
- ¿No es payaso?
- No soy payaso.
- ¿Y por qué anda vestido como payaso?
- No sé. Así desperté…
- ¿Despertó payaso?
- Qué payasada, ¿no?...
- … No es gracioso.
- Le digo que no soy payaso.
- Pues no importa; para el caso es lo mismo.
- ¿Cómo que lo mismo?
- Lo mismo. No importa. No lo quiero como payaso.
- ¿No me quiere como payaso?
- No.
- ¿Y cómo para qué me quiere?
- Como para marido.
- ¡Señora!... Disculpe usted, pero no tengo tiempo…
- Será solamente por una noche, no sea tonto.
- ¡Señora!... Disculpe usted, pero se me hace tarde…
- Espérese, hombre. Escuche lo que tengo que decirle y ya luego decide qué hacer. ¿De acuerdo? (Tiempo. Yo accede) Mire, me estoy mudando a una casona aquí cerca. Esa casa perteneció a mi padre hace más de setenta años. En ella nacimos yo y todos mis hermanos. Allí murió mi padre y mi madre se volvió loca. Allí pasé veinte años de matrimonio con un hombre al que lo único que le interesaban eran las flores. Críe seis niñas y a un niño prieto que murió de difteria a los seis años. Luego me mudé a España con un hombre que me volvió loca con sus cartas de amor. Él era menor por media docena de años y yo me sentía la docena completa más joven. Viví en Europa, en cada una de sus clases sociales. Tuve y pedí. Regalé y volví a tener. (Transición.) Mi amante murió hace un año, ahogado en un río portugués, dejándome con la bolsa llena de carteras llenas y el corazón más vacío que su ausencia. Lloré hasta caer en coma. (Tiempo). Mis hijas me encontraron en un hospital de Madrid, luego de veinte años sin vernos. Para mí fue terrible; no sabía si todo lo anterior había sido tan solo el onírico transcurso del comatoso o una realidad aun más confusa. Ellas me convencieron de regresar a este país, a esta ciudad; me quieren tener cerca. Sabe, yo las quiero a todas, son buenas mujeres. Pero a los que no soporto es a sus maridos. Todo son alacranes e intrigantes. Se la pasan hablando entre ellos, ¡como si yo no supiera de qué! Andan sobre mi dinero, sobre mis propiedades. ¡Quieren verme muerta, pues! Y ahí es donde usted entra.
- ¿Yo?
- Usted.
- ¡Cómo!
- Va a acompañarme hoy, vestido así de payaso, a una cena en la que lo presentaré como mi marido.
- …No entiendo.
- Le pagaré diez mil dólares por su ayuda.
- Comprendo perfectamente, ¿dónde dice usted que vivimos?
- ¡Ah! ¡Pero si sí es chistoso!
- Soy un excelente payaso.
- ¿Y dice usted que despertó así?
- Era el destino, darling.

(Yo ofrece la mano a la vieja y salen de escena. Antes de cruzarla por completo, Yo saca una bocina con perilla de uno de los bolsones de su traje y la aprieta tres veces. Ríen)

