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Inicio / Cuenteros Locales / nattu_ / Mientras la luna brille

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Estaba en el auto mirando por la ventana derecha y luego éste se frenó por un semáforo en rojo. A mi lado apareció una camioneta y una niña por su ventana de atrás. Ella me sonrió y se escondió. Yo esperé hasta que asomara su cabeza por la ventana y le saqué mi lengua. Ella se volvió a esconder y cuando apareció comenzamos a reír. No sé porqué pero hubo una conexión que hizo que riéramos juntas.
La sonrisa es la más hermosa expresión que se puede ofrecer.


La noche descendía por la ventana de mi cuarto poco a poco. Los rayos restantes del sol tornaban el inmenso firmamento de un color anaranjado. De pronto la luz del sol se extinguió. Lentamente comenzaron a distinguirse pequeñas luces en el cielo y la luna con todo su esplendor apareció más viva que nunca. El cielo estaba completamente despejado y los grillos cantaban a todo pulmón. Por más de que pasaban horas y horas, la luna nunca dejaba de brillar; y por más de que su forma iba cambiando con el tiempo, siempre estaba allí, esperando el momento perfecto para cegar con su belleza a quien la contemplara.
La luna siempre fue, es y será eterna. Muchas miradas se cruzan en ella; amores perdidos, olvidados y recientes viven allí. Me incluyo principalmente. Parte de mí está atada a ella y es allí donde se encuentra mi mundo, mi país de Nunca Jamás, mi sueño eterno.
Todas las noches pedía el mismo deseo: enamorarme. Pero no del chico lindo a quien nunca le hablás. No, yo quería sonreír sin motivos, morderme los labios y sentir mariposas de verdad, no aquellas de juguete que con el tiempo se les acaba la pila. Y las estrellas me escuchaban. La luna estaba demasiado ocupada atendiendo a las parejas enamoradas por esto es que comencé a hablarle a las pequeñas luces de la noche. Y cada una tenía una personalidad propia y una opinión diferente. Pero una noche una me sonrió y es ahí cuando supe que ella cumpliría mi deseo. Sabía que no me fallarían así como no lo hicieron cuando les pedí que a mis 8 años un diente se cayera para que el ratón Pérez me lo cambiara por una moneda.

Era Domingo. Tenía ganas de caminar por lo que me dirigí al parque. Estaba yendo hacia el banco donde solía sentarme, ya que estaba alejado de toda la gente y desde donde se disfrutaba de una vista panorámica de todo el lugar, cuando me encontré que ya había alguien allí. Me acerqué y me senté suavemente, prácticamente sin emitir sonido alguno. El chico que estaba ocupando mi lugar lloraba, podía ver sus ojos rojos.
-¿Verdad que es hermoso este lugar?- le dije, intentando distraer su ánimo.
No me contestó, estaba en todo su derecho. Yo alcé mis rodillas y las abrasé con mis brazos. Permanecimos callados un buen rato, mientras admirábamos el paisaje. De reojo lo miraba: era joven, de mi edad, tenía el cabello lacio y sus ojos azules contrastaban con los rastros del llanto. Parecía pensativo y de vez en cuando levantaba su mano para correr el flequillo largo que tenía y que le molestaba en su cara. Estábamos en una colina, y debajo nuestro se distinguían niños en unos columpios y otros jugando a la mancha. Al costado de ellos había un hombre preparando un helado de lo que parecía ser chocolate y arriba, el cielo estaba despejado pero algunas nubes estaban presentes y yo jugaba a encontrarles forma alguna.
-Mi hermano murió- dijo finalmente y giró su mirada hacia mí.
Yo lo miré, mis ojos se agrandaron y mi cara restó sin expresión alguna. Un vacío se apoderó de mí, una brisa helada me congeló. Miré hacia el frente y traté de emitir alguna frase de consuelo, pero mi cabeza se había atestado de ideas y pensamientos que iban y venían, corriendo rápidamente. Sin notarlo dije:
-Lo siento
Hubo un silencio incómodo del tipo imposible de superar hasta que él comenzó a secarse las lágrimas con la manga de su buzo y yo agarré mi carpeta para garabatear en una hoja suelta hasta relajarme completamente.
Las flores de los árboles caían: la primavera estaba terminando, más un sol radiante se encontraba en lo alto y no había indicio de un invierno próximo. Entonces, una flor cayó ligeramente como pluma en medio de nosotros: era rosada y olía deliciosamente mas no quise agarrarla. Mientras tanto yo escribía y me desahogaba. Querría haberle dicho alguna frase de consuelo, mas nada apropiado se me ocurría: me encontraba en uno de esos momentos donde es preferible callar. Luego, sin aviso previo, la noche nos atrapó con una brisa fresca y nueva y después de terminar con el poema que escribía, decidí que era momento de irme. Me levanté y caminé tranquilamente por donde había venido más temprano. Giraba mi cabeza para observar si el chico seguía en el banco, mas él ni se había movido por lo que seguí caminando a paso firme de vuelta a casa.
A la semana siguiente, no podía olvidar lo sucedido en el parque, por lo que volví el domingo por si el muchacho volvía o simplemente porque tenía ganas de recordar lo que había pasado y reflexionar.
Cuando llegué encontré sobre el banco una hoja de papel donde el domingo pasado había escrito mi poema:

“Sonríe,
por favor sonríe,
abre tus ojos y mira al cielo,
mira a ese sol radiante,
que resplandece sin cesar.
Luego mira a la luna,
que de alguna forma,
consigue brillar y abrir la puerta:
la puerta de mil corazones;
y mientras las estrellas lo presencian,
sonríe,
porque cuando lo haces,
veo un sol y una luna en ti,
y yo solo soy una estrella,
que desea cumplir tu deseo.”

