La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - josef - 'Santiago.'


Santiago.

Santiago.

Cohabité conectado a ella de forma permanente durante más de año y medio. Despertándome con ella (al otro lado del monitor) acostándome con ella (al otro lado del monitor), viviendo mutuas tragedias, disfrutando nuestros espacios de soledad compartida; felicitándonos, enviándonos besos que atravesaban fronteras del tiempo y distancias enormes. Conociendo detalles de las habitaciones desde las que nos conectamos; de la suya, esa puerta gris que da acceso al resto de un piso para mi desconocido y misterioso, y el armario que queda a su izquierda. Exponiendo también cómo nos vestimos, lo que comemos, y hablando de las personas que nos rodean y nos importan...

Y ahora, casi no lo creo. ¡El avión aterriza! Han tenido que transcurrir años y aquí estoy, en Chile. Todo me resulta en cierto modo cálido y conocido; los pacos, los trabajadores, el sencillo pero práctico diseño del aeropuerto. Escapado de mí invierno, es otra vez verano, pero… hay algo diferente.

¿Ella? Está en algún lugar esperándome, muy cerca. Jamás estuvimos tan próximos pues siempre nos hallamos separados por miles de kilómetros, y ahora, de pronto, soy consciente. Tal vez sólo nos separe una última y delgada franja internacional.
Recojo mi mochila, recuerdo sus palabras de forma mecánica:
“Sales por el lado derecho; no lo olvides. Allí estaré yo.”
Ella… la mujer que ni siquiera sé cómo es y de la que creo saberlo… ¡todo! Percibo la sensación del momento. Es como echar una moneda al aire y contemplarla caer hasta que se detiene de canto. Estoy en ese impás. La cargo en un carrito, camino dominado por nervios que creía tener sometidos.
Salgo al exterior, aguardan cientos de personas, todos me miran. Durante unos instantes me reconozco en la piel de una estrella de cine o del rock. Abandono la pasarela de metal, me mezclo con el público. Mi cabeza gira perturbada en ambas direcciones. ¿Dónde está? Una voz pronuncia un nombre. ¿Mi nombre? Me giro y me encuentro frente a una mujer menuda, muy bella, de cabellos castaños y rizados, que me recibe con una sonrisa de ángel y una expresión recordada. Despierto de mi sueño o caigo en el; la reconozco. ¡Es ella! ¿Ella entre mis brazos? La recibo, me dispongo a apresarla y ya se ha liberado. Maldigo mis reflejos. Todo ha sido perversamente rápido. Pero así es como suceden las maravillas de la vida; mediante detalles maliciosos y veloces. Progresamos rápido hasta el vehículo, una camioneta. Olvido su color, su marca ¡no sé nada! Pero es que estoy junto a ella. En el camino hacia Santiago cruzamos palabras intrascendentes.

La camioneta nos deja ante el hotel. Ella desciende a mi lado. ¿A mi lado por primera vez en más de año y medio? Se me hace raro tenerla ahí, cuando todavía no me he liberado de su aura cibernética y continúa siendo casi una imagen.
En recepción palabras de formalidad. Firmo el libro de registros. Me dan la llave de una habitación interna. Ella pregunta por otra con ventanas a la avenida. Asiento afirmativamente, deseo verla. Nos la enseñan; no es la que queremos. Perdón, la que deseo.
Entramos en mi habitación. Cierro la puerta, giro el cerrojo y me vuelvo. Se ha sentado sobre la cama. Abro una bolsa y le muestro unos regalos, sus regalos; es decir, los que le entrego y ella recibe, aunque presiento que me falta algo por entregar. Me levanto inquieto, sin atreverme a enfrentar sus ojos, y empiezo a deshacer la maleta. Me detengo. Sigue ahí sentada, no se ha movido de lugar. Un impulso desconocido hace que mis piernas me proyecten a su lado, le susurro.
- Sabes, tengo algo que decirte…
Nos miramos. Ella contesta.
- ¿El qué…?
Mi garganta es un tenso nudo corredizo del cual las palabras no alcanzan a salir. Como una sombra mi volumen se desliza hacia ella y tomándola del rostro, mediante mis manos, sin cesar de palpar, le expreso aquello que quiero decir sin palabras. Nuestras lenguas se cruzan, abrazan, y reconocen entre sí en un beso cuyo ímpetu es a la vez delicado y fervoroso. Sólo entonces me doy cuenta, cuanto tiempo esperé y soñé este momento. Nos besamos sin desligarnos durante cinco, diez, quince minutos. Finalmente, cuando lo hacemos, me siento delirar. Mi cabeza está al fin desahogada y a la vez es un cúmulo de sensaciones. Alguien dice.

- Vamos, debemos salir…

Soy feliz. Sí, puedo afirmar sin miedo a equivocarme: Lo soy por completo…

(continuará)

José Fernández del Vallado. Josef. Marzo 2008.


Texto de josef agregado el 10-03-2008.
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