Lacenaestuvoasí: Yo se sentó junto a la anciana, para regocijo de sus nietas (todas niñas rubias altas delgadas bellas) (seis), justo después de que todos los invitados estuviesen sentados ya. Apareció de golpe por la puerta de la cocina con una charola en la que llevaba un florero, un jarrón con agua y un pollo de plástico. Se tropezó, efectivamente, con el filo de la alfombra persa, y tiró todo sobre la culta persona de uno de los yernos (en este caso, el más viejo de los alacranes). El jarrón estaba pegado a la charola y no pasó de un chapuzón de agua helada y un pollo de plástico sobre las piernas, pero al destinatario no le gustó la broma. Se levantó el yerno con desencajado cejo, bigote morsa, facha Morse, frac, y soltó un bofetón que Yo supo esquivar a tiempo, agachándose, provocando que la inútil palma del resentido fuera a estrellarse en el rostro de su esposa, la más vieja de las hijas. Entonces las niñas se carcajearon y Yo se sentó junto a la vieja. Pronto estuvieron de pie todos los demás yernos, hijas estupefactas, nietas aplaudiendo, abuela feliz. Los cuñados uno dos y tres atacaron caminado en sentido de las manecillas del reloj y los cuatro cinco y seis al contrario. Yo se metió bajo la mesa, salió por el otro lado, besó a la más joven de las hijas y corrió para ser perseguido-perseguidor. A la abuela le enfureció ese ósculo inesperado y se puso de pie en el justo momento en que Yo se dirigía hacia ella. La vieja lo recibió con un golpe directo a la boca, finamente acomodado, con la empuñadura de un bastón recubierto de plata. Yo cayó noqueado y los yernos uno cuatro y cinco alcanzaron a darle su respectiva patada. A un grito de la anciana, todos detuvieron sus intenciones. Se serenaron. Se sintieron un poco apenados. Se reconciliaron con el payaso y entre todos se encargaron de reanimarlo, sentarlo en una silla, echarle aire, bofetaditas, revisión de párpados. La abuela ordenó sentarse nuevamente a todos, dejar en paz al paciente. Ya se recuperaría. Después de un lapso incómodo, a alguna de las hijas se le ocurrió elogiar el sentido del humor de la abuela. Pronto se unieron al aplauso los yernos caballeros. La anciana volvió a ordenar silencio. ¿Cuál broma?, preguntó. Este que ven aquí es mi marido. Silencio. Luego es el yerno tres quien elogia su sentido del humor. Todos vuelven a la payasada. ¡Que no! No estoy bromeando. Hoy por la tarde me casé con este señor que ustedes ven aquí. Su profesión o su prosapia es lo que menos me importa. Le quiero, me quiere, nos queremos. ¡Pero mamá!, ¡estás loca! No, hijita, no lo estoy. La verdad es que fui yo quien le propuso esta farsa, hoy al mediodía, sin saber que sería flechada tan profundamente. No estoy loca. Es peor: estoy enamorada. ¿Y por qué le propuso usted la farsa? ¿Cuál era su intención?, preguntaron el yerno dos y seis. ¿Por qué nos hace esto?, remató el yerno uno. ¡Víboras!, rugió la anciana, poniéndose de pie, lo que provocó que su dentadura volara hasta caer dentro de la cazuela de mole verde. Las nietas se rieron como un corillo de demonios. Ninguno de los yernos le ofreció ayuda. Las hijas seguían estupefactas. Yo, nada. Y así sin dientes, luego de recuperarse, la vieja declaró profusamente sus razones para llamar de esa forma a todos y cada uno de los maridos de sus hijas, en un contundente discurso caracterizado por el sonido pastoso de las pes, las tes y las eñes. Doce minutos después todos los invitados se habían largado, entre la indignación, la pena y la más absoluta incomprensión. La vieja se sentó nuevamente junto a Yo, le observó cariñosamente, acariciando los pelos azules de su peluca, pasando el dorso de su mano sobre la maquillada mejilla. ¡Quién lo hubiera dicho!
Yo parpadeó, despertando.





