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Inicio / Cuenteros Locales / nattu_ / Así debe sentirse estar en el cielo

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:340907]

Nunca supe cómo la conocí, sólo sé que cada día yo me acercaba a ella, manteniendo una razonable distancia y la observaba callado. Mientras yo escribía en mi cuaderno de notas, asuntos que me parecían importantes en ese entonces, ella bailaba, le encantaba bailar, y sonreía. Aquella sonrisa tan bella y simpática. Siempre daba vueltas sobre sí misma hasta más no poder; luego agarraba una hoja de papel y se acostaba en el suelo a dibujar garabatos. La verdad, yo pensaba que ella era una niña encerrada en el cuerpo de una mujer. Llevaba los cabellos dorados, sueltos y bastante despeinados. Su cuerpo era el de una virgen y su mirada me ponía nervioso. Era la criatura más interesante de aquel lugar.
Un día se percató de que yo la observaba y se acercó hacia mí, se colocó a dos centímetros de mi cara y me dijo con una sonrisa:
-¿Quieres dibujar conmigo?
Yo le respondí seriamente que tenía cosas más importantes que atender y que no tenía tiempo para dibujar. Ella sin importancia se alejó de mí y se dirigió hacia los jardines bailando.

Al día siguiente apareció más desarreglada que habitualmente y no sonreía tanto. Se dirigió hacia el piano, comenzó a tocar las teclas sin pensar e hizo tanto ruido que armó un alboroto en la sala. Una señora, llamada Verónica según había escuchado, la alejó de allí y le entregó unas hojas de papel para dibujar. Entonces, se percató de que la estaba observando, se colocó a dos centímetros de mi cara y me dijo:
-¿Quieres dibujar conmigo?
Yo le respondí seriamente que tenía cosas más importantes que atender y que no tenía tiempo para dibujar. Ella de pronto cambió el gesto de su cara y se alejó de mí confundida. En unos segundos, comenzó a gritar y a rayar todas las paredes con los crayones sin control alguno. Nuevamente, Verónica logró calmarla un poco y la sentó en una silla apartada del resto de las personas. Yo, aturdido por lo que había pasado, me acerqué cuidadosamente a ella y comencé a dibujar a su lado. Ella tomó mi hoja y rayó todo de color marrón.
-Así no se hace, hay que dibujar lo que se observa alrededor, cosas con sentido.- le dije.
Ella me miró ofendida y me dio la espalda como una niña de 10 años lo haría. Luego, le tomé la mano y comencé a dibujar con ella un retrato suyo y mío. Ella me miró y luego se fue saltando hacia la señora que la había calmado.
-¡Mira, mira, mira! ¡Una niña, con un chico!-le dijo con energía.
-Esa, eres tú Felicitas-le dijo Verónica con paciencia- ¿Por qué no le preguntas a tu amigo cómo se llama?
-Le preguntaré a mi amigo cómo se llama.-dijo riéndose.
Ella vino hacia mí y me preguntó:
-¿Cuál es tu nombre, amigo?
Le respondí Federico y al instante, salió corriendo hacia la señora gritándole:
-¡Es Federico! ¡Es Federico!
Entonces, la señora le dijo a Felicitas que escribiera su nombre en el dibujo, mas Felicitas escribió: “Federico y la niña”. Verónica le reprochó mil veces que su nombre era Felicitas y no “niña”, mas solo consiguió fastidiarla y que saliera corriendo por el pasillo. Yo tomé el dibujo, taché “la niña” y escribí debajo: “Felicitas”.

La mañana siguiente me dirigí a ella y le entregué el dibujo. Ella me sonrió y dijo:
-¿Federico, quieres a Felicitas?
Le respondí que sí, que mucho. Ella comenzó a saltar y a bailar por la sala gritando:
-¡Soy Felicitas, soy Felicitas, y Federico me quiere!
Yo esbocé una mínima sonrisa y me fui.

El siguiente día siguiente, vi cómo Verónica peinaba a Felicitas mientras cantaban una divertida canción infantil al unísono. Cuando Felicitas me vio, saltó de la silla y vino a mi encuentro:
-¿Te gusta mi pelo? Verónica me peinó como una princesa.-dijo riendo.
-Me gusta más el pelo cuando la gente lo tiene arreglado.-le dije.

