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También el infierno tiene sus héroes (IV)

También el infierno tiene sus héroes (IV)


Los muertos yacen en la fosa; la de los “Granadiere” es ancha y lo bastante profunda para que sus cuerpos quepan con soltura, en orden, como en un banquete silencioso, no para ellos, sino para los gusanos que pronto acudirán con la oscuridad, cuando la tierra los envuelva, a ellos y a los muertos, piensa Kurt al clavar su mirada en sus rostros. Es curioso, apenas hace unas horas estaban vivos, rebosantes de electricidad, eran movimiento puro, algunos incluso parte de su vida; y ahora, son sólo un trozo de carne, idos, vacíos, a lo sumo un recuerdo intermitente en el olvido. A veces cree reconocer su propio rostro entre los muertos, es sólo un instante, lo que dura el primer vistazo, pero cuando esto sucede, pega una fuerte calada al cigarrillo que continuamente lleva alojado entre los labios y mira hacia otro lado; es preferible no alimentar el miedo; y sin embargo, el miedo está ahí, siempre al borde su mirada, escupiendo su aliento en la nuca. Sabe que cualquier día le puede tocar estar ahí abajo, en la fosa, en vez de fumar tranquilo su cigarrillo bajo este mísero sol otoñal normando.

Un “Oberscharführer” se pasea por la fosa con su uniforme negro como un cuervo; observa detenidamente los cadáveres hasta que les arranca de un tirón la placa de identidad que llevan colgada en el cuello y anota sus nombres en una lista que cada vez se hace más larga. Otro suboficial arroja paletadas de cal sobre los muertos, antes que los vivos los entierren...Será que en el fondo estos últimos intentan ocultar inconscientemente su parte más oscura, como si deseasen enterrar los crímenes de sus lacras, especula Kurt mientras un capellán con las “SS” bordadas en el cuello de la guerrera bendice a los muertos, sólo a los alemanes...¡ Qué absurdo! Es una suerte que la guerra le haya mutilado los escrúpulos, que le haya reducido el sentimiento a un leve parpadeo; porque de otro modo, podría la locura desencajar su mandíbula a carcajadas.

Los americanos están apilados en un hoyo circular. Entre esta maraña de miembros Kurt descubre algún que otro civil, los reconoce por el contraste de sus ropas, por lo estrafalario de su presencia en este mar muerto de verde oliva, como aquella vieja a la que le falta la mitad de la cara, pero que todavía sostiene bajo el brazo el pan de la compra. No fue muy buena idea lo de ir hoy de compra. Dos pioneros provistos de lanzallamas arrojan chorros de fuego sobre el hoyo y la montaña de cadáveres se agita y se consume; se escuchan débiles silbidos porosos o fofas explosiones cuando los cuerpos revientan y los gases se liberan. Un humo parduzco, como de chocolate, asciende a espirales y Kurt se ajusta el pañuelo sobre el rostro.

A los bisoños de la “Hitlerjugend” les toca ir en busca de los muertos y arrastrarlos a la fosa, los veteranos son demasiado nobles para este tipo de trabajo. A más de uno el cadáver se le cae a trozos. Los pobres diablos avanzan entre el barro con el espanto metido en el cuerpo. Caminan como sonámbulos con sus bolsas de plástico gris, donde introducen a toda prisa y sin mirar sus macabros hallazgos, ya sea una pierna, un brazo o medio torso. Algunos se desmoronan, como aquel recluta de la “Selva negra” que sostiene entre las manos la cabeza decapitada de un G.I., todavía con su casco. El rostro del joven está más lívido, parece más decrépito que el del propio muerto. El muchacho se tambalea hasta que cae de rodillas y arroja su desesperación a arcadas por la boca, con tan mala fortuna que sus vómitos salpican a Nils, el letón, ensuciando sus botas. El veterano lanza un juramento, agarra al recluta por las solapas, lo levanta y lo empuja hacia la fosa; a continuación se limpia sus botas en el uniforme de un americano muerto. Nils vuelve a la normalidad, se mantiene como un perro guardián junto a un grupo de rehenes que con los brazos en alto y la muerte en el rostro esperan a que algo suceda. Nils sonríe a un crío que con la mirada desencajada no saca los ojos del cañón de su “MG 42”; su sonrisa es una fría línea que se dilata carente de cualquier emoción. Los infelices han tenido la osadía de ondear sus banderitas aliadas a la entrada del pueblo. Pensaban que los americanos entraban en el pueblo, los liberaban, hasta que se dieron cuenta de que eran los “Tigers” de las “SS”, los que regresaban llevándose un susto de muerte, pero es ésta la que los esperaba ahora junto al muro. A un vago ademán del “Hauptsturmführer” Schröder , una salva a quemarropa, que proviene de los brazos de Nils, deshace en trizas a los rehenes que quedan tumbados en un charco de sangre después de agitarse unos instantes en un baile frenético. Algunos viven todavía. El “Hauptsturmführer” los remata , también al muchacho. El letón lanza un aullido de júbilo y se frota divertido las manos en el los pantalones con aire jovial ante la mirada severa de su superior. Kurt no lo comprende, evita el miedo y su odio cuando ambos no lo atosigan, como en el combate. Ni siquiera le molesta cuando una mariposa aterriza remolona y se posa sobre su mano sucia de barro y sangre seca.

Rolf


Texto de Grauer_Wolf agregado el 09-03-2008.
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