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Inicio / Cuenteros Locales / EstatuaconEpilepsia / «INSTRUCCIONES PARA SUICIDARSE CON ELEGANCIA»

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«INSTRUCCIONES PARA SUICIDARSE CON ELEGANCIA»

Aconseja: GUILLERMO SOUBELET

«El motivo es cosa suya. Usted puede haber llegado a tomar esta decisión como consecuencia de algún lacerante quebranto de amor, por haber llegado a la horrible conclusión de que su vida carece de sentido, o bien por haber perdido más pelo de lo que está dispuesto a tolerar. Eso sí, una vez tomada la crucial medida deberá abocarse con decisión a los preparativos previos al evento propiamente dicho. Sí, es una tentación, pero deséchela: antes deberá pagar sus deudas. No hacerlo sería una vulgaridad. Excepto, claro está, que «la imposibilidad de afrontar dichas obligaciones» sea, precisamente, el motivo por el cual ha tomado esta determinación. Tampoco y bajo ningún punto de vista, tome el ejemplo (muy feo) de aquél amigo mío (dueño de una extraordinaria fortuna) quien __ una vez decidido a suicidarse __ le dejó una nota a su amante secreta diciéndole que su último deseo era (aunque tal vez su esposa legal opusiera cierta resistencia) que ella hiciera levantar todo el piso de su casa (la de él) asegurándole que debajo del parquet del living de su mansión él había escondido un testamento a su nombre dejándoselo todo. ¡Y eran mentiras! ¡Era una broma! Qué muchacho loco. Reitero: no se tiente de copiar estos ejemplos tan poco elegantes.

Una vez solucionado lo anterior, deberá deshacerse de todo aquello que pueda echar por tierra tantos años de esfuerzos por hacerse de una imagen respetable. Vamos, no mire para otro lado: sabe perfectamente a qué me refiero. A esas cartas de señoritas que usted guarda escondidas entre los biblioratos del estante más alto de la biblioteca, por ejemplo. Sí: esas. También, por supuesto, deberá deshacerse de aquella foto espantosa en la que usted aparece disfrazado de pollito. Piense que es posible que, tras su desaparición, decidan enmarcarla y sea esa, precisamente esa, la imagen que guardarán de usted. Piense: «Éste era tu abuelo» ¿Qué imagen se llevarían esos tiernos retoños del nono? Pensarían que usted era un flor de pelotudo, sin duda. Además de que se convertirían en seguras víctimas de las pullas de sus siempre sádicos compañeritos de la escuela primaria (¡ni qué decir del secundario!). De ahí a correr a mearle la tumba hay un solo paso, le garanto.
Antes que nada, aclaremos que nos estamos refiriendo a suicidas serios, idóneos. Y no a esos patéticos intentos de llamar la atención, como los de un tío mío que desde que pasó la barrera de lo que él considera «la fleur» del «living la vida loca», en cada nuevo cumpleaños se acuesta en la pradera, según él, a la espera de ser pisoteado por una estampida de bisontes.

Ya en otro orden de cosas y yendo directamente al asunto, deberá, por supuesto, redactar una nota en la que informe al juez, de manera sobria, austera y, sobre todo, digna, su decisión. No dé explicaciones. Simplemente informe. Ya sabe: «Que no se culpe a nadie». Y he aquí otra posible tentación que deberá ser fuerte y desechar: olvídese de preparar las evidencias de modo tal que, tras su muerte, las pruebas incriminen a su jefe, al profesor de tenis de su esposa o al sátrapa de su cuñado. Queda feo (¡Sí, ya sabemos que estaría buenísimo! Pero eso no se hace y punto).
Tampoco deberá olvidarse de la nota póstuma. La cual deberá estar escrita con letra firme, segura, cargada de personalidad. Y nunca, pero nunca, con letrita vacilante y llorosa que reste toda la dignidad al hecho. Eso sí: la nota póstuma jamás deberá sobrepasar las cuatro o cinco líneas. Evite aburrir a quien la encuentre con una mamotreto interminable del tipo: «Nací el 4 de febrero de 1967 en el seno de una familia etc, etc, etc»; hasta llegar (luego de hojas y hojas de aburridísimas e innecesarias descripciones de lo que fue su vida, día tras día) hasta la actualidad, es decir, la fecha del desenlace. Resístase también a la tentación, siempre presente, de finalizar la despedida con un aparte para su esposa:
«P.D: ¡¡Cornuda: te cagué con todas tus hermanas!!»
Tampoco, se lo ruego, se deje seducir por la tentación de escribir la nota en la PC de su cuñado y guardarle un archivo de Word con un título: «Nota póstuma falsa para cuando asesine al esposo de mi hermana Matilde» Y no debe caer en la tentación de sucumbir ante ninguna de estas canalladas por dos razones: la primera (y menor) es porque, mi muy señor mío: usted es un caballero. Y la segunda (y atenti a ésta): siempre debe tener presente la espantosa __ pero factible __ posibilidad… de que su noble intento fracase. Pasa en las mejores familias. Y no quisiera ni imaginar en lo que se convertirían los días de un exsuicida hoy paralítico (como consecuencia del suicidio fallido) cuyas necesidades dependan de la misericordia de la mujer a quien se le escribió en la nota póstuma: «P.D: ¡¡Cornuda: te cagué con todas tus hermanas!!».

