«PARA ACABAR DE UNA VEZ POR TODAS CON LA VENTA DE ESAS ESTÚPIDAS ALARMAS ANTI ROBO,
LAS PÓLIZAS DE SEGURO
Y ESAS ANTIPÁTICAS REJAS EN LOS FRENTES DE LAS CASAS»
GUILLERMO SOUBELET
«Señores del gobierno, caballeros de la Prensa,damas y caballeros:
«Hace ya varios años se instaló en Villa Carlos Paz una compañía de alarmas anti robo. Y eso no es nada. Día a día brotan aquí y allá compañías de seguro __ y también bancos __ ofreciendo infinidad de variantes de pólizas anti robo. Sin contar con los codiciosos herreros, que hoy cuentas sus billetes gracias a la abrumadora cantidad de rejas anti robo que han confeccionado, vendido y cobrado en los últimos tiempos.
La prosperidad creciente de estos emprendimientos es la mejor prueba de que el robo ha ingresado definitivamente en nuestras costumbres y constituye a estas alturas una especie de deporte de lo más corriente y difundido. Bien, el propósito que inspira la creación de empresas de éstas características (evitar los robos) es, a primera vista, muy meritorio; y aplaudiríamos sin reservas su existencia… si no tuviéramos que lamentar que dichas compañías, que se muestran tan cuidadosas de los intereses de la persona robada, no se han preocupado para nada del propio autor del robo. Si hay personas robadas es porque hay ladrones; y no se ve el motivo por el cual se ofrezca a los primeros una protección que se les rehúsa a los últimos.
Bajo un régimen democrático de libertad e igualdad como el que hoy disfrutamos, este olvido, voluntario o no, aparece como una injusticia escandalosa. Más aún: diría (y digo) que es absolutamente inmoral, ya que, en suma, amigos: ¿a quién corresponde el honor de una acción siempre osada, valiente y arriesgada (y muy a menudo extremadamente peligrosa) si no al propio ladrón?
Vez pasada tuve la oportunidad de leer un artículo acerca de «robos notables». Notables por la inteligencia con que fueron concebidos, la brillantez y elegancia de su ejecución y también por la admirable valentía que fue necesaria para afrontar dichas aventuras (y salir triunfantes, además). Algunos (casi todos, en realidad) de esos golpes y atracos eran algo absolutamente maravilloso. Verdaderas proezas, prodigios de imaginación, inteligencia y audacia comparados con los cuales los grandes logros de nuestros próceres de antaño no son sino un juego de niños. Cuando se toma conciencia de la cantidad de pacientes y prolongados estudios que han hecho falta para sentar las bases y la consecuente propagación de esta ciencia __ en medio de una sociedad más bien hostil a esta género de manifestaciones __ nuestro sentido moral de ciudadanos, de electores y de contribuyentes no puede menos que experimentar un profundo sentimiento de admiración por estos anónimos profesionales de la ganzúa y la cachiporra.
Más todavía: como si esto fuera poco, este heroico oficio no puede ser más ingrato. Mientras que la persona robada (confiando en su sofisticada alarma, en sus pólizas de seguro, en las rejas que protegen su vivienda, en sus siempre alcahuetes perros guardianes y en el accionar policial) se queda tranquilamente en su casa, en un abominable dolce far niente, sin hacer nada para facilitar el robo (¡y en algunos casos esforzándose incluso para dificultar su ejecución!); el pobre ladrón, por su parte, no tiene un minuto de descanso. Como Sarmiento cuando era niño, que jamás faltó a un solo día de clases, el pobre ladrón gasta las suelas de sus zapatos de suela de goma merodeando en silencio noche y día sin descanso por las calles apartadas y oscuras. A veces, incluso, debe llegar a los siempre desagradables extremos de golpear a los burgueses recalcitrantes que se empeñan, mezquinos, en suscitarle dificultades imprevistas. ¿A ustedes les parece justo?
Y eso por no hablar de los policías: verdaderos brutos sin sensibilidad para este tipo de manifestaciones, quienes, estimulados por crueles gobernantes que justifican la violencia policíaca __ y sin embargo censuran la de los ladrones __ se obsesionan contra estos audaces Robin Hood actuales dándoles caza encarnizada. ¡Su libertad, su vida misma, está diariamente en juego! ¿Y todo para qué? ¡Ja! ¡Para nada! ¿Acaso creen ustedes que después de sortear tantas vicisitudes, si logra cometer con éxito refulgente un lindo robo, brillantemente concebido y elegantemente ejecutado, por lo menos se le hace justicia al autor? Desengáñense: aunque cueste creerlo todas las simpatías irán a la persona robada, «a la víctima», como dirán. En cuanto al osado ladrón, de él no se dirá nada. Y mejor, porque si se habla de él, solo será para proferir cosas desagradables entorno suyo y de su mamá. Algo inexplicable. Pues seamos honestos, ¿acaso no es cierto que todos nosotros preferiríamos tener una vida de aventuras y tiros como la de Indiana Jones y no la del rutinario oficinista? Por tanto, es hora de decirlo, mis muy señores míos: la vida de los simpáticos ladrones es mucho más similar a la de Indiana Jones que la de cualquiera de nosotros. ¿Cuál es la razón, entonces, de la antipatía generalizada hacia este gremio tan simpático, aventurero y bohemio? Misterio.
No recuerdo quién fue que afirmó (creo que Abraham Lincoln): «Todos los hombres son iguales ante la ley al momento de nacer… y ya nunca más lo serán» ¡Cuanta razón! Y en presencia de semejante desigualdad no pienso sin horror en lo que sucedería si, hastiados de un oficio que ya no rinde a quienes lo practican, si fastidiados ya de no ser aceptados en el núcleo social, de que nadie se quite el sombrero a su paso, los carteristas, los secuestradores de aviones, los asaltantes callejeros, los ladrones en general, decidieran declarar una huelga indefinida. ¡Huelga de ladrones, sí! ¡Qué dejen de reírse esos del fondo! Esa huelga significaría, ni más ni menos, que el fin de todo. Piensen: al no haber más robos dejaría de existir el concepto de propiedad privada. ¡Consecuentemente dejarían de existir los dueños, los propietarios, los ricos, los pobres e, incluso, las condenas! Y eso no es nada, amigos. ¡Los Tribunales, El Poder Judicial entero se vería obligado a colgar sus togas! ¡Los policías colgarían sus palos de pegar a los civiles y los militares… lo que sea que usen, pues ya no habría nada que defender! Esta perspectiva de un país a la deriva, digan la verdad, es aterradora. El peligro es bien real y para conjurarlo hay que interesarse de inmediato por la suerte de toda esta buena gente sin la cual no podrían concebirse siquiera las instituciones de la justicia.
Amigos, compatriotas, hermanos: comencé esta proclama afirmando que la prosperidad creciente de las compañías de seguros anti robos y de alarmas (y la proliferación de esos alcahuetes y siempre antipáticos perros rodweiller) son la mejor prueba de que el robo ha ingresado definitivamente en nuestras costumbres y que constituye seguramente la industria que más rápidamente se está difundiendo en nuestros días y en nuestras sierras. ¿Qué mejor entonces, amigos inversores (siempre pillines y atentos a las nuevas posibilidades que brindan los nuevos mercados) que dirigir nuestras inversiones a fundar compañías de seguros para ladrones? ¡Si cada día hay más ladrones eso significa que cada día hay más potenciales clientes para estas fabulosas empresas! Las pólizas asegurarían a los simpáticos delincuentes sobre eventuales fracasos en sus delitos. Mensualmente, el gremio de los facinerosos aportaría una cuota que les permitiría dormir en paz, sabiendo que su futuro estaría previsto ante la posibilidad, siempre irritante, de algún inesperado traspié. Y todo ello sin contar con el gigantesco paso social que significaría dar el puntapié inicial de un fenómeno a todas luces brillante que equilibraría la balanza, y pasarían entonces a la historia estos tiempos siniestros en los cuales la sociedad brinda una protección a unos y al mismo tiempo se la rehúsa a otros.
Buenas tardes a todos»
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