Y también encontré un sobre con una carta que decía: “A la muchacha que me dijo lo hermoso que es este lugar”. Pensé que se refería a mí, yo le había dicho eso y muy pocas personas conocían y frecuentaban aquel banco en una colina, por lo que abrí el sobre y leí:

“Lindo poema, me ayudó mucho. Perdona que tomara tu hoja, pero es que cuando me iba la encontré y reconocí que era donde habías estado escribiendo. Lo siento si te incomodé con mi ánimo el domingo, no me encontraba muy bien y eso hizo que no diera cuenta de lo realmente bello que es este lugar. Muchas gracias.”

Yo sonreí y me senté en el banco mientras leía y releía aquella carta y pensaba en las diferentes formas en que podría haber ayudado mi poema a aquel muchacho.
Luego, tomé otro papel y comencé a escribir…
Intercambiamos cartas y cartas en aquel banco donde yo iba cada domingo, pero nunca nos cruzamos teniendo en cuenta las horas que yo pasaba en aquel lugar imaginando, pensando, disfrutando.
Después de meses de seguir con esta nueva tradición, prácticamente ya conocía completamente a este muchacho: se llamaba Felipe, tenía 17 años, vivía lejos de casa por lo que no creo poder haberlo conocido si no hubiera sido en este parque, compartíamos algunos pensamientos y gustos y hasta sabía qué le habían regalado para Navidad a los 6 años. El único tema que nunca mencionamos en las cartas fue su hermano, pero él debía de tener razones propias. No falta mencionar que siempre respetábamos el buen trato en nuestras cartas.
Entonces, un día pensé en cómo sería juntarnos en el banco de nuevo, y ya contando con la confianza que habíamos ganado entre los dos, se lo propuse. Cuando me respondió fue positivo, no tenía problemas y le parecía una buena idea. Quedamos en encontrarnos al siguiente domingo a las cinco de la tarde, pasada la siesta.
El domingo a las cinco me encontraba yo sentada en el banco, pero nadie aparecía. Al principio pensé que se había olvidado, pero esa ya no era una opción válida: nos escribíamos cada domingo y era evidente que había recibido la carta de confirmación ya que no se encontraba donde yo la había dejado. Luego pensé que alguien había tomado mi carta de confirmación y se la había llevado, aunque nadie subía a esta colina por lo que también descarté esta idea. También pensé que podría haber tenido algún problema, como lo fue la muerte de su hermano, y terminé descartando esa idea también ya que si hubiera habido algún problema pienso que este habría sido el primer lugar a donde él habría recurrido.
Se hizo de noche y estaba apunto de marcharme, cuando apareció Felipe a mi lado y me sonrió rotundamente. Yo me sorprendí y le devolví la sonrisa. Nos sentamos y comenzamos a charlar. Una felicidad gigante comenzó a nacer en mí y yo no podía parar de sonreír. Él hablaba con entusiasmo y movía mucho las manos al hacerlo. Parecía una persona muy expresiva. Yo jugueteaba con una cadena en mi cuello y decíamos todo aquello que en cartas era imposible. Entonces, se hizo un silencio. Ambos miramos al cielo y allí se encontraba la luna: completa, hermosa y acompañada de estrellas que brillaban a un ritmo especial. Era una noche maravillosa, inolvidable. A continuación, me miró y sonrió.
-Me gusta tu sonrisa- le dije amablemente.
-A mí me gustas tú- respondió con algunos nervios ocultos.
Yo me sonrojé, bajé la cabeza y me di cuenta de lo tarde que se había hecho. Sin pensarlo dos veces, me disculpé por no poder quedarme más tiempo y me marché sin decir nada.
Los siguientes domingos me dirigí hacia el banco, pero no encontré ninguna carta de Felipe. Y cuando me di cuenta de que estaba triste al no encontrar una carta de su parte, entendí que me había enamorado de él. ¿Cómo no lo había visto antes? Ese sentimiento de nervios que tenía el día que nos vimos por segunda vez, mi constante sonrisa, todo encajaba, y yo estaba feliz. Talvez él pensó que lo había rechazado al haberme ido tan rápidamente, por lo que decidí escribirle yo:

“Siento mucho haberme marchado así cuando nos vimos. No era mi intención, no me había dado cuenta de la hora. ¿Cuándo nos volveremos a ver? Me encantó pasar ese tiempo contigo.”

Y al domingo siguiente encontré esta carta en el banco:

“Aguanta, que mientras la luna brille, idearás un plan de fuga para estar conmigo esta noche y admirar al cielo que nos dice con las estrellas que está feliz de que estés a mi lado.”


Texto agregado el 07-03-2008, y leído por 16 visitantes. (1 voto)


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