Otro detalle a considerar por el suicida elegante es «el vestir», el atuendo. Y, nuevamente, le ruego que no caiga en cursilerías. Porque pocas cosas más chabacanas que vestir esmoquin o cualquier otra indumentaria similar para un evento como éste, que deberá estar signado, como condición «sine qua non» por la sobriedad y el decoro. Tenga presente que esa última imagen suya será, precisamente, el recuerdo que dejará de por vida en las retinas de quienes lo encuentren. Vístase como siempre. Con sencillez. ¡Bueno, no, no y no! Tampoco, argumentando: «¡Total… ¿ahora qué me importa?!» sucumba a la tentación de lucir ese portaligas y esos zapatitos de taco aguja que tan pero tan mononos le quedan cuando está a solas en su casa!
También deseche la idea de tomar la agenda y, letra por letra, llamarlos a todos __ sobre todo a su suegra y cuñados __ y decirles lo que realmente pensó siempre de ellos. Bueno, está bien, con su suegra puede hacer una excepción. (pero nada más). Con ella dese el gusto nomás.

Ahora repasemos: ya tiene sus deudas saldadas, ya escribió la nota para el juez, ya tiene su nota póstuma para los deudos, ya decidió cómo vestir, ya quemó las cartitas incriminatorias (¡pillín!) y la foto con el disfraz del pollito pelotudo… y alguna otra cosa que solo usted, bribonzuelo, sabrá. Ahora viene la Gran Pregunta: «¿Cómo hacerlo?» Y en este punto me parece oportuno destacar que hay maneras y maneras de procurarse el reposo definitivo. No es lo mismo morir ahogado en un accidente en el velero mientras pescaba truchas en el río Rhin, allá en Alemania… que a causa de ser violado reiteradamente por una patota de marineros borrachos que lo inmovilizó en un catre durante diez días y sus noches. Imagínese el epitafio, en lugar de: «Aquí yace fulano, murió con las botas puestas»; «Aquí yace fulano, murió con el culo roto». Espantoso.
Y del mismo modo que hay maneras y maneras de morir en un accidente, también hay, amigo mío, maneras y maneras de suicidarse. En este punto será crucial la correcta elección de la forma de llevar a cabo el desenlace. Existen maneras correctas, elegantes, «bien»… y otras francamente espantosas, capaces de echar por tierra lo edificado durante toda una vida. ¿Lo duda? Imagínese que en un arrebato de populismo opta por arrojarse a las vías del Ferrocarril Roca a la hora pico en que los trabajadores se dirigen a sus respectivos lugares de trabajo. Ocasionándoles, además de la molestia de la demora entre estaciones, la consiguiente pérdida del premio por presentismo. Le aseguro, mi amigo, que como están las cosas, ni bien el tren se detenga por su causa irrumpirá en los rieles una horda de salvajes con las miradas encendidas que, con picos y palas, se desharán de lo que quede de usted en menos de lo que canta un faisán y ahí lo dejarán, a merced de los perros hambrientos (¡y sin pedigree!). Por no decir de las ratas. ¿Es acaso esa la manera en que usted, mi amigo, planea terminar? ¿Es acaso esa la forma adecuada de abandonar el mundo terreno? Por supuesto que no. De manera que serénese y medite con calma acerca del modo de hacerlo. Sí, ya sé, a usted le gustaría, mientras observa a solas la luna acodado en cubierta, dispararse en las sienes durante una fiesta elegante que usted organizó mientras recorre el Mediterráneo en su yate particular. Pero dejémonos de joder: ni está en condiciones de viajar a Saint Tropéz, ni tiene yate, y, aunque lo tuviera, sería incapaz de convencer a más de cinco o seis personas a que concurrieran a una de esas aburridas fiestas que usted da (era hora que lo supiera).
Bueno, estábamos en que debía elegir un método elegante, exquisito, y, ante todo: sobrio. Eso sí, desista en su cursi empeño de pronunciar sus últimas palabras. No obstante, en caso de que no pueda y no pueda evitarlo, que ese impulso «demodé» impulso sea más fuerte que usted, por el amor de Dios, no las diga en francés (ya que, y ya es hora de que lo sepa: usted pronuncia el francés «comme une vache espagnole» (por utilizar la famosa expresión utilizada por los galos a todo extranjero que se aventure a ciegas en su tan distinguida lengua). ¡Epa! ¡No se me indigne, mi amigo! Es la pura verdad.
Así que veamos: lo del tren quedó descartado. Tampoco caiga, se lo ruego, en la tentación de terminar con todo arrojándose por la ventana. Además de ser, por lejos, el método más vulgar, tirarse por la ventana es cosa de mujeres. O, a lo sumo, de gente de la farándula televisiva. Y con esa gente ya se sabe… Demasiado…. espectacular. Aunque no, ni siquiera. ¿Cómo le digo? Porque espectacular no es la palabra. Demasiado «espamentosa» diría. Lo cual, al quitarle al hecho la intimidad propia de los suicidios serios, lo desvirtúa abaratándolo, al punto de convertirlo en algo populachero, propio de los noticieros del mediodía. Mire lo que le digo. Y eso sin contar con que por ahí cae justo arriba de un ser querido que justo llegaba al lugar, con lo cual __ además de la injusticia para con esa pobre persona __ haría que usted, de inmediato, pasara de ser «el ser querido que se nos fue» a «el pelotudo ese que nos mató a la pobre tía Catalina». Y todo esto sin contar con que puede darse la fatalidad de que justo después le pase un camión o una manifestación por encima, y mire dónde quedó su imagen, pero qué mamarracho. ¡O también puede que justo caiga en una alcantarilla de esas de «Hombres Trabajando»!

