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Layla
Todas las mañanas, hiciera calor, frío, lloviera o nevara, Luis Narváez, colándose por el acceso reservado de emergencias, accedía el primero a la clase. Se sentaba junto a la ventana y observaba. Sobre las nueve la puerta del patio se abría y los chicos entraban, caminado entre ellos iba Layla, que pertenecía al extraño o admirable género de mujer a quien el hecho de ostentar un físico creado como una portentosa obra de la naturaleza no parecía afectarle. Cualquiera podría apostar sin miedo a equivocarse, que pese a su edad quinceañera, supiera de la utilidad de un espejo, así como tampoco daba impresión de prestar atención a las disipadas miradas que los demás seres terrenos le dedicaban. Como si temiera salirse de una delgada línea, anteponiendo un pie al otro, caminaba con la mirada fija en el suelo.
La vida de Layla lejos de sucumbir a tentaciones frívolas de su edad, se centraba en exclusivo en los estudios. Las notables calificaciones que ella obtenía en cada una de las materias que estudiaba eran desacreditadas por las de Luis. Cada superior de Layla equivalía a un limpio cero de él, cada hora de dedicación de Layla era una hora que perdía quien por gracia divina recibió la desdichada dicha de sentarse a su lado.
A partir de ese día, y del momento inicial del nuevo curso, nada volvió a ser igual en su vida, ocupada por entero en secundar los movimientos de su nuevo icono: Layla.
El primer año transcurría, y aislados ambos en su fortificada ensenada de paz apenas intercambiaban palabra. Excepto para pedirse una goma, una cuartilla, o cruzar una mirada sesgada y de desdén.
Ella progresaba con eficacia notable tras notable; él, medio ahogado, bogaba entre ángeles y aguas pantanosas.
Comenzó a superar su mediocridad cuando se dio cuenta que perder la batalla por los estudios equivaldría a perder la guerra por Layla.
Por Layla Luis Narváez aprendió a ver detalles que antes nunca había intuido. La silla que ella utilizaba, con los cuatro tacos de goma en su sitio, era siempre la mejor acomodada. Si era necesario unirlos, no había problema, adquiría un buen adhesivo y los pegaba; y si faltaban los arrebataba del almacén de secretaría donde sabía que se guardaban los repuestos. Su pupitre estaba siempre limpio y junto al calefactor más cercano. En las mañanas de invierno, al menor síntoma de tos que ella delatara, él le ofrecía un caramelo de eucalipto. E incluso comenzó a prestarle su ayuda durante las largas explicaciones de física, cuando perjudicada por el resplandor del sol en la pizarra, era incapaz de ver. Entonces él le transcribía en una cuartilla y se la pasaba.
Fuera, en el patio del colegio, o en la clase de deportes Layla era la más admirada y a la que todas corrían a contar sus amores, temores y afrentas. Temas que ella adoptaba con toda normalidad dando siempre las recomendaciones que creía acertadas.
Cierto día su compañera Beatriz se lo desveló. Tras observarlo con detenimiento, no tuvo duda; Luis Narváez estaba enamorado.
Layla sonrió sin dejar de juguetear con una goma, y mientras bajaba los ojos, añadió que eso era normal en un chico guapo y apuesto como él. A continuación preguntó quién era la afortunada. Sonriendo entre ceja y ceja Beatriz se lo dijo. Estaba enamorado de ella. Inquieta, Layla se revolvió y molesta contestó que eso era lo más descabellado que había oído nunca, ya que él jamás se fijaría en una vulgar empollona.
“Pero sí en la chica más bella, elegante y buena de todas”, respondió la amiga con serenidad.
A fin de curso ocurrió lo que estaba escrito. Layla se enamoró de un chico un año mayor, mientras que Luis Narváez suspendía varias asignaturas que habría de recuperar en septiembre.
Layla se fue de vacaciones en una moto de gran cilindrada por Europa con su novio. Sucedió a la altura de los Alpes; sufrieron un terrible accidente en el cual él murió.
Todas las mañanas, hiciera calor, frío, lloviera o nevara, Luis Narváez, colándose por el acceso reservado de emergencias, accedía el primero a la clase en su primer año de C.O.U. Se sentaba junto a la ventana y observaba. Sobre las nueve la puerta del patio se abría y los jóvenes entraban, caminado entre ellos iba... Layla.
Pertenecía al extraño o admirable género de mujer a quien el hecho de ostentar un físico cercenado por un deplorable accidente de la vida, no parecía afectarle. Cualquiera podría apostar sin miedo a equivocarse, que pese a su edad supiera de la utilidad de un espejo, así como tampoco daba impresión de prestar atención a las intranquilas miradas de aversión que los demás le dedicaban. Como si temiera salirse de una delgada línea, anteponiendo un pie al otro, caminaba con dificultad y la mirada fija en el suelo.
El curso dio comienzo. Cada suspenso de Layla equivalía a un limpio notable de Luis, y cada hora que Layla dilapidaba recordando a su amor y el horrible accidente, era una hora de dedicación y afán de quien por gracia divina recibió la dicha de sentarse a su lado.
El segundo año transcurría, y aislados ambos en su fortificada ensenada de paz apenas necesitaban intercambiar palabra. Excepto para pedirse una goma, una cuartilla, o cruzar una mirada sesgada de incierta… ¿felicidad?
A partir de ese día, y del momento inicial del nuevo curso, nada volvió a ser igual en la vida de Luis Narvaez, destinada por entero a recuperar los movimientos, la agilidad mental, y sobre todo el aliento, de la mujer bella cuya imagen se había transformado en grotesca, pero sin perder aquel espíritu interno cálido puro y bello, que en realidad era lo más importante. Su icono, Layla, a quien logró recuperar, y de quien ya no se separaría jamás…
José Fernández del Vallado. josef 2 Marzo. 2008.
Texto de josef agregado el 04-03-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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