¿SON TIEMPOS ESTOS DE PERMANECER INDIFERENTES, DE SER CÍNICOS Y OPORTUNISTAS? –vociferaba Yo al frente de aquella masa gigantesca de playeras rojas y cabelleras parduscas- ¿SON ÉSTOS LOS DÍAS QUE DEBEMOS DEJAR IR? ¿EN VERDAD TODAVÍA PODEMOS? ¡MIREN A SU ALREDEDOR, VEAN A SU VECINO, A SUS HIJOS; VEAN SUS CALLES, SUS CASAS, SUS LUGARES DE TRABAJO! ¡BÚSQUEN DENTRO SUYO! ¿QUÉ ENCUENTRAN? ¿HAY ALGO QUE EN VERDAD LOS DETENGA? ¿NO HEMOS PERDIDO YA CASI TODO? ¿NO NOS LO HAN ROBADO? ¿NO HEMOS SIDO NOSOTROS LOS CÓMPLICES PERFECTOS? ¡ES HORA DE TENER VERGÜENZA, DE DECIRNOS A NOSOTROS MISMOS TRAIDORES, COBARDES, NEFASTOS! ¡BASTA DE EXCUSAS! ¡BASTA DE DEJARLO PARA MAÑANA; PARA ALGUIEN MÁS! ¡DE QUÉ ESTAMOS HECHOS, CARAJO! ¡ESTAMOS PERPETUANDO EL VENENO, LA ADORMIDERA! ¡LE ESTAMOS LEVANTADO ALTARES A LA IDIOTEZ! ¡PARECIERA QUE NOS HAN CASTRADO, QUE NOS HAN TREPANADO, QUE NOS HAN AMPUTADO LAS MANOS, Y NOS LLEVAN AL MATADERO CON UNA CORREA AL CUELLO! ¡BASTA! ¡ESTOY CANSADO DE VIVIR ESTO, DE VIVIR ASÍ, DE SIEMPRE DESEAR, DE NUNCA TENER, DE SOÑAR DESPIERTO Y NO PODER DORMIR! ¿ES QUE NO SE DAN CUENTA? ¿ES QUE NADA SUCEDE? ¿NO ESTAMOS YA MÁS ALLÁ DEL FINAL? ¡CARAJO! ¿QUIÉN ES TAN CARADURA PARA ANTEPONER LA TRANQUILIDAD A LA LIBERTAD? ¿QUIÉN LAS SIGUE CONFUNDIENDO? ¡DIGNIDAD, COMPAÑEROS, HERMANOS, AMIGOS! ¡DEBEMOS RECUPERAR LA DIGNIDAD, EL VALOR, LA CONFIANZA! ¿A QUÉ SEGUIR CONSERVANDO LA APATÍA? ¡SEAMOS HOMBRES! ¡HAGAMOS DE NUESTROS PREJUICIOS DIVERSIDAD; DE NUESTROS TEMORES COMPRENSIÓN! ¡NO HAY IDEOLOGÍA QUE VALGA SI NO PUEDO SALIR A LA CALLE SIN SENTIR MIEDO; NO HAY CONOCIMIENTO QUE SIRVA SI SOLAMENTE SIRVE PARA CONSOLARSE! ¡SON EL HAMBRE, LA MUERTE, EL ODIO Y LA MISERIA! ¡SON EL PAN Y EL AGUA QUE COMPARTIMOS! ¡SON LOS SUEÑOS ARCHIVADOS, LOS “PUDO HABER SIDO”, LAS COSAS QUE QUERÍAMOS SER ANTES DE BAJAR LA GUARDIA! ¡BASTA! –Yo hace aquí una pausa, constipado por el furor de sus propias palabras. La masa gruñe en un efecto secundario; se inquieta y sube su temperatura. Yo aspira profusamente, se lleva la corbata a la frente y la regresa empapada. Siente venir de la multitud una fuerza eléctrica, una ola que asciende, y por un momento se le hace insoportable. Quiere largarse de ahí, correr, esconderse bajo la cama. Dirige su mirada al cielo y no hay una sola nube en la cual detenerse. ¿De qué está hablando? ¿Qué está haciendo? Yo es oprimido por la repentina conciencia de su pequeñez, y al mismo tiempo es capaz de verlo todo desde una distancia inmensa: la multitud es aun más pequeña; un hormiguero al que sólo es necesario darle un zapatazo y atosigar a los sobrevivientes. ¿Qué va a decir ahora? La repentina claridad le ha vaciado de motivos. - ¡ES HORA DE DESPERTAR, HORA DE REBELARNOS Y HACER SENTIR NUESTROS PASOS! – prosigue Yo, en el mismo tono exaltado de antes - ¡ES TIEMPO DE SABERNOS DUEÑOS DE NOSOTROS MISMOS Y QUITAR DEL CAMINO A TODO AQUELLO QUE SE INTERPONGA ENTRE NUESTROS DESEOS Y SU CONSECUSIÓN! ¡NO HAY LUGAR PARA LA COBARDÍA, NI PARA LA CONDESCENDENCIA! ¡AQUEL PUSILÁNIME QUE PIENSE QUE ES DEMASIADA CARGA, QUE SE LARGUE DE UNA VEZ! ¡TODAVÍA ESTÁ A TIEMPO! ¡LUEGO NO HABRÁ MISERECORDIA, NI PERDÓN! ¡NO SOPORTAREMOS A UNO MÁS DE ESOS ESPECTADORES, DE ESOS LADRONES! ¡NO PELEAREMOS PARA DARLE AL QUE NO HA DADO NADA! ¡YA NO! ¡HABRÁ QUE ANTEPONER LA CAUSA A CUALQUIER OTRA COSA! ¡SI ES NUESTRO PADRE QUIEN NOS DETIENE, CORTAREMOS LA CABEZA DE NUESTRO PADRE! ¡SI ES NUESTRO HIJO, CORTAREMOS SU CABEZA TAMBIÉN! ¡ÚLTIMA LLAMADA! ¡CORRAN, MAÑANA SERÁ TARDE! ¡ESTE ES EL PRINCIPIO DEL FIN! ¡NOS HAN TOMADO POR INOFENSIVOS, NOS CREEN DOMADOS! ¡SE HAN ENCARGADO DE CORROMPERNOS CENTÍMETRO A CENTÍMETRO! ¡SOMOS NOSOTROS QUIENES LOS DERRUMBAREMOS AHORA! ¡USAREMOS SUS MISMAS ARMAS, SUS MISMOS MEDIOS, SUS DISFRACES Y VENENOS! ¡HAN COMETIDO EL GRAVÍSIMO ERROR DE SUBESTIMARNOS Y HEMOS APRENDIDO CADA UNA DE SUS TRAMPAS! ¡ES HORA DE QUE SEPAN EN DÓNDE ESTÁN PARADOS Y QUIÉNES SOMOS NOSOTROS! (Aplausos enardecidos, gritos, consignas. Yo tiembla de pies a cabeza, en una tensión que se desgañita y para de repente. No sabe qué lo impulsa de nuevo. Se sabe loco, perdido, poseído. ¿Qué demonios está haciendo? Está fatigado. La muchedumbre se transforma en una mermelada de carne frente a sus ojos. La ola está hirviendo y se escuchan gritos en los que crecen mechones de cabello y puños ensangrentados. Yo no para de temblar; algo se ha formado dentro de su vientre, una bolsa de cemento. Transpira. Otra vez el cielo, el brillo que lastima, la nada. Él tan pequeño. ¿A dónde los lleva?