Y así comenzó nuestra relación, ella siempre tan alegre y bien arreglada y yo tan observador y reservado. Yo no le hablaba mucho, pero ella siempre tenía algo para decir, aunque no estuviera relacionado con el tema del que habláramos anteriormente. Sin darme cuenta, a medida que la iba conociendo más y más, mi cuaderno de notas más olvidado estaba.

-Vamos hacia los jardines- me dijo ella un soleado día de primavera, me tomó de la mano y me llevó corriendo hacia fuera.
Una vez allí, agarré una flor caída del suelo y se la coloqué en sus cabellos. Ella rió y comenzó a girar sobre ella misma hasta caer al suelo, luego me dijo:
-Ven aquí.
Yo me recosté a su lado y nos quedamos un rato observando el cielo azul.
-Quiero volar, quiero visitar el cielo y saltar sobre las nubes.-dijo espontáneamente.- ¿Podemos ir?
No, ahora no, pero ven, fue mi respuesta. La llevé hacia el parque luego de obtener el permiso de Verónica e hice que se sentara en un columpio. La comencé a empujar y cada vez más fuerte. Ella empezó a gritar de alegría, cerró los ojos y dejó que el viento le hiciera sentir cosquillas en su estómago. Cuando el columpio se detuvo le dije:
-Así debe sentirse volar.

Luego de pedir permiso nuevamente a Verónica, llevé a Felicitas al planetario, mas en el camino no le dije a donde iríamos: sería una sorpresa. Al entrar y ver todas esas estrellas y cometas ella sonrió como nunca. Corrió por todo el lugar con una felicidad indescriptible. Reía, bailaba con las estrellas, se subía a los cometas. Cuando ya el dueño del planetario debía cerrar, me acerqué a ella y le dije:
-Asi debe sentirse visitar el cielo.
Segundos después le expliqué que debíamos irnos y la llevé de vuelta con Verónica.
El próximo día, llené la habitación de Felicitas de almohadones mientras dormía. Cuando despertó, me miró con una sonrisa y salió de su cama. Saltó sobre cada almohadón en la habitación y gritó de alegría cada vez que dio un paso. Luego de desarmar algunos almohadones y ver varias plumas en el aire, le dije:
-Así debe sentirse saltar sobre las nubes.
Ella se detuvo y, en medio de la habitación, se quedó de pie, contemplándome. Entonces me dijo:
-Te amo.
Luego me sonrió, vino Verónica y se la llevó a tomar su medicina.

Al día siguiente no encontré a Felicitas donde solía estar, por lo cual busqué a Verónica y le pregunté dónde estaba. Con un rostro triste, ella me condujo hacia su habitación, donde yacía Felicitas en la cama, inconsciente. Verónica me explicó que había tomado una sobredosis y que no esperaban que volviera a despertar. Lágrimas brotaron de mis ojos y lentamente, me fui acercando cada vez más hacia la cama. Ella ya no sonreía y sus ojos estaban cerrados. En la mesa de luz se encontraba aquella flor que un día lejano coloqué en sus cabellos. Tomé su mano y traté de sentir por algunos segundos su pulso, pero en poco tiempo, se había desvanecido; ella ya no estaba conmigo. Me sentía débil, pero, con orgullo, pude pronunciar en su oído, susurrando, las siguientes palabras:
-Llegaste al cielo.

Podría decirse que el día que me invitó a dibujar con ella, fue el día en que realmente la conocí, mas yo pienso que lo había hecho mucho tiempo atrás aunque no lo recuerde. Con ella, mi corazón pudo completarse. Ella tenía algo especial.
Ahora sé que ella era una mujer atrapada en una prisión y que ningún nombre, ni Felicitas en acuerdo con su ánimo, podría describirla.
Me alegra haberla liberado y más todavía, que ella haya hecho lo mismo por mí.

Texto agregado el 05-03-2008, y leído por 21 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2008-03-05 20:13:55 que ternura... me encanto plapla
 
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