Usted seguramente opinará que el veneno es una buena alternativa. Pues no. Si bien es innegable que este método posee ciertas reminiscencias aristocráticas (piense en los Borgia, en Cleopatra o en la Julieta de Shakespeare) posee, asimismo, ciertos riesgos francamente poco recomendables. Imagínese las arcadas, los vómitos… ¡¡el meteorismo!! No, descártelo. Definitivamente.
Por supuesto, las armas de fuego se le presentan entonces como una alternativa viable. Tienen, eso sí, sus pro y sus contras. Sus adherentes y sus detractores. Si entre los primeros figuran en primer término, por supuesto, la limpieza y alto grado de efectividad del procedimiento; ésta supuesta ventaja dependerá siempre de la adecuada elección del arma. Algunas, demasiado pequeñas, si bien confieren indiscutible elegancia (ya sabe: metales cromados, empuñaduras de nácar y todo eso) podrían resultar de una potencia insuficiente para la naturaleza de la tarea que se les confía, dejándolo ahí tirado sobre la alfombra, agonizando y desangrándose como un imbécil. Otras, las demasiado poderosas, si bien obviamente le asegurarán el desenlace deseado, le producirán daños tan desagradables que restarán toda elegancia al cadáver y toda la poesía a la escena. Por ejemplo: un cañón.
Esa porquería de cortarse las venas de las muñecas en la bañadera voy a hacer como que ni la oí. Descartemos __ quiero creer __ que opte por una elección tan grosera y efectista como encenderse fuego (más propia de las kermeses, los corsos de carnaval o los napolitanos).
Por suerte es usted un caballero exquisito y sensato que evalúa con corrección y que sabe que es la sobriedad la que le confiere altura a los hechos; y no una de esa personas __ que siempre hay __ que gustan de llamar la atención, de ser el centro de la escena, el alma de la fiesta, como si dijéramos. Quienes con tal de no dejar la escena ni en el último minuto, serían capaces de echar mano (siempre en público) a las alternativas más groseras y poco elegantes, como arrojarse a un pozo ciego o al interior de un camión atmosférico, tragarse un cangrejo vivo o meterse un lanzallamas encendido en el culo.

Bueno, mi amigo, ya es hora. Acabó mi papel. ¿Listo para la decisión? Comencé este texto afirmando: «El motivo es cosa suya», y ahora, la elección de «cómo hacerlo», también lo es.
El telón de su vida está a punto para ser bajado. Sólo usted deberá decidir cuando. Mi acto ya ha sido representado. El siguiente comenzará cuando usted decida el cómo y el cuando. No nos defraude con la elección «del como» para que mis consejos no hayan sido en vano.
Ahora y hasta que usted lo decida el telón permanecerá levantado sobre un escenario vacío.
A escena.



Texto agregado el 05-03-2008, y leído por 79 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
2008-03-09 19:32:30 jajajajaja impresionante como siempre, tenias razon en eso de las similitudes, pero claro que los fines son otros. Lo suyo es un servicio a la comunidad, lo mio, un vulgar comercio. saludotes y estrellas....me encanto!! MarMaga
2008-03-06 16:40:50 corrijo es "seguire al pie de la letra ..." perdon carinaidea lista
2008-03-06 16:40:08 segire tus consejos al pie de la letra !jajaja muy bueno maestro!!5***** carinaidea lista
2008-03-06 06:50:30 La desventaja, amigo Soubelet, es que contigo se ha perdido el elemento sorpresa. Ya nos acostumbramos a que siempre seas "excelente". y que cuando no calificamos un texto tuyo de "bueno" es porque se mereció el calificativo de "excelso". Mis infaltables 5* aprendi zdecuentero
2008-03-06 04:47:14 jajajajajajaj me has echo reir!!! excelente tu suicidio y muy elegantes tus consejos,ahora depende de quien lo lea si capta la idea... beshos y*******Matilde (ups y no soy la esposa de ningún hermano!!!, porque no tengo hermanos varones jajajjaja) mancuspia
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