Una parvada de diez aves blancas cruza el cielo en formación triangular).

Para terminar, hay que decir lo que hizo Yo el último día de su vida. La noche anterior había sido particular: no soñó nada. Se levantó cuando el sol rayaba sobre los muros: ¡Despierten, hato de huevones!, y el rocío humedecía la parte baja de las ventanas. Maravilloso. Qué chingón levantarse temprano, aspirar uno dos tres, sentirse bien, con una erección olímpica, en una casita en medio del campo. La casita era de su tío Ello, un buen tipo al que le sobraba el dinero y le faltaba el tiempo para disfrutarlo. Poca madre. Ora sí que a relajarse, a dejarse ir, a prender dos cigarros al mismo tiempo y fumarse un tercero, luego de desayunar unos ovarios con salsa ranchera, un vaso de leche bronca, a todo dar. Yo vino a escribir un libro. Dijo: he estado soñando cosas muy raras desde chiquito y voy a escribir una novela con eso. Compró dos cuadernos tamaño profesional cien hojas cuadrícula chica, cuatro plumas Bic negras punto fino, un diccionario sinónimos antónimos, cien años de soledad en edición especial, y un sombrero de paja muy feo. Parecía de maricón. Llegó a la casita y lo primero que dijeron los empleados fue eso: “Es maricón”. Yo se instaló en la recámara principal, salió a dar una caminata por el paseo de fresnos, regresó para cenar un panqué y café con leche, se acostó temprano y esa noche no tuvo sueños. Se levantó cuando el gallo cantaba: “Aaarrreee, cabrones!”, y el cielo comenzaba a degradarse en azules. Dijo: no es necesario comenzar mi novela ahora. Iré a dar una vuelta por los alrededores. Yo se sonrío al escucharse hablar así, “¿Una vuelta por los alrededores?”, ¿Cuándo vergas había usado esa oración? Never de limón. Yo estaba comenzando a hablar como literato. Se sintió bien, se sintió orgulloso, se decidió a salir entonces, pidió que le prepararan un caballo porque quería salir a montar por las praderas, y le informaron de que ahí no había caballos, que era casita de campo, no un rancho ganadero, no sea pendejo pinche maricón, pensaron. Así que Yo emprendió rumbo al monte, sin caballo pero no menos contento. Como buen hombre de letras, Yo se puso de inmediato a conceptualizar su obra, a desgranar las milpitas de su cerebro, a buscar el pie desnudo de la musa. Anduvo y anduvo, y después de tanto andar, llegó a una casita de campo que le resultó muy familiar. Se detuvo a unos metros de la entrada, sorprendido. Dijo: creo que caminé en círculos. E iba a emprender nuevamente la marcha, cuando de la puerta vio a salir a un tipo con un sombrero muy puñalón. Casi sufre un infarto al percatarse de que era él mismo, Yo, saliendo a pasear,
Viéndose venir hacia sí mismo, Yo corrió a esconderse detrás de un sauce llorón. El otro Yo no distinguió a aquél que corrió nomás verlo, pero no se preocupó. Gente del campo, pensó, tímida y buena. Y comenzó a andar con paso alegre con dirección al monte sin darse cuenta de que era perseguido por Yo, su igual. Este Yo no tardó en soltar frases al viento. Hablaba de algo que tenía que comenzar, de cómo comenzar algo, de comenzar. Anduvieron ambos, un Yo tras otro, uno espantado de verse fuera de sí y otro perdido en lo más profundo de sí mismo. A Yo se le había ido el habla y se perseguía en una especie de trance, fascinado, espantado de ya no saber si esto era la vigilia o el sueño. Pero sucedió que en su deambular se topó con que el otro Yo se topó con una casita que les resultó muy familiar a ambos. Yo dijo: ¡Basta!, y dirigiéndose hacia donde Yo estaba, gritó: ¡HEY!, el otro Yo se quedó estupefacto al ver a un payaso dando zapatazos en su dirección. Al mismo tiempo, de la casa salía un tipo con sombrero de maricón, y detrás de él un grupo de seis hombres uniformados lentes negros armados, su guardia personal, desentonando con el desenfado campirano de este Yo que salía a caminar por la mañana para despejar sus pensamientos, para meditar acerca de algo que tenía que iniciar, algo de lo que él era responsable, algo inaplazable. Tomó rumbo hacia la vereda en que sus iguales ya habían dado comienzo a esta conversación:
- ¿Qué pasa? – dijo Yo, sorprendido de ver a un payaso etc.
- ¿Cómo que qué pasa? – dijo Yo con voz chillona - ¡Oh no!
- ¿Qué pasa?
- ¡Esta maldita voz!
- ¿Qué pasa con su voz?
- ¿Cómo que qué pasa?
- Es voz de payaso.
- Yo no soy payaso.
- ¿No es payaso?
- No señor.
- ¿Y qué hace vestido de payaso?
- ¡Oh, no!
- ¿Qué pasa?
- Mire, no es tiempo para explicaciones. Ese que viene allá soy yo y usted también.
- ¿Yo?
- Yo.
- No entiendo.
(Yo se acerca, seguido por sus guaruras, y pronto está a un paso de los otros)
- ¡Alto ahí!
- ¿Qué pasa?
- No sé, este payaso dice que… oh, no.
- ¿Lo ve? Idénticos.
- Pero, pero…
- Es lo que trato de explicarle. Somos el mismo.
- ¿Quiénes son ustedes?
- Yo soy Yo.
- Y yo también.
- No puede ser, yo soy Yo.
- ¿Qué hace usted aquí?
- Yo vine a empezar…
- ¡Yo también!
- ¡Yo también!
- Esto debe tener una explicación.
- Asombroso.
- ¿Por qué nos apuntan estos guardias?
- ¿Eh? Ah, muchachos, no pasa nada, son… Yo.
- Pero no puede ser, yo soy Yo.
- ¿Por qué nos siguen apuntando?
- Muchachos, bajen las armas.
- Me voy a volver loco.
- Yo también.
- No siguen apuntando.
- ¡Qué bajen las armas, con un demonio!

Pum.
Pum.
Pum.


- ¡Uf!
- ¡Ay!
- ¡Mgm!




Corte comercial.







































Texto agregado el 04-03-2008, y leído por 284 visitantes. (14 votos)


Lectores Opinan
2008-04-25 06:53:45 tiene algo de Rabbit y por eso mismo creo que puede funcionar como obra teatral; la parte en mayúsculas me sigue conmoviendo. litia
2008-04-11 16:04:34 mmm... y de verdad que era bueno , necesitaba empezarlo y por fin ! espero no encontrarme con mis otros yo en el camino . judith13
2008-03-13 08:03:44 De estos cuentos me alimento... marBin
2008-03-10 19:19:14 ¡vaya! Surealista, hilarante, genial. justine
2008-03-06 15:27:45 Mano, no huevees a Freud ni a Joyce ni al Eyo... ¡HEllo! SeeYolater! quilapan
2008-03-06 01:49:29 A mi madre debiera enseñarle mi pene tal vez se convenciera de que ya no soy un niño A ti también que te asustas cuando lees pene debiera enseñártelo tal vez así dejarías de asustarte A mi papá también para que deje de aliarse a mi madre (o tal vez no debiera enseñar nada: no vaya a ser que consideren mejor reventarme los pulmones) (C.a) collectivesoul
2008-03-05 22:52:04 Me llama la atención eso de la voz chillona en los dialogos de YO. Por lo demás te puedo decir que lo disfruté, señorita Posada. Rosinante
2008-03-05 20:54:29 yo digo, y de dónde sale tanta cosa junta? colomba_blue< /a>
2008-03-05 20:17:21 creo que estoy de acuerdo con el señor y sir patriciowk. A mí parecer lograste un bonito impacto retratando tu relación con tu yo interno. ¿ves no sos tan malo como todos creen? Bueno, eso como persona... jiji. Snif. madrobyo
2008-03-04 19:06:15 enfermo ja zarabanda
2008-03-04 01:05:07 onirico irònico y orìnico patriciowk
 
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