Un hombre, después de ponerse la piyama, apaga la luz y se acuesta, se cobija, se hace bolita, mete un brazo bajo la almohada, cierra los ojos. Nueve minutos después, abre los ojos e inmediatamente se levanta. Enciende la luz, se calza sus pantuflas y camina presuroso hasta el baño. En la tina encuentra a su abuelo sumergido, desorbitado, muerto. Lo toma del pelo, lo jala, intenta cargarlo y cae al suelo junto al cadáver que le escupe un largo chorro de agua jabonosa. El hombre está aterrado, no puede creer que esto le esté pasando. No por segunda vez.
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