Un niño entra sigilosamente al cuarto en penumbras de sus padres. Después de largos días, su madre ha salido al fin a la terraza para recibir a una pareja amiga de la familia. Su padre se encuentra trabajando y la sirvienta atiende a las visitas. Sabe que en la habitación sólo respiran él y su hermano recién nacido: junto a la cama hay una cuna de velos blancos y, dentro de ella, una criatura de manos diminutas y piel blanca, acostada bocabajo, con la cabecita hacia un lado, profundamente dormida.
En la habitación flota una mezcla de olores a vómito, talco y leche tibia. El sol no ha entrado ahí en al menos doce días y todo invita al sueño. El niño se acerca al pequeño círculo de luz roja del radio-comunicador, toma el aparato, lo apaga delicadamente, y luego se dirige a la cuna. Después de un rato de estar observándolo sin parpadear, el niño aprieta la nariz del crío con una mano y con la otra le tapa la boca. La reacción es inmediata y la torpeza es mucha: un alarido espantoso escapa del inocente y el niño, aterrado, presiona de tal forma que le rompe el cuello a la criatura. Un ligerísimo crac y luego el silencio.
El infante comprende lo que ha hecho. Escucha gritar a su madre llamando a la sirvienta. No tardarán en llegar. Lo verán si sale por la puerta. Al niño se le revuelve el estómago de pavor y comienza a respirar entrecortadamente. Instintivamente, atina a esconderse bajo la cama, mordiéndose los puños, aspirando el polvo viejo de la alfombra, luchando por llorar, sin lograrlo.
Lo único que quiere es desaparecer.
Ve los pies de la sirvienta entrando a la habitación, y casi pegados a ellos los de su madre y los invitados. Hay un par de balbuceos y luego otro grito horrendo. Un momento de confusión y la cama se resiente con el cuerpo de su madre que llora y se revuelca desde un dolor inmenso. Los pies van de un lado al otro, dando voces, pegándose. El niño experimenta el ansia de los acorralados; lo van a matar y se lo tiene merecido. Siente que la cama le cae encima y un calor intenso le ablanda el vientre. No soportará más tiempo.
Es cuando una mano hiriente le toma de un tobillo, sacándolo de un tirón de su escondite. Entonces el niño comienza a